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Las Ellas de 1856

Cuento elaborado por Hugo Marín Guillén
Docente de Estudio sociales y Cívica

El vigilante nocturno se mantenía en pie y la tropa descansaba con un ojo abierto y otro cerrado. El campamento aún permanecía inerte en los brazos de la tierra que tenía su paz en peligro. Ellas… las luchadoras diarias iniciaban su arduo trabajo a la hora en que la media luna emprendía el momento de agotar su luz. Eso debió ser a eso de las 3:00 p.m. de la madrugada.

Ya Elena, esa mujer morena, tosca y de grandes curvas, de estirpe chorotega y bravía, tomaba en sus manos la energía del sol convertida en grano y le daba forma a la masa en una tortilla, calentaba así, la sabia de la Tierra y preparaba un agua dulce. Ella sufrida y movida por el valor que caracteriza a la mujer de estas tierras, dio un salto inesperado y tomó el rifle del soldado que en ese momento se comía una porción de sol convertido en hogaza de pan. Ella disparó dando al blanco a un espía enemigo: un filibustero y de un plomazo ¡Sácatas!, mató a un soldado enemigo que cobardemente por la espalda atentaba contra la vida de la Patria, contra el soldado vigilante, un hijo de esta tierra de pampa y llanura, de valle y montañas, de calor y frescor. Ella como gran mujer le dio la vida nuevamente a ese hombre. Ella también, con su trabajo y dolor, parió Patria y forjó Nación. Nuevamente el ejército partió y ellas siguieron al batallón, algunas armadas. Y después allá por Sardinal, Ella y muchas otras que caminaron con el ejército se asentaron por ahí, armaron el campamento: unas, prepararon los espacios para el desarrollo de las actividades que daban vida al ejército nacional y sus hombres; es decir, lugares donde se preparaba el pan diario, y otro, donde estas mujeres resguardaban los pertrechos de guerra y sus armas, defendían las bodegas hechizas y protegían los enceres militares necesarios para defenderse del filibusterismo. Ella, armada, defendía un punto primordial de los resguardos alimenticios y todos los pertrechos militares que junto con otros soldados hombres, le correspondían cuidar con el fin de satisfacer las necesidades  de armamento. Ahí por los inicios de abril, un grupo de mujeres que recorrían las márgenes del río Sardinal, afluente del Sarapiquí, que recogían agua para sus quehaceres básicos, se toparon con varias embarcaciones filibusteras.

Ella dijo: “Compañeras vean ahí, ¿qué es eso?”

-Las otras contestaron: “Un ataque del enemigo”.

Así tomaron los rifles y se pusieron en posición de ataque. Ella corrió al campamento  y avisó al grupo de soldados, y con ellos al frente, iniciaron  el camino hacia la ribera del río, donde ya el grupo de mujeres estaba en posición de ataque. Las mujeres y los hombres lograron en un trabajo conjunto la refriega de cuatro hombres, en la lucha en tierra de este lado del río, un  número indeterminado en el agua y una embarcación de cuatro que la llevaban. La tropa costarricense, por su parte, reportó un muerto, siete heridos y dos desaparecidas. Ella rememora junto a sus nietos, desde el corredor de aquella vieja casona, lo sucedido en aquel abril de 1856  y les dice: –“Así güilas es como se inicia la construcción de la paz en este, un pequeño lugar del trópico americano”.