Colegio de Licenciados y Profesores en

Letras, Filosofía, Ciencias y Artes Costa Rica

Urgencia de un cambio de paradigma en el abordaje historiográfico

Contacte al Autor: Dr. Fernando Villalobos Chacón

¿Para qué y por qué se requiere un cambio de conciencia histórica desde la educación?

Existen muchas disciplinas que, desde la perspectiva clásica y reduccionista, han tenido entre sus “objetivos” (de)formar al ser humano. La historia es indudablemente, una de ellas.

Es concebida como una disciplina para unos y una ciencia para otros. Se piensa que la historia tiene mucha importancia en la formación de las personas, pues se aduce que permite conocer e interpretar la realidad actual, a partir del conocimiento del pasado, y evitar repetir los errores cometidos, en el futuro. Se le atribuye que sirve para comprender el mundo en que se vive y cómo ha llegado a ser lo que es. 

La historia concierne a todas las sociedades. Entre todos se construye, pero no entre todos se interpreta, se redacta ni se oficializa. El estudio de ella ayuda a tener una idea de ese legado –sea bueno o sea malo– heredado de los antepasados. 

En consecuencia, el abordaje de una historia científica no debería tomar partido respecto al pasado, no lo debería aplaudir ni condenar; simplemente lo debe colocar dentro de su contexto, como una manera de proporcionar información para buscar enriquecer aún más su comprensión. Debe convertirse en un proceso vivo, dinámico, robusto, sistémico, constante y esencialmente humano.

En esas condiciones, se debe preguntar: ¿es la historia oficial un reflejo auténtico de la sociedad? ¿Cumple algunas de las características deseables enumeradas en el párrafo anterior? Si el pasado proporciona las bases del presente, ¿interpretando el pasado hemos aprendido sus lecciones para el futuro? ¿Dónde está el papel de las minorías y las grandes las colectividades en la historia? ¿Por qué y por quiénes han sido excluidos estos grupos etéreos del abordaje historiográfico oficialista? ¿Qué intereses han estado detrás de esta marginación de la historiografía oficialista? Sin duda hay más preguntas que respuestas, y quedarán muchas más sin responder.

Por múltiples razones, sobre todo de orden político, económico, religioso e ideológico, el pensamiento ha estado fragmentado. En consecuencia, la historiografía oficial ha estado inserta y ha sido construida desde ese viejo paradigma parcelario, reflejando usualmente posiciones colonizadoras e ideologizantes. Estas posiciones han permeado en prácticas áulicas frecuentemente alejadas del ejercicio sano de la crítica y de la duda, la comprensión integral del mundo y la sociedad. 

Con mucha frecuencia la historia ha sido deshumanizadora, descarnada, omisa. Toda vez que ha olvidado el papel fundamental desarrollado por las grandes mayorías –y las grandes minorías también. En vez de ello, en sus relatos oficiales ha ensayado teorías donde se dota de poderes omnímodos a unos pocos reyes, papas y gobernantes, llevándolos a un papel casi de seres humanos con características mitológicas.

En virtud de lo anterior, este sesgo ha permitido que múltiples eventos históricos hayan sido contados a medias, con criterios egocéntricos, con enormes vacíos etnográficos y, en el caso latinoamericano, con una visión absolutamente eurocentrista de la realidad, una colonización no solo territorial y sociocultural, sino también ideológica e histórica. Esto ha redundado en la proliferación de falacias históricas y visiones reduccionistas, que han ido transformando algunos hechos acontecidos cambiándolos por completo, tanto en su origen como en sus efectos.

A manera de ejemplo, se pueden citar algunos de estos hechos representativos de cómo la historia ha sesgado relatos y culturas: 

La industria mediática del cine ha iconizado a la cultura de los vikingos con unos cascos de los que sobresalen dos cuernos. Es casi impensable actualmente no relacionar a un vikingo con un personaje de aspecto áspero dotado de ese “casco con cachos”. Los hechos afirman que sus cabezas jamás estuvieron adornadas con cornamenta alguna. El equívoco pudo haber tenido su origen a partir de 1870, a raíz de la ópera de Richard Wagner 'La Valquiria', en la que su protagonista femenina aparece en escena luciendo un casco con cuernos. Ese episodio originó una estructura mental difícil de modificar. Posteriormente los medios de comunicación se han encargado de reproducir este modelo histórico y cultural equivocado.

Popular también es el relato que culpó a Nerón del incendio que el 19 de julio del año 64 (siglo I) arrasó la ciudad de Roma, mientras tocaba su lira. En el momento en el que comenzó el devastador incendio, el emperador se encontraba en la Villa de Anzio, a una cincuentena de kilómetros del lugar y no se enteró de lo sucedido hasta varias horas después de que comenzase a arder la capital del imperio. La acusación que provocó el siniestro es infundada. Tampoco era piromaniaco. Es más: ni siquiera hay indicios de que supiera tocar la lira.

Documentos primarios más bien sugieren que Nerón ordenó una campaña de salvamento y auxilio, desplazando rápidamente hasta el lugar tropas, además de instalar hospitales de campaña para socorrer a los heridos y afectados.

Otro ejemplo podría ser el ocurrido con el ataque a la estación bajo control estadounidense de Pearl Harbor, y la versión oficial del “traicionero” ataque japonés, en las postrimerías de la mal llamada Segunda Guerra Mundial (fue una guerra europea). Existen fuertes indicios de que el presidente Roosevelt de USA permitió el bombardeo nipón a pesar de que la inteligencia militar de su país ya lo sabía, para poder contar con una justificación de entrar en el conflicto armado. Permitir el ataque era influenciar al pueblo estadounidense para que aceptara entrar en una guerra que el ciudadano estadounidense común no deseaba. Tal episodio los hizo cambiar de parecer y la guerra tomó otro rumbo. La historia ha sido omisa en explicar adecuamente este hecho, por connotaciones evidentemente imperialistas que controlan los medios masivos de comunicación.

Luis XVI no entendió a la sociedad francesa del siglo XVIII; ni su esposa María Antonieta que ya el pueblo con hambre no tenía más que dar; esa ceguera les costó morir en la guillotina a ambos. El pueblo estalló. Por primera vez la visión absolutista europea medieval era cuestionada y derrotada. Esta revolución gestada desde el pueblo cambió al mundo para siempre. Ninguna transformación o revolución se ha dado desde afuera de la sociedad; todos se han dado dentro del amplio tejido social de la colectividad.

Las pirámides de Egipto no las construyeron los faraones, como dice la historia, las construyeron los esclavos hebreos, quienes dominaban la técnica del ladrillo. Igual muchos relatos que exaltan a reyes y emperadores y olvidan al gran anónimo de la historia: el colectivo, el pueblo.

Sobre estas vacilaciones de la historia, el poeta alemán Bertolt Brecht (en el exilio, por cierto, en Dinamarca) en 1935 escribe el poema “Preguntas de un obrero que lee”, escrito que sigue vigente ocho décadas después:

¿Quién construyó Tebas,
la de las siete puertas?
En los libros figuran los nombres de los reyes.
¿Eran los reyes quienes arrastraron
los bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió a construir siempre?
¿En qué casas de la dorada Lima
vivían los constructores?
¿A dónde fueron los albañiles
la noche en que dejaron
terminada la Muralla China?
La Gran Roma está llena
de arcos del triunfo.
¿Quién los erigió?
¿Sobre quienes triunfaron los Césares?
¿Es que Bizancio la tan elogiada
sólo tenía palacios para sus habitantes?
Hasta en la legendaria Atlántida,
la noche en que fue devorada
por el mar,
los que se ahogaban clamaban
llamando a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él sólo?
César venció a los galos;
¿no lo acompañaba siquiera un cocinero?
Felipe de España lloró
cuando se hundió su flota,
¿nadie más lloraría?
Federico Segundo venció
en la Guerra de Siete Años,
¿quién más venció?
Cada página una victoria.
¿Quién guisó el banquete del triunfo?
Cada década un gran personaje.
¿Quién pagaba los gastos?
A tantas historias, tantas preguntas.
(Brecht, 1935).

La historia es una noble disciplina que requiere ese cambio. No se debe ser pesimista de su futuro. Se requiere ampliar las miradas y los abordajes desde enfoques más humanos e integrados. El cambio, como toda revolución, debe ser fuerte y debe darse desde principios educacionales transformadores y liberadores. El género histórico necesita una metamorfosis profunda que le permita replantear muchas cosas que se han interpretado de una manera sesgada, y se deben reexaminar y resignificar. También debe en estos nuevos horizontes históricos entenderse el amplio tejido social; el papel de las minorías, las mujeres, los esclavos, el pueblo llano, los inmigrantes, los no católicos, grupos generalmente excluidos.

La invención de héroes, con características casi sobrehumanas, es muy frecuente, y Costa Rica no escapa de eso con la mitificación de Juan Santamaría, por la que es casi un sacrilegio nacional cuestionar algunas partes del relato popular, dictado por el discurso oficial instaurado. Más recientemente estamos en proceso de vivir un proceso similar con Juan Rafael Mora Porras, declarado héroe hace apenas cinco años; ya se puede decir que inició un proceso de mitificación peligroso de este otro personaje de la Campaña Nacional ocurrida a mediados del siglo XIX (1856-1857) en Costa Rica. El peligro es que pase del olvido oficial intencionado a una especie de mesianismo, tan peligroso como la omisión. Las dicotomías historiográficas son frecuentes en Latinoamérica, donde pasar de un extremo a otro no es tan difícil. 

Existen grupos enteros que se han obviado en la historiografía oficial. Muchos en forma absolutamente deliberada y grosera. La invisibilización de actores claves ha sido uno de los principales errores en materia disciplinar.

Retomando el tema de la Campaña Nacional, se ha soslayado por completo el aporte de la mujer en esta guerra crucial para Costa Rica. Hasta ahora ha existido poco o ningún interés en analizar el papel vital de las mujeres y los niños en tal conflicto. ¿Cómo, mientras sus maridos, hermanos y padres iban a la guerra, la economía siguió adelante? Ellas junto con sus hijos no dejaron de exportar café a Estados Unidos, ni a Chile ni a Europa por medio del puerto de Puntarenas. Una travesía difícil y peligrosa, en carreta, que implicaba varios días por un camino pedregoso e inclinado y cruzando varios ríos. Tremenda deuda de género hay en la historiografía costarricense en torno a este conflicto.

La mujer ha sido una de las tradicionales ausentes de la historia. Ha sido frecuente que cuando se cita es para asociarla a roles peyorativos y degradantes a su condición. En la citada Campaña Nacional de Costa Rica hay un personaje que fue declarado heroína costarricense. Se trata de Francisca “Pancha” Carrasco. Francisca era cocinera y enfermera , junto con al menos una docena de mujeres más; su esposo andaba como soldado en la guerra. Fue condecorada como heroína por haber salvado la vida del propio presidente Mora, en un ataque a la casa donde se hospedaban; sin embargo, esta anécdota es prácticamente desconocida. Igual suerte han corrido otras mujeres destacadas en la historia, como Juana de Arco.

Algunas inexactitudes u omisiones parciales o completas se originan en el hecho de que la historia oficial es, por lo general, narrada desde la perspectiva de los vencedores, casi siempre hombres, blancos y ricos; quienes ostentan el poder y los medios de producción. Los procesos económicos y políticos de colonización también se extendieron, cual tentáculos de un pulpo, hacia ámbitos culturales, científicos e ideológicos del quehacer humano.

Ha sido mediante procesos sutiles y sistemáticos de enajenación, donde los que ostentan los medios de producción controlan todo el aparato ideológico de comunicación. De esta manera el sistema educativo de una nación está a su servicio; igual hacen concurrir a los científicos y profesionales que, obligados o no, les ayudan a forjar un proyecto en torno a sus espurios intereses. Valga aclarar que este comportamiento institucional de manipulación de la historia no ha sido exclusivo del sistema capitalista. Es un simple instrumento de control que ha sido aprovechado casi por cualquier fórmula de poder existente desde antaño, y en distintos estadios de la historia humana. Sin embargo, el modelo capitalista lo ha aprovechado casi como ningún otro, lo ha perfeccinado. Es que cuenta con un recurso que ningún otro sistema jamás había podido contar: la mundialización de los medios de información colectiva. 

En congruencia con lo anterior, el control de los medios de información masivos ha sido la forma ideal para reproducir la historia y hacerla oficial. Una vez oficializada, se convierte en el material perfecto para generar posiciones, esquemas de valores incuestionables, y estilos de vida propios de una sociedad producida en masa, robotizada, y con una visión limitada del mundo y de la sociedad en que le correspondió vivir. Paso seguido se plasma en los planes de estudios oficiales de un país, y los educadores se convierten en el instrumento idóneo para inculcar su memorización y repetición en el estudiantado. Luego de varias décadas y algunas generaciones la mentira se convierte en una verdad incuestionable. El adoctrinamiento ha llegado a tales niveles que los mismos educadores creen estar haciendo lo correcto, y se castiga la duda y la autocrítica en el estudiante.

¿Cuántos pecados de este tipo habré cometido en las aulas luego de dos décadas? Esto me chifla fuertemente en mi conciencia, al mismo tiempo que escribo esta preocupación vital. 

La religión ha sido también un elemento muy importante en la interpretación histórica torcida de muchos procesos sociales. El aporte de la religión ha caído en tierra feraz en la construcción de imaginarios colectivos históricos, dogmatizantes y colonizantes. La religión, normalmente al servicio de los grupos poderosos, ha sido una brida de legitimación y enajenación robusta del sistema político vigente. Es así como política y religión han formado una dualidad en muchas etapas de la historia inseparable y a veces hasta indisoluble. A veces costaría identificar cuál ha servido a cuál. Sin embargo, en este documento no me ocuparé del tema de la religión como un actor clave en el proceso de colonización ideológica de la sociedad, porque esto implicaría otra chifladura.

Huelga afirmar que el pensamiento fragmentado privilegió e inhibió realizar un análisis complejo e integral de la sociedad, en muchos hechos históricos como los ya reseñados a modo de ejemplo. Esta atomización de saberes facilitó el tránsito hacia un control perverso de la ciencia, entre ellos la historiografía.

No obstante, los cambios en la forma de pensar de las generaciones actuales, difundidas, entre otros, por medio de las redes sociales y la tecnología de acceso a las masas, ha permitido generar una sociedad cada más incrédula de algunos relatos oficiales. Esto es fabuloso, es una bocanada de aire fresco. Por fin la humanidad ha empezado a cuestionar y destruir mitos. Los cimientos de la historiografía clásica están temblando.

La sociedad contemporánea está empeñada en debatir y oponerse a esas supuestas “verdades” que se les han repetido desde la niñez, cuenta con mayores argumentos para construir nuevas perspectivas, desde la reflexión y la autotransformación, donde resulta válido diferir, pensar, criticar y esgrimir respuestas divergentes. Esta es una oportunidad maravillosa, inédita en la historia de la humanidad, oxígeno fresco, una egregia primavera de pensamiento que no debe desaprovechar. Se le debe dar cabida en las aulas, en las plazas, en los pretiles universitarios, en las redes, en los cafés, en todo lugar donde sea posible. 

Ha existido un refrán popular entre algunos traductores y hermeneutas que dice: “un texto, sin su contexto, es un pretexto”. Sin duda, esta frase exige narrar los hechos históricos a partir de las vivencias de todos los grupos sociales, políticos, religiosos, científicos, involucrados; analizados en un contexto amplio, inclusivo y veraz. La narración de un evento que contemple únicamente fechas, datos y personajes destacados del mismo evidencia una crisis de percepción y un pésimo abordaje de la disciplina.

Un acontecimiento no constituye en sí mismo el escenario total; al frente y detrás de él existe y se genera una onda expansiva que requiere el abodaje integral del mismo evento, desde muchas ópticas, actores, enfoques e ideologías. No obstante, el abordaje clásico de la historia no ha concebido la documentación de los eventos experimentados por la humanidad como un conjunto de procesos sistémicos y, consecuentemente dinámicos, entrelazados e interrelacionados. La linealidad del tiempo y los personajes históricos poderosos e influyentes han sido los elementos rectores de los registros históricos, que no contemplan las interrelaciones, interconexiones o entrelazamientos entre ellos y, por tanto, no encuentran asidero alguno en las teorías emergentes, ya que cada acontecimiento se aborda en forma aislada, desencadenado, sin contemplar su relación con procesos anteriores, y a su vez como generador de otros en el futuro. La tendencia a dicotomizar todo también ha sido clave en los entornos tradicionales. O se es bueno o malo, negro o blanco, pobre o rico; los grises han estado ausentes del análisis en la mayoría de los contextos.

La complejidad podría apoyar fuertemente estos nuevos enfoques de la colectividad y su interpretación. La epistemología de la complejidad se fundamenta, entre otras teorías, en el nuevo paradigma científico; de ahí que promueve un cambio de abordajes en el estudio y análisis de la sociedad. Desde el pensamiento complejo, entonces, podríamos afirmar que el hecho histórico representa una parte viva de toda la humanidad, por cuanto emerge de la cotidianidad e integra la totalidad del contexto.

A partir de la complejidad, es posible vincular y contextualizar lo aparentemente singular dado que involucra un giro en el modo de concebir el mundo, la historia y la ciencia misma (Wolfram, 2002). Es posible que por medio de las teorizaciones sobre el pensamiento complejo se faciliten nuevas consideraciones para registrar, interpretar, relatar y aprender la historia. El desafío mayor del pensamiento moderno, según Morin, es pensar la complejidad. Sin embargo, no se debe confundir complejidad con complicación.

Se considera que en el proceso de resignificación de la historia como ciencia o como disciplina, es preciso transformar las metodologías tradicionales de análisis y recopilación de datos, de manera que quienes elaboren y posteriormente, quienes se nutran con los textos históricos, cuenten con elementos e información construida de modo sistémico.

La sociedad, al igual que el cosmos, no es un agregado de componentes sino una totalidad organizada. Los elementos que componen el universo obedecen a su capacidad intrínseca, las partes ocupan un lugar relacional dentro del todo. Las partes de un todo actúan en función de sus relaciones organizacionales y, a partir de ellas, se dan los fenómenos particulares. Igual sucede con la historia. Estos nuevos enfoques contravienen al pensamiento fragmentado y dualista tradicional, desde el que ha emanado la historia tradicional.

Seguir haciendo las cosas igual sería augurarles a las futuras generaciones un panorama poco halagador y hasta apocalíptico. La humanidad requiere una transformación completa, una metamorfosis hacia nuevas miradas, hacia nuevos paradigmas, nuevas formas de percibir la vida, la naturaleza, el ser humano, la sociedad, la Tierra y el cosmos. Atisbar una metamorfosis de la conciencia histórica es un reto colosal, y debe ser abordado desde la biopedagogía.

Es urgente un cambio hacia nuevos enfoques, que impulsen o den lugar a una toma de conciencia global del ser humano, que entienda que forma parte de un organismo vivo, mutante, totalmente entramado, integrado, capaz de intervenir sobre su propio destino. Por tanto, la historia humana merece ser narrada desde nuevas perspectivas totalizadoras, considerando las múltiples percepciones, sincronicidades e interconexiones, es decir la relacionalidad, a partir de un hecho. 

Ha sido frecuente desde los inicios de la humanidad que la historia ha estado marcada por relatos vacíos de conquistas, guerras, confrontaciones, masacres, exterminaciones, genocidios, horrores, imperios, fanatismos, despotismos. En palabras de Edgar Morin: “la muerte es la gran triunfadora de la historia” (Morin, 2001:230). La historia tradicional ha narrado “lo malo y lo feo” de la humanidad. La historia clásica privilegió el determinismo y la continuidad. Hoy se requiere resignificarla y orientarla hacia enfoques de una sociedad planetaria, integrada, solidaria, humanizada. Es apremiante el despertar de una consciencia de comunidad planetaria, capaz de convertirse en nuestra “Patria-Tierra”.

A pesar de los esfuerzos y los cambios generados por la humanidad, las grandes transformaciones políticas, sociales, económicas, el avance de la ciencia y la tecnología en las últimas décadas, el futuro de todas las especies que habitan el planeta sigue siendo incierto. El porvenir parece ser indescifrable, si no hay un cambio.

No obstante el optimismo y el anhelo por ese cambio o metamorfosis, la humanidad sigue experimentando en muchos casos un pensamiento parcelario, fragmentario, descontextualizado, desglobalizado, colonizado y descomplejizado. Las cualidades de inteligencia y consciencia que guarda la mente humana colectiva no parecen despertar. Por lo menos lo suficiente.

Sin embargo, existe una esperanza: surge una nueva dimensión y concepción de la realidad, que puede ayudar a lograr ese despertar de la conciencia humana. Se trata del fenómeno que el psicólogo Carlos Jung y el físico Wolfgang Pauli llaman la “sincronicidad” (Peat, 2003:14), capaz de superar las defensas intelectuales, y romper la fe en el carácter perceptible de las esferas y las leyes lineales del tiempo y la naturaleza.

David Peat (Sincronicidad, 2003) es del criterio de que esta fuente creadora está presente en todos los individuos y se manifiesta, no sólo en la consciencia y el cuerpo físico, sino en toda la cultura, la sociedad y el universo. La nueva historia debe proveerse de ella.

La humanidad no ha logrado ver ni entender plenamente el fenómeno de la sincronicidad, porque está influenciada por prejuicios, fanatismos, tribulaciones, materialismo y consumismo. La humanidad sigue envuelta en guerras, represiones, simplicidades y conformismo, y experimenta una sensación de fragmentación y separación entre el cuerpo y la mente, insensibles del medio ambiente y la consciencia colectiva creadora.

Hay que pensar más con el corazón, afirma el maestro ecuatoriano Patricio Guerrero: “lo que deberíamos seriamente es desde el corazón pensar, es decir corazonar; qué mundo, qué horizonte de existencia le vamos a dejar a las niñas y niños que aún no nacen, a las hijas e hijos que aún no empiezan a transitar por los caminos del mundo y de la vida” (Conferencia Magistral, Congreso Iberoamericano de Pedagogía, UNA, Costa Rica, 25 de agosto 2015). En muchos espacios educativos formales discutirían lo siguiente, pero muchos de los problemas del mundo se solucionan con la mayor fuerza que tiene el ser humano a su alcance: el amor. Cuando se educa con amor, el horizonte cambia tanto para el aprendiente como para el acompañante.

Los nuevos abordajes históricos que se impulsan deben gestar la descolonización del pensamiento. Eso significa resignificarla, reinterpretarla y reescribirla. 

Carlos Maldonado afirma que: “vivimos una crisis civilizatoria; nuevas formas de pensamiento están emergiendo” (Congreso Iberoamericano de Pedagogía, UNA, Costa Rica, 27 de agosto 2015).

Todo este devenir incentiva y emociona con la posibilidad de gestar una nueva historia, fundamentada en muchos enfoques; abiertos, libres e integrados.

Descolonizando el pensamiento histórico: 

“Los países más avanzados (en tecnología) están conduciendo al mundo al desastre, mientras que los pueblos considerados hasta ahora primitivos están tratando de salvar al planeta entero. Y a menos que los países ricos aprendan de los indígenas, estaremos condenados todos a la destrucción”. -Noam Chomsky.

Es necesario desarraigar viejos estereotipos y prejuicios etnográficos que han limitado durante siglos la historiografía. El sesgo que produce el eurocentrismo ha desarrollado raíces profundas de colonización mental que no ha sido fácil romper. Se deben hacer esfuerzos para que emerja la: “posibilidad de una reforma cultural profunda en nuestra sociedad”, lo cual “depende de la descolonización de nuestros gestos, de nuestros actos y de la lengua con que nombramos al mundo” (Rivera, 1993).

Aníbal Quijano define la colonialidad como: “uno de los elementos constitutivos y específicos del patrón mundial de poder capitalista. Se funda en la imposición de una clasificación racial/étnica de la población del mundo como piedra angular de dicho patrón de poder y opera en cada uno de los planos, ámbitos y dimensiones, materiales y subjetivas, de la existencia social cotidiana y a escala societal. Se origina y mundializa a partir de América” (Quijano, 2000:217).

Un rescate sincero de las culturas autóctonas, valorar su aporte, sus prácticas, sus saberes, su lenguaje, su ciencia, su legado… es un buen indicio de que las cosas han empezado a cambiar, que el viejo paradigma historiográfico está siendo sacudido fuertemente desde sus cimientos. 

Regiones tradicionalmente excluidas y deslegitimadas como Latinomérica, África, Asia, Medio Oriente u Oceanía, están urgidas de esta reinvidicación histórica cultural. Tienen mucho que decir, que aportar a esta deconstrucción del nuevo mundo que se debe avizorar. Aprender a reconocer y rescatar el valor que han tenido los grupos aborígenes en el proceso de construcción de la sociedad es un ejercicio de absoluta justicia y sabiduría. Este proceso paulatino y sostenido debe conducir a una descolonización profunda de la historia. Lamentablemente no se puede soslayar que “en todas las sociedades donde la colonización implicó la destrucción de la estructura societal, la población colonizada fue despojada de sus saberes intelectuales y de sus medios de expresión exteriorizantes u objetivantes. Fueron reducidos a la condición de gentes rurales e iletradas” (Quijano, 2000:374-378).

Por su parte, Ramón Grosfoguel sostiene que “la descolonización epistémica, al mismo tiempo que abre el horizonte al reconocimiento de experiencias ignoradas e invisibilizadas por las ciencias sociales occidentalizadas, no descarta aprender de las contribuciones de la teoría crítica producida desde la zona del ser. Lo que se propone, en cambio, es transcender sus límites y cegueras por medio de subsumir las contribuciones críticas que vienen desde la zona del ser dentro de las múltiples epistemologías críticas descoloniales producidas desde la zona del no-ser” (Grosfoguel, 2011).

Sobre el particular, Boaventura De Sousa Santos, uno de los autores que más ha investigado sobre este necesario proceso de descolonización del pensamiento histórico en las sociedades más afectadas por el “occidentalismo”, afirma que es necesario: “enfrentar las cinco monoculturas con cinco ecologías que permitan invertir la situación de invisibilidad y crear la posibilidad de transformar lo que es producido como ausente para hacerlo presente. Las siguientes son las cinco ecologías:

1. Ecología de saberes: “la posibilidad de que la ciencia no entre como monocultura sino como parte de una ecología más amplia de saberes, donde el saber científico pueda dialogar con el saber laico, con el saber popular, con el saber de los indígenas, con el saber de las poblaciones urbanas marginales, con el saber campesino”.
2. Ecología de las temporalidades: “saber que aunque el tiempo lineal es uno, también existen otros tiempos”.
3. Ecología del reconocimiento: “descolonizar nuestras mentes para poder producir algo que distinga, en una diferencia, lo que es producto de la jerarquía y lo que no lo es. Solamente debemos aceptar las diferencias que queden después de que las jerarquías sean desechadas”.
4. Ecología de la trans-escala: “la posibilidad de articular en nuestros proyectos las escalas locales, nacionales y globales”.
5. Ecología de las productividades: “consiste en la recuperación y valorización de los sistemas alternativos de producción, de las organizaciones económicas populares, de las cooperativas obreras, de las empresas autogestionadas, de la economía solidaria, etc., que la ortodoxia productivista capitalista ocultó o desacreditó” (De Sousa, 2006).

Los nuevos enfoques deben germinar desde las aulas, desde los hogares, desde cualquier espacio humano que sea capaz de gestar y permitir aprendizajes espontáneos y duraderos. Esta revolución educativa no se resuelve con libros ni títulos; tampoco con cañones ni cohetes. Se gana con el corazón henchido de la mayor fuerza de todas las que la humanidad haya jamás conocido: el amor. Este cambio de paradigmas debe nacer desde el corazón mismo. Corazonar este cambio llevará a la humanidad a alcanzar nuevos estadios, quizás nunca antes alcanzados. 

En las aulas los educadores hemos dejado de escuchar a los niños, a los jóvenes. Debemos no solo mirarlos con otros ojos sino escuchar lo que tienen que decir. Ellos tienen mucho que decir, tienen mucho que enseñarnos. 

Debemos abrir los oídos físicos; sin embargo, los del alma y el corazón son los más necesarios. Los grupos marginados o relegados, como las mujeres, niños, negros, indígenas, discapacitados, pobres, migrantes, ancianos, son capaces de contribuir de manera decidida a resignificar la historia, a salir del anonimato en que han sido enclaustrados y aportar quizás lo que a la humanidad le esté faltando y la tenga al borde de su autoextinción. Impulsar este proceso de escucha y amor es vital y quizás es el centro de esta chifladura. Aprender con amor. Estos grupos tienen mucho que decir. Hay que escuchar más. Hablar menos. Hacer más, pero en comunidad, en redes, en sincronía. Esta es una aventura pedagógica como ninguna otra.

La escuela, en el sentido más amplio, debe ser abierta, libre, sin fronteras de ningún tipo. Deben ser espacios formales o no formales lúdicos, donde aprender sea un gozo. La escuela no puede estar de espaldas a la comunidad. Debe ser cónsona con el variado tejido social a su alrededor. Debe nutrirse de ella. El centro de discusión y de dialogidad de la comunidad no debe ser el parque, menos la iglesia; debe ser la escuela. Ahí deben incubarse los cambios que la sociedad requiere. La popuesta es de una escuela abierta, inclusiva, sin discriminación, sin líneas fronterizas que colonizan ideológicamente a los pueblos. Hay que promover los multílogos, más alla de los tradicionales diálogos.

Mientras tanto, el mundo se desangra. Se debe dar un urgente golpe de timón, debe ser radical. La visión capitalista de mercado está profundizando como nunca antes la desigualdad entre las personas. La humanidad está inmersa en un desafío colosal. No sabemos si acabaremos primero con el planeta o cuando éste desaparezca por nuestras malas acciones ya no haya humanos. 

En este momento millones de seres humanos, de personas con una historia propia que contar, con sueños, con esperanzas están desplazándose de unos continentes a otros por guerras y conflictos étnicos y religiosos. La sed de dinero, el fanatismo y el egoísmo están marcando muchas vidas. La globalización del capitalismo salvaje no es más que la continuación de un proceso arraigado desde muy antaño.

Aníbal Quijano opina que: “la globalización en curso es, en primer término, la culminación de un proceso que comenzó con la constitución de América y la del capitalismo colonial/moderno y eurocentrado como un nuevo patrón de poder mundial. Uno de los ejes fundamentales de ese patrón de poder es la clasificación social de la población mundial sobre la idea de raza, una construcción mental que expresa la experiencia básica de la dominación colonial y que desde entonces permea las dimensiones más importantes del poder mundial, incluyendo su racionalidad específica: el eurocentrismo” (Quijano, 1997:12). Añade el mismo autor que: “la idea de raza, en su sentido moderno, no tiene historia conocida antes de América. Quizás se originó como referencia a las diferencias fenotípicas entre conquistadores y conquistados, pero lo que importa es que muy pronto fue construida como referencia a supuestas estructuras biológicas diferenciales entre esos grupos” (Quijano, 1997:15).

Hay que descolonizar nuestras aulas, nuestros libros, nuestra historia; hay que incitar con especial denuedo procesos de cambio profundo. Estamos en marcha. 

“Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”.
(Proclama insurreccional de la Junta Tuitiva en la ciudad de La Paz, 16 de julio de 1809).

Referencias bibliográficas

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