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Letras, Filosofía, Ciencias y Artes Costa Rica

Reales Exequias en la Ciudad de Cartago. Época Colonial.

Contacte al Autor: Guillermo Brenes Tencio

I. ¡el rey ha muerto!
En la Costa Rica colonial fueron constantes las manifestaciones festivas y rituales en las cuales se combinaban elementos políticos y religiosos, que hundían sus raíces en el legado cultural del Antiguo Régimen (Chavarría, 1979, Guevara, 1994, Silva, 2009, Quesada Camacho, 2010). La Corona española ordenaba la realización de fiestas y ceremonias en sus territorios de ultramar con el fin de solemnizar grandes acontecimientos públicos –faustos e infaustos– acaecidos en la metrópoli, tales como las juras de nuevos monarcas, el nacimiento de los herederos al trono, los cumpleaños y las bodas reales, los triunfos de España frente a tropas de potencias enemigas; así como los lutos por la muerte del rey, la reina y sus ascendientes o descendientes directos: padre, madre e hijos (Fernández, 1996, Garrido, 2006, Guevara, 1994, Martínez, 2009, Rodríguez, 2001, Silva, 2009, Quesada, 2010, Rípodas, 2008, Zapico, 2006). Según Clifford Geertz (2003: 38), las relaciones de una sociedad son la “sustancia de la cultura, por lo que al estudiar las relaciones creadas durante las fiestas y ceremonias del poder, se pueden entender las “tramas de significación” de las sociedades del Antiguo Régimen. Los ritos y los rituales se generaban en el marco de “estructuras de significación” socialmente establecidas, en virtud de las cuales los sujetos actuaban desde su lugar en una sociedad jerarquizada, corporativa, agraria y extremadamente católica (Alberro, 2000, Chartier, 1995, Garrido, 2006, Guerra y Lempérière, 1998, Guevara, 1994). La moral pública y privada de los vasallos o súbditos se construía a partir de modelos de comportamiento promulgados por la Iglesia Católica, pero uno muy patente debía ser, indudablemente, la persona del rey como “ciudadano ideal”, pese a que la realidad fuera muy disímil. De acuerdo con el historiador Juan Rafael Quesada Camacho (2010), debido al dominio impuesto durante los tres siglos de hegemonía colonial, la población interiorizó los valores o creencias del imaginario monárquico, como “lealtad y fidelidad” al Rey y a la religión católica, apostólica y romana. Ciertamente, la presencia del soberano no gravitaba en las ciudades hispanoamericanas de manera directa, ni siquiera se tenía la imagen de la fisonomía del Rey, representado inciertamente en alguna moneda, estandarte o lienzo (Cárdenas, 2002, Chartier, 1995, Page, 2009, Quesada, 2010).

En la sociedad colonial, la misticidad no se expresaba exclusivamente como un estilo de vida, sino también como un modo de morir (Lugo, 2010). Además del morir de cada día, los habitantes de la ciudad de Cartago debieron condolerse y celebrar un morir figurado, que no era sino el de los monarcas hispanos, que se hacía presente a veces con meses de retraso, mediante las ceremonias tributadas a sus símbolos y emblemas. De ahí que el tema de la muerte del rey distante en la ciudad de Cartago es una vía para abordar el problema de la representación del imaginario monárquico en el contexto colonial costarricense.

La ciudad de Cartago, cuyo asiento definitivo en el fértil valle de El Guarco data de 1575, fue la capital de la Provincia o Gobernación de Costa Rica, con todos los atributos reales y simbólicos que esto pudo significar. Sin ser muy extensa, la ciudad de Cartago alojaba a las familias principales y a los vecinos del común, a la jerarquía eclesiástica y militar, y a los representantes de la Corona. El cuadrante de la ciudad estaría constituido por unas 40 cuadras. La traza era en forma de ajedrez, a la usanza española (Moya, 1998). En el centro del damero urbano se ubicaba la Plaza Mayor, Real o de Armas y la Iglesia del Apóstol Santiago, la de mayor rango de la Provincia de Costa Rica; hacia el noreste de la plaza se hallaba el Cabildo –con una oficina para el Gobernador y el Muy Noble Ayuntamiento– y la Cárcel; y hacia el costado sureste el Cuartel de las milicias. El cementerio parroquial se ubicó en el cuadrante noreste de la Iglesia Parroquial. En los distintos cuadrantes de la ciudad capital, no muy lejos de la Iglesia Mayor, y como quien dice rodeándola, se ubicaron al menos seis iglesias que se encontraban a escasas cuadras de la Plaza Mayor (Moya, 1998). Entre las iglesias de mayor categoría sobresalía la del Señor San Francisco con su convento adjunto, a tan sólo dos cuadras al sur de la Plaza Mayor, y la de Nuestra Señora de La Soledad, dos cuadras al este de dicha plaza. Por otra parte, los vecinos de mayor prestigio y poder político o económico habitaron en los costados oeste y sur de la Plaza Mayor. Más hacia el este del damero urbano, se levantaba la iglesia de la Virgen de Los Ángeles, rodeada de modestas chozas de paja en la gotera de la ciudad de Cartago. A una legua del centro de la ciudad estaba el ejido de la misma, donde había campos de labranza y pastizales (Cfr. Chacón, 1967, Coto, 1993, Estrada, 1965, Fernández, 1996, Moya, 1998).

La Plaza Mayor ocupó un lugar importante en el simbolismo de la “ideología de la dominación” aplicada por la Real Corona en sus posesiones de las Indias Occidentales. En este espacio vacío se conjugaban el gobierno de Su Majestad Católica y el de la ciudad de Cartago con su Cabildo. Lo mismo que la coacción religiosa y moral que los españoles ejercían sobre los indígenas y las castas. Justamente, la Plaza Mayor o Real fue el sitio donde el indio, el negro, el mulato, el pardo y el mestizo percibían quiénes eran sus verdaderos amos; además de ser un recordatorio forzoso e inmutable del puesto que cada uno ocupaba en aquella rígida jerarquía (Chavarría, 1979, Fernández, 1996).

La pequeña Cartago colonial contempló con gran fervor y entusiasmo toda la pléyade de fiestas reales, cuyos escenarios principales los constituían la Plaza Mayor y la Iglesia Parroquial, espacios de liturgia del poder regio sacralizado, idóneos para manifestar la adhesión de la sociedad capitalina cartaginesa a la Corona española, especialmente en ocasión de óbitos y juras (Chavarría, 1979, Fernández, 1996, Guevara, 1994, Moya, 1998).

Dadas sus prerrogativas como centro político y administrativo de la colonia costarricense, la ciudad de Cartago constituyó el principal proscenio para llevar a cabo las regias exequias. De esta forma, en los funerales regios se hacían presentes tanto los dignatarios eclesiásticos como las reales autoridades. En la Iglesia Parroquial tendrán cabida todos los habitantes de la antigua ciudad. A nadie escapa que, en los oficios litúrgicos, el gobernador y el cabildo tenían el privilegio de ubicar sus asientos cerca del altar mayor, práctica que también se extendía a los vecinos más conspicuos. Con respecto a la concurrencia, no hubo distinción entre las castas sociales. Empero, la élite social y política ocupaba el espacio interior de mayor jerarquía (Moya,1998: 146 y 159). Indudablemente, las autoridades, los vecinos distinguidos y el común jugaban distintos papeles: compartiendo el mismo lugar no compartían los espacios, y al observar los mismos acontecimientos realizaban lecturas paralelas.

¿En qué consistían las exequias reales? Las ceremonias de homenaje y despedida a los soberanos difuntos fueron los actos litúrgicos de mayor preeminencia política de entre todas las tipologías celebrativas regias. Representaban un momento fundamentalmente crítico de la propia institución monárquica que, en ocasiones, suponía tener que afrontar las vicisitudes de la sucesión, poniendo de manifiesto la propia solidez o debilidad de la Real Corona (Baz, 2005, Chocano, 1999, Gareis, 2007, Guevara, 1994, Rípodas, 2008, Valenzuela, 2001, Varela, 1990, Zapico, 2006). Al respecto, los historiadores Inmaculada Rodríguez Moya y Víctor Mínguez Cornelles mencionan que: “Las exequias de un monarca y la proclamación de su sucesor son los festejos que revisten el momento crítico del sistema monárquico: el interregno. Durante un breve período de tiempo el trono permanece vacío y la incertidumbre amenaza la inestabilidad del reino” (Rodríguez y Mínguez, 2012: 121).

¿Qué tipo de manifestaciones externas tenían cabida en los funerales regios? Dentro del protocolo funerario de la Monarquía Hispánica, las reales exequias fueron una fórmula de gran solemnidad, para expresar fidelidad a los difuntos reales y, en ese sentido, resultó ser un eficaz instrumento de propaganda al servicio de la conservación y adhesión a los reinos y a la propia institución regia (Cárdenas, 2002, Guevara, 1994, Jiménez, 2007, Martínez, 2009, Leal, 1990, Silva, 2009).

La infausta noticia llegaba primero a la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santiago de Guatemala; luego, mensajeros sobre caballos la extendían a todas las provincias de la Centroamérica colonial: el rey de España y de las Indias Occidentales había muerto. Tales exequias reales en la ciudad de Cartago, capital de la Provincia de Costa Rica, aun las dedicadas a los soberanos más insignes, resultaron bastante menos profusas y mucho más pobres que las celebradas en otros dominios coloniales hispanoamericanos (Guevara, 1994: 76 – 77, Mínguez, 2003: 55 – 57, Page, 2009, Zapico, 2006).

La cédula real en la que se anunciaba la triste noticia del fallecimiento del soberano, tan ausente como en su vida, se recibía y se leía en la Sala Capitular del Cabildo, después de que la noticia había pasado por las instancias más altas de la administración colonial y desde las cuales se distribuía la información a las más bajas (Coto, 1958: 21 – 22). Dados los pregones, se abría paso a las ceremonias de “pésames”, mismos que se brindaban al gobernador por parte de las autoridades seculares y temporales, los vecinos tenidos por principales y las simples gentes del común. Días antes de la fecha elegida, los carpinteros se encargaban de construir el túmulo funerario o “máquina de la muerte” para las honras y exequias (Lugo, 2010: 28). ¡Tal era el respeto que debía mostrarse por el rey difunto!

En resumidas cuentas, las reales cédulas comunicaban a Cartago la muerte de un miembro de la dinastía imperante y ponían en marcha el procedimiento para expresar el luto. Las ceremonias y sus rituales eran ejecutadas únicamente por las autoridades eclesiásticas y civiles, porque como lo advierte el historiador Arnaldo Moya Gutiérrez (1998), la sociedad colonial estaba sumamente diferenciada y las leyes sancionaban la diferenciación. Partiendo de lo que señala la historiadora Eva María Guevara, la legislación contemplaba aspectos sumamente rigurosos concernientes a: ¿quiénes debían vestir luto?, ¿a partir de qué momento?, y ¿por cuánto tiempo? Del mismo modo, se establecían duras multas y trabajos forzosos como escarmiento para quienes no acataran las medidas (Guevara, 1994).

Un ejemplo de duelo oficial fue el óbito del Rey don Felipe IV de Habsburgo en 1665, que tomó por sorpresa inclusive al Ilustre Cabildo de Cartago, que en ese momento no tenía fondos para pagar las actividades propias del luto. Por tal motivo, se dispuso que los ediles, de su propio bolsillo, sufragaran los gastos de la cera para las velas, la misa solemne en la Santa Iglesia Parroquial, las expresiones de arte efímero, el sermón y otros egresos menores, a saber: 50 pesos el gobernador don Juan López de la Flor y Reinoso 10 pesos don Esteban de Torres 10 pesos don Juan de Chávez,10 pesos don Juan de Chavarría,10 pesos don Tomás Calvo,10 pesos don Francisco de Salazar (Archivo Nacional de Costa Rica, Colonial Cartago, Exp. 1116, 1665).

Como muchos carecían del atuendo oficial de luto, el Ayuntamiento en pleno de la ciudad de Cartago facultó que esos vecinos se colocaran en el cuello de la capa o del vestido un trozo de raso negro, que los distinguiera de la simple vestimenta cotidiana (Chavarría, 1979: 234 235).

Los estamentos de la sociedad colonial (gobierno político-militar, estado eclesiástico y ayuntamiento) acordaban el modo en el que se efectuarían las honras ordenadas todas ad majorem Regis gloriam. “Se dispararán tres tiros de pedrero consecutivo en la Casa de Gobierno, se doblará de hora y en espacio de veinte y cuatro horas las campanas. Las milicias destinadas a cuidar la Casa del Cabildo dispararán cada hora y durante veinte y cuatro horas”, expresaba un bando del gobernador y capitán general de la Provincia de Costa Rica, don Juan de Gemmir y Lleonart, con motivo de las exequias del Rey Felipe V el Animoso en febrero de 1747 (Archivo Nacional de Costa Rica, Complementario Colonial Cartago, Exp. 224, 1747, fol. 2. Ortografía actualizada).

Generalmente, el procedimiento incluía celebrar misas por el alma de Su Majestad Católica con la asistencia de todos los vasallos. A estos se les anunciaba el aconteci-miento por medio del lúgubre tañido de las campanas de las principales iglesias de la ciudad y del Convento de San Francisco, de los pregones al son de cajas o, a usanza militar, en la Plaza Mayor de Cartago y en los demás parajes acostumbrados.

El semblante de ciudad entregada al duelo se hacía evidente en las negras colgaduras que, en señal de luto, cubrieron viviendas y edificios civiles y religiosos. Por ello, todo vecino se enteraba de que un luto muy especial se iniciaba en Cartago (Guevara, 1994). Asimismo, se anunciaba el tiempo reglamentario de luto público, y la fecha y el lugar de los actos que se ofrecían en la Iglesia Mayor, que era el escenario obligado. Aun y a pesar del reparo hacia las preeminencias, las diferentes manifestaciones que integraban los funerales regios conformaban actos de verdadera comunión. A lo anterior contribuía, evidentemente, el hecho de que fueron resaltados espacios neurálgicos de la ciudad a través de los pregones, los pésames y la ceremonia religiosa. De esta forma, se iniciaba la configuración de un espacio ritual-ceremonial, sagrado y fúnebre que ulteriormente se transformaría en festivo, pues las exequias reales siempre daban lugar a la jura del nuevo monarca (Chavarría, 1979, Garrido, 2006, Guevara, 1994, Martínez, 2009, Polanco, 2008, Rípodas, 2008, Rodríguez y Mínguez, 2012).

II. al rey se le vela en la ciudad de Cartago
Las exequias regias u honras fúnebres consistían en la celebración de una serie de misas realizadas en homenaje al difunto en la Iglesia Parroquial por parte del religioso de más elevada jerarquía, en un ambiente de música sacra e incienso. La Iglesia Católica desempeñó un papel por demás significativo en la conformación del discurso regio y fúnebre, pues sin duda, uno de los momentos más significativos de las exequias lo constituía la ceremonia religiosa ofrecida para la glorificación del alma del soberano ausente y junto a ésta, la construcción del túmulo al interior del principal edificio religioso (Martínez, 2009). De acuerdo con la historiadora Pilar Gonzalbo Aizpuru, se trataba de “un espectáculo dramático, capaz de producir una fuerte impresión en espectadores y participantes” (Gonzalbo, 1993: 42).

Pena general
En este microcosmos colonial, infundido de misticidad, el luto era la exteriorización de un estado mediante la ropa y demás usos. La costumbre y la ley habían ya establecido los tiempos de duración del luto, las personas que debían llevarlo, así como los accesorios y los trajes que debían usarse, pues como lo advierte Georges Balandier (1994), “todo poder dirige lo real a través de lo imaginario”. Así, en 1789, se acordó lo siguiente ante la muerte de S. M. D. (Su Majestad Don) Carlos III de Borbón. Dice a la letra: “Tomar luto por seis meses en todo el Reyno por los cabezas y dueños de casas con exclusión de las familias y de todos los indios, el cual se debería entender riguroso hasta que se celebren las Reales Exequias [...]. Los seis meses de lutos empezarán a correr ocho días después de la respectiva publicación de los bandos(...)sin hacer en contrario con ningún pretexto pena de doscientos pesos para [la] Real Cámara y Fisco”(Archivo Nacional de Costa Rica, Complementario Colonial Cartago, Exp. 1086, 1789, fols. 43 v – 45. Ortografía actualizada).

En la época colonial, el luto por el rey distante al tiempo que presente en retratos, monedas y estandartes reales, se concibió jurídicamente en función de tres elementos: el tiempo, las personas y los objetos. El luto oficial por la muerte de reales personas se guardaba rigurosamente en los tres primeros meses: se dejaban a un lado las joyas, los accesorios y las demás demostraciones que no concordasen. Los tres meses siguientes se consideraban “de alivio”. Asimismo, las personas que podían guardar luto por la muerte de alguna real dignidad eran los “amos” o “cabezas” de familia y sus esposas, pero no sus criados ni sus esclavos. Las formas de guardar luto son ilustrativas sobre el significado social y cultural de la muerte. Las prácticas religiosas y las demostraciones de dolor por la desaparición del
soberano formaban parte de la construcción del duelo que realizaba la sociedad colonial (Polanco, 2008, Rodríguez, 2001). A pesar de que los indígenas estaban dispensados de llevar luto, sí debían colaborar en el arreglo del templo para la ceremonia luctuosa. Quizás la presencia indígena en este tipo de actos fuera considerada un deber de “fieles vasallos” y “buenos cristianos” (Chocano, 1999, Guevara, 1994). También estaban exentos de llevar luto los cirujanos del ejército, porque se les obligaba a utilizar su uniforme reglamentario (Guevara, 1994: 77). Quedaba establecido también el tipo de trajes de rigor para el luto, que suponían determinadas telas (paño u holandilla) y colores no sobresalientes (como el negro o el morado de bayeta).

En resumen, el fallecimiento del Rey se consideraba motivo de duelo público que exigía a los segmentos altos y bajos de la sociedad colonial vestir de severo luto, dejando de lado todas las manifestaciones que no concordaran con el aciago momento que se estaba viviendo (Cárdenas, 2002, Chocano, 1999, Guevara, 1994: 77, Page, 2009, Polanco, 2008, Rípodas, 2008, Rodríguez, 2001, Zapico, 2006).

III. espacios simbólicos

Las exequias regias materializaban momentos y lugares de “convivencia” con la muerte, al tiempo que constituían un refuerzo moral del poder del rey sucesor, tan alejado físicamente de sus dominios americanos. Privilegiar el cuerpo místico del rey sobre el cuerpo natural trajo consigo el reforzamiento de las formas de representación del poder (Baz, 2005, Chocano, 1999, Kantorowicz, 1985, Martínez, 2009, Osorio, 2004).

Antes del principal oficio religioso, los vecinos estantes y habitantes de la ciudad de Cartago se reunían en la Plaza Mayor en espera del desfile de las autoridades. Estas salían del Cabildo o Ayuntamiento, daban una vuelta a la plaza y entraban luego en el templo del Apóstol Santiago el Mayor, o Vicaría General (Chavarría, 1979: 232). La poca distancia entre el cabildo y la iglesia matriz obligaba al cortejo de los notables a llevar un ritmo pausado en su caminar. Había una lentitud en el recorrido que permitía que la multitud agolpada los observara; esta última sentía el poder de las instituciones que la gobernaban ya que por medio de sus vestimentas y signos externos, de los puestos que ocupaban en las diversas instituciones que integraban la burocracia colonial, transmitían su poder e influencia (Chavarría, 1979). ¡El acto, en verdad, era imponente!.

En esta sociedad colonial y precapitalista, cada cual ocupaba el lugar preciso que le correspondía, como integrante del desfile o como parte de la muchedumbre que contemplaba absorta cada uno de los episodios sucedidos durante la “fiesta luctuosa” (Guevara, 1994, Osorio, 2004, Vovelle, 1998).

Lugar especial dentro de la ceremonia religiosa lo constituía el sermón u oración fúnebre. Ambos eran encargados con anticipación a algún miembro de la jerarquía eclesiástica que se hubiera distinguido en el arte de la retórica sagrada (Herrejón, 2003, Martínez, 2009). En 1747, para las exequias de Felipe V en Cartago, “...se celebró la misa con la solemnidad posible en esta cortedad de país. Celebró dicha misa el Licenciado don Manuel González Coronel, Comisario del Santo Oficio. Predicó la oración fúnebre, con gran elocuencia y retórico estilo, el Reverendo Padre Custodio Fray Pablo Zavaleta, guardián del Convento de esta ciudad y de la religión del Señor San Francisco...” (Archivo Nacional de Costa Rica, Complementario Colonial Cartago, Exp. 224, 1747. Ortografía actualizada).

Independientemente del carácter de la pieza literaria –el sermón podía ser panegírico de alabanza al rey y señor natural, de honras fúnebres, de rogativas, entre otros–, el elegido para emitirla debía tener en cuenta ciertos requerimientos del “buen orador”. El sermón convertía el recinto religioso en espacio de intercambio cultural, considerando (como lo ha señalado el historiador Carlos Herrejón Peredo,2003) que, durante el Antiguo Régimen, en la monarquía hispánica –en sus pilares, el español y el americano– existieron auditorios acostumbrados a la transmisión oral, “a escuchar con atención, a retener con fidelidad, a apreciar las modulaciones y la impostación de la voz”.

Como homenaje al Soberano o al pariente de la real familia fenecido, en la Iglesia Parroquial solía construirse un túmulo o catafalco, en forma de pirámide escalonada, alumbrado con multitud de cirios de cera y cebo vacuno dispuestos en candelabros de plata repujada (Guevara, 1994: 76). Por su cualidad efímera, el túmulo –castrumdoloris–no dejaba de tener connotaciones de tránsito y victoria frente a lo inevitable (Bernabéu, 2002: 42).

El túmulo era una construcción hecha generalmente de madera que, a modo de féretro, se ubicaba en el crucero del templo, frente al altar mayor: espacio que representaba un lugar de conexión entre lo terrenal y lo sagrado, y el más indicado para simbolizar el ascenso del difunto rey al espacio celeste-divino. El contraste entre la oscuridad del interior de la iglesia matriz y la luminosidad del catafalco evocaba, de tal suerte, el triunfo de la ida sobre la muerte (Chauca, 2004, Chocano, 1999, Mínguez, 2003, Osorio, 2004, Page, 2009, Rípodas, 2008).

La descripción del túmulo funerario levantado en Cartago en 1747, para las exequias de Felipe V, es la siguiente:
“El túmulo fue y se hizo en lo practicable en esta pobreza de tierra e inopia de un todo, con alguna decencia y acompañado con la misma igualdad de luces y así mismo con variedad de décimas, octavas y cuartetas con las que se hacía memoria del suave y acertado reinado de nuestro rey y señor natural don Felipe Quinto, difunto, y el general sentimiento que ha causado en esta tan gran pérdida” (Archivo Nacional de Costa Rica, Complementario Colonial Cartago, Exp. 224, 1747. Ortografía actualizada).

La ausencia del cadáver no era óbice para que, en la ciudad de Cartago –al igual que en sus homólogas hispanoamericanas– se llevaran a cabo las fórmulas solemnes en el templo mayor, donde se simulaba un entierro, claro ejemplo de las “liturgias del poder” (Valenzuela, 2001). En Madrid, el cuerpo del Rey muerto se exhibía vestido de negro por varios días, mientras que en las ciudades de sus reinos su muerte era representada por una urna cubierta con telas que simbolizaban las cenizas de su cuerpo pútrido, así como su majestad real. Su espíritu se encontraba omnipresente en los artefactos que decoraban su catafalco (Osorio, 2004: 23).


El túmulo ubicado en el centro de la Santa Iglesia Parroquial definía la proximidad de los participantes: más cerca se situaban los de mayor importancia social. Todos, claro está, seguían un estricto protocolo (Bernabéu, 2002, Guevara, 1994, Polanco, 2008). Naturalmente, las órdenes religiosas, los funcionarios de la burocracia, la élite capitular y los vecinos notables ocupaban el espacio ordenados jerárquicamente, manteniendo una comunicación imaginaria con el ataúd vacío (Page, 2009, Rípodas, 2008, Valenzuela, 2001). Los oficios eclesiásticos finalizaban con el canto de la oración y los responsos. Las autoridades seculares y religiosas abandonaban el templo parroquial y los fieles podían acercarse a admirar la arquitectura efímera.

En suma, la presencia del túmulo semejaba la corporalidad del monarca en cada rincón de sus dominios ultramarinos. Pero no era únicamente su arquitectura el instrumento de representación de estos conceptos. Si bien era el más importante, coadyuvaban el tratamiento general de la iglesia, la iluminación, las decoraciones y los textos alusivos que contribuían a resaltar la figura del rey y, sobre todo, lo que simbolizaba en una sociedad de cultura audiovisual y sin imprenta (Chocano, 1999, Gerais, 2007, Guevara, 1994, Page, 2009, Rípodas, 2008).

IV. ¡Viva el rey!
A través del ritual de las exequias, la ciudad de Cartago –al igual que otras capitales coloniales de la América española– reanudaba y reafirmaba el vínculo con la Corona, confirmando la pertenencia del reino a la monarquía universal. “El Rey sobrevive al Rey”, como lo afirmara Ernst Kantorowicz (1985: 375). Sin embargo, la real figura resultaba distante, casi mítica, a los vecinos de la colonial Cartago, por más que mostrasen rostros compungidos acordes al acontecimiento y aunque rindieran las condolencias al gobernador como si fuera el principal deudo.
En un informe que el gobernador don Tomás de Acosta y Hurtado de Mendoza envió a D. Antonio González Mollinedo y Saravia, presidente de la Real Audiencia y Capitán General de Guatemala en 1801, el entonces Gobernador de la Provincia de Costa Rica le indicó que nunca en lugar alguno se daba cumplimiento con más propiedad de las órdenes soberanas de las pompas del luto oficial que en la provincia más meridional del “Reyno” (Fernández Bonilla, 1976: 180). Acosta aseguraba que la ciudad de Cartago cumplía estrictamente con aquellas instrucciones, a pesar de su modestia económica y de su lejanía del resto del mundo colonial (Jiménez, 2011: 38 39).
Sin embargo, pese al rigor de la legislación, hubo quienes se atrevieron a retarla, como el alcalde primero de Villa Vieja de Cubujuquí (Heredia), Pedro Antonio López, quien en 1819 fue obligado a pagar una multa de cincuenta pesos por haber permitido una corrida de toros durante el luto por la muerte de la reina doña María Isabel de Braganza y Borbón, segunda consorte de Fernando VII (Guevara, 1994: 77).
Es muy probable que en la sociedad colonial cartaginesa las exequias regias, con sus gestos, vestuario y escenografía, acrecentaran los sentimientos y veneración a la distante figura real que representaba el poder, la auto-ridad y la justicia. Cohesionaba a todos los grupos sociales, a pesar de que se evidenciaba una clara visualización de las jerarquías impuestas. La muerte era desafiada con la proclamación del heredero, asegurando la continuidad y sacralidad de la monarquía. Como bien lo afirma el historiador Javier Varela: “...profusamente narrada como enfermedad, muerte, entierro y exequias, la muerte regia carece casi de significado individual. Lo que se entrega a las miradas ávidas del público es un espectáculo dramático universal, en el cual la comunidad aprende a morir y muere en idea para renacer a la vida eterna con el finado y a la vida terrestre con la entronización del sucesor” (Varela, 1990: 13). Quizás, como se infiere de la cita anterior, la pena y el dolor que los súbditos cartagineses “sentían” en sus almas y corazones, ante las ceremonias luctuosas reales, no duraban largo tiempo. El fallecimiento de un monarca de ultramar solo era el preludio de la real sucesión y de que los súbditos o vasallos clamasen poco después: “¡El Rey ha muerto! ¡Viva el Rey!”.

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Archivos

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Complementario Colonial Cartago No 224. 1747.

Complementario Colonial Cartago No 1086. 1789.

Fondos Particulares. Álbum de Figueroa. 1850-1900.

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