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Mora y el peso histórico de la campaña nacional en Costa Rica (1856-1857)

Contacte al Autor: Dr. Fernando Villalobos Chacón

Mora y el peso histórico de la campaña nacional en Costa Rica (1856-1857)

Dr. Fernando Villalobos Chacón

Profesor y Decano, Universidad Técnica Nacional. Sede del Pacífico

ferchov75@gmail.com

Dedicado a dos amigas costeñas moristas de profunda convicción:

Brenda Oardóñez Noguera e Isabel Miranda González.

PREÁMBULO

La siguiente cita es un excelente preámbulo, que permite ver las justificaciones que emanaron en el momento en que el Congreso de Costa Rica analizaba la posibilidad de declarar a Juan Rafael Mora Porras héroe nacional:

“Los pueblos se alimentan y se fortalecen con sus héroes. Ninguna sociedad que se respete a sí misma carece de los suyos. A sabiendas de que han sido seres humanos, se desvanecen los aspectos negativos o defectos propios de toda persona, para convertirlos en paradigmas de una sociedad, de un país, de una civilización o de una época.

Juan Rafael Mora Porras (1814-1860) se hizo acreedor a la memoria de los costarricenses, por las ejemplares hazañas que realizó y por las virtudes cívicas que encarnó en su vida y en su obra de servicio a la patria como empresario privado (agricultor, comerciante y corredor de bienes raíces), representante popular, diputado constituyente, vicepresidente y presidente de la República.

Se puede afirmar que bajo su Presidencia de la República, de 1849 a 1859 la economía progresó, la educación aumentó, la cultura prosperó, la ciencia avanzó, la salud mejoró, las instituciones se afianzaron, la prensa floreció, el Estado se fortaleció, la legislación se renovó, la empresa privada se expandió, el comercio y la industria crecieron, se fundó el Banco Nacional de Costa Rica de propiedad tripartita (inversores privados, fondos estatales y capitales extranjeros), se abrieron caminos y se construyeron puentes, la calidad de vida en villas y pueblos se elevó, la juventud encontró oportunidades de superación personal, la inmigración se fomentó, el país destacó en el concierto de las naciones; en suma, el sistema de vida en libertad de la joven República se transformó” (Asamblea Legislativa, Costa Rica, Expediente No.17.815). No hay duda de que es un texto idóneo para interiorizar el peso histórico de Mora en la historia costarricense.

A don Juanito Mora –como afectuosamente se le rememora– el costarricense: “le reconoce la estratégica decisión de modernizar y armar el Ejército Nacional, dadas las crecientes amenazas que se cernían sobre territorio nacional. También tuvo el indiscutible liderazgo de convocatoria en la población costarricense, un mayoritario campesinado que carecía de formación militar; es más, nuestro país no tuvo una guerra de independencia, por lo que el conocimiento de las armas y la guerra, con excepción de algunos pocos, era con mucha razón algo nuevo para el costarricense de mediados del siglo XIX” (Villalobos, 2015, p. 2).

El mensaje del presidente Mora debía ser sencillo e inspirador a la vez, de modo que permitiera aglutinar al pueblo, formado mayoritariamente de campesinos, sobre el tema de la nacionalidad y la defensa territorial.

Los conceptos de nacionalidad y soberanía eran muy incipientes aún. Este mensaje extensivo a los costarricenses se hace por medio de proclamas que debían ser leídas en las villas, ciudades e iglesias.

  • Juan Rafael Mora Porras (1814-1860) se hizo acreedor a la memoria de los costarricenses, por las ejemplares hazañas que realizó y por las virtudes cívicas que encarnó en su vida y en su obra de servicio a la patria como empresario privado.

Mora se mantenía en todo momento al tanto de las acciones que William Walker ejecutaba en Nicaragua. Para el presidente de Costa Rica no era desconocido que Walker era del sur de USA y que era partidario de ideas esclavistas; aunado a esto, el solapado apoyo de ese país al proyecto expansionista filibustero.

Don Juanito dirige su primera proclama al país en las postrimerías de 1855 (20 de noviembre). En dicha proclama daba cuenta a los costarricenses de la seriedad del proyecto de Walker y lo necesario de estar prevenidos y preparados para lo peor:

“Costarricenses: la paz, esa paz venturosa que, unida a vuestra laboriosa perseverancia, ha aumentado tanto nuestro crédito, riqueza y felicidad, está pérfidamente amenazada. Una gavilla de advenedizos, escoria de todos los pueblos, condenados por la justicia de la Unión americana, no encontrando ya donde hoy están con qué saciar su voracidad, proyectan invadir a Costa Rica para buscar en nuestras esposas e hijas, en nuestras casas y haciendas, goces a sus feroces pasiones, alimento a su desenfrenada codicia. ¿Necesitaré  pintaros los terribles males que de aguardar fríamente tan bárbara invasión pueden resultaros? No; vosotros los comprendéis; vosotros sabéis bien qué puede esperarse de esa horda de aventureros apóstatas de su patria; vosotros conocéis vuestro deber” (I Proclama de Juan Rafael Mora Porras, San José, 20 de noviembre de 1855, Archivos Nacionales).

Unos meses después, en el caliente marzo de 1856, don Juanito contaba con la asesoría de varios personas cercanas, entre ellos el francés Adolphe Marie (europeo que conocía muy bien la doctrina del Destino Manifiesto y estaba al corriente de las intenciones de Walker y sus orígenes sureños), además de otro colaborador fundamental para Mora: el encargado de negocios en Nueva York que ostentaba en la práctica rango de embajador: Luis Molina Bedoya. Tanto Molina Bedoya como Marie informaban permanentemente a don Juanito de que había un serio peligro; que las acciones de Walker en Nicaragua respondían a un plan muy bien pensado y que era expansivo, además.

El camino de las armas era inevitable, había que preparar a la nación para lo peor.

Un conflicto armado parecía ineludible, en vista de que Walker y sus mercenarios se acercan a suelo costarricense. El presidente costarricense emite su segunda proclama, el primero de marzo de 1856. Mora, en un gesto muy propio de los grandes estadistas, estaba seguro de una sólida victoria. Además, confiaba en un apoyo de las demás naciones centroamericanas que, a su creer, correrían a auxiliar al país, algo que fue boicoteado por el embajador de USA y el apoyo esperado no se produjo:

“Compatriotas: ¡A las armas! Ha llegado el momento que os anuncié. Marchemos a Nicaragua a destruir esa falange impía que la ha reducido a la más oprobiosa esclavitud. Marchemos a combatir por la libertad de nuestros hermanos. A la lid pues, costarricenses. Yo marcho al frente del ejército nacional. Yo que me regocijo al ver hoy vuestro noble entusiasmo, que me enorgullezco al llamaros mis hijos, quiero compartir siempre con vosotros el peligro y la gloria. Vuestras madres, esposas, hermanos e hijos os animan. Sus patrióticas virtudes os harán invencibles. Al pelear por la salvación de vuestros hermanos, combatiremos también por ellos, por su honor, por su existencia, por nuestra patria idolatrada y la independencia hispanoamericana (…) todos los leales hijos de Guatemala, El Salvador y Honduras, marchan sobre esa horda de bandidos. Nuestra causa es santa, el triunfo es seguro. Dios nos dará la victoria y con ella la paz, la concordia, la libertad y la unión de la gran familia centroamericana (II Proclama de Juan Rafael Mora Porras, San José, 01 de marzo de 1856, Archivos Nacionales).

WILLIAM WALKER EN NICARAGUA

La Campaña Nacional (1856-1857) permitió poner freno a las intenciones expansionistas de USA y de Walker en la región. El proyecto yankee era muy claro: adueñarse de Nicaragua y de ahí expandirse al resto del istmo. A pesar de abundantes pruebas, hay muchos historiadores que aún hoy deslegitiman la teoría de las ideas expansionistas de Walker y del apoyo sutil de USA en su proyecto, arguyendo ausencia de pruebas fácticas; sin embargo, los movimientos del embajador y el financiamiento desde Washington son evidentes.

Walker gozaba de una gran reputación en la política estadounidense. Además, era médico, abogado y periodista. Representa uno de los más connotados dirigentes del filibusterismo yanqui en el siglo antepasado. Sus andanzas expansionistas involucraron a México, donde procuró adueñarse de Sonora y Baja California. Su proyecto de una “república” en estos territorios mexicanos no tuvo éxito; sin embargo, refleja su verdadera identidad.

Walker y su ejército arriban a Nicaragua el 16 de junio de 1855. Dicho ejército se autoproclamó como “Los Inmortales”. Estos mercenarios fueron contratados por el Partido Liberal de León. Walker y su ejército a sueldo combatieron junto al grupo que pretendía sacar del poder al presidente nicaragüense Fruto Chamorro Pérez, el cual, en febrero de 1856, con medio millar de soldados toma Granada bajo control conservador. El conflicto en Nicaragua alcanza notoriedad en la prensa estadounidense en vista de que ya existía un interés de compañías de USA de construir un canal interoceánico por el río San Juan.

En pocos meses, Walker asume el poder en Nicaragua luego de unas elecciones fraudulentas. Ya para octubre de 1955, Walker se convierte en comandante en jefe del ejército nicaragüense respaldado por las fuerzas leales del liberalismo de León. Esta concentración de poder del estadounidense pone en alerta al istmo. El ejército filibustero de Walker, –autodenominado “la falange mercenaria” o Los Inmortales”– alcanzó hasta mil doscientos soldados, ainicios de 1856. Dado el peligro en Nicaragua, la militarización del istmo es eminente. Guatemala compra barcos de combate, capacita y equipa adecuadamente su ejército. El Salvador financia el equipamiento de su ejército y emite una alerta de proteger sus fronteras. Honduras, dada su precaria situación económica, no pudo invertir mucho en su ejército. Costa Rica hace lo propio. Como ya se mencionó, el presidente Mora se mantenía al tanto de los sucesos en Nicaragua y en el año de 1855 se intensificaron las alertas, las cuales eran constantes y dirigidas a diversos sectores del país, sobre  el peligro que surgiría si la situación se desbordaba, hecho que afectaría al istmo y al país principalmente. El presidente tenía información privilegiada que daba cuenta del grupo de mercenarios y sus ideales expansionistas en el vecino país del Norte. Esto era una bomba de tiempo que no se podía descuidar. Sectores políticos opositores siempre consideraron que las preocupaciones de don Juanito eran totalmente infundadas, máxime en un momento de bonanza económica (con buenas cosechas de café), donde pensar en una guerra y tomar recursos para comprar armas no era una opción para la incipiente burguesía cafetalera.

A su vez, para Walker y el gobierno de USA, Mora y Costa Rica significaban un estorboso escollo, dado que había un interés muy grande de construir un canal interoceánico en el río San Juan, el cual era y es frontera entre Costa Rica y Nicaragua. Aún estaba en disputa la soberanía del río, situación que quedó zanjada posteriormente a la Campaña Nacional, en el tratado de límites bilateral de 1858, suscrito por el presidente Mora. De hecho, hay críticos de Mora que lo denostan por haber cedido en las pretensiones costarricenses del río. USA respaldaba a Nicaragua en la negociación, ya que desconfiaba de Costa Rica, y quizás don Juanito no pudo sostener más la presión internacional y “se quitó una brasa de encima”.

Dada esta coyuntura, para USA el tema de controlar Nicaragua y asegurarse el río era casi un imperativo económico y geoestratégico. Como dato importante, el magnate Cornelius Vanderbilt, apoderado de la Compañía Accesoria del Tránsito, desde 1849 había logrado por parte de Nicaragua autorización para trasladar pasajeros por el istmo. Esta situación era contraria a los intereses británicos en la región, ya que Inglaterra no deseaba ver perdida su influencia en los “mares centroamericanos y del Caribe”. No hay que perder de vista que los ingleses aún tenían posesión de la región oriental de Nicaragua, a través del llamado “Reino de la Mosquitia”, y aún eran la principal potencia mundial. Este escabroso tema fue enmendado por medio del Tratado entre USA e Inglaterra: Clayton-Bulwer.

La firma del tratado de límites en 1858, mencionado anteriormente, que fija el sumo imperio del río San Juan a favor de Nicaragua, le ahorra problemas a Costa Rica con USA e Inglaterra, pero los establece de por vida entre Costa Rica y Nicaragua, como regularmente ha sucedido desde el propio 1858 hasta la actualidad.

  • El año de 1855 fue crítico para Costa Rica, dado el avance del peligro filibustero, pero Mora estaba al tanto de todo. Una invasión al país era inminente y el presidente empezó a preparar a la nación.

Todo este clima de intereses económicos y disputas políticas en Nicaragua era terreno apto para que Walker arribara, aprovechara la fragilidad nicaragüense y empezara su aventura expansionista en la región. En menos de un año se logró hacer con el poder. Acto seguido, aspiraba a tomar otra república del istmo: la pequeña Costa Rica parecía una

 resa fácil. Luego seguiría Honduras, y así sucesivamente.

El historiador Iván Molina Jiménez describe la situación que vivía Nicaragua de la siguiente manera: “en 1854, al calor de la guerra civil que desgarraba a Nicaragua, uno de los bandos solicitó el apoyo de William Walker. Este mercenario estadounidense, una vez en el poder, se propuso anexar Centroamérica al sur esclavista de Estados Unidos” (Molina, 1997, p. 52).

Parece haber un consenso generalizado entre distinguidos historiadores costarricenses de diferentes corrientes y estadios sobre el contexto que envolvía a Walker, su pensamiento expansionista (Destino Manifiesto), los fuertes intereses económicos y geoestratégicos que se movían en su proyecto, su ejército de mercenarios a sueldo

(filibusteros), el peligro real que existía para Centroamérica entera y, sobre todo, para la pequeña Costa Rica, la cual era la siguiente presa.

Rafael Obregón Loría señala lo siguiente: “Los planes de William Walker para Nicaragua y el resto de Centroamérica eran la creación de un estado militar y la implantación de la esclavitud, como él mismo lo expresó en su obra: “El verdadero campo para ejercer la esclavitud es la América Tropical; allí está el natural asiento de su imperio y allí puede desarrollarse con sólo hacer el esfuerzo, sin cuidarse de conflictos con intereses contrarios” (Obregón, 1976, p. 16).

El mismo Obregón, en otro libro de su autoría, expresa que:

“A mediados del siglo XIX una sombra se posesiona de la región centroamericana. Esta es un eco de los proyectos esclavistas del sur de Norteamérica. El lema de William Walker, “Five or none”, hace referencia a sus deseos de tomar el mando de las naciones centroamericanas; su propósito: formar un fuerte estado federal, organizado y sometido a principios militares. Además de conquistar también la isla de Cuba, el aventurero planea introducir pobladores norteamericanos y fomentar el trabajo esclavo.

No menos importante es su deseo de desarrollar un canal interoceánico que aproveche las condiciones geográficas y una a los dos océanos” (Obregón, 1981, p. 10).

El año de 1855 fue crítico para Costa Rica, dado el avance del peligro filibustero, pero Mora estaba al tanto de todo. Una invasión al país era inminente y el presidente empezó a preparar a la nación. La sospecha, como es sabido, se consumó el 20 de marzo de 1856 en Santa Rosa, Guanacaste, y los meses subsiguientes. Hay que recordar que tanto Luis Molina Bedoya, destacado en Washington (de origen guatemalteco e hijo de los próceres de la independencia centroamericana Pedro Molina y Dolores Bedoya, como dato histórico) así como el francés Adolphe Marie informaban y asesoraban permanentemente a don Juanito sobre el avance de los acontecimientos. Molina Bedoya y su hermano Felipe, en noviembre de 1855, sugieren a Mora que prepare al país para enfrentar un conflicto armado, dadas las ambiciones de Walker de invadir Costa Rica en el verano de 1856.

Los hermanos Molina Bedoya dan cuenta del apoyo brindado por el embajador de USA, John Wheeler, a las andanzas de Walker. Estas actividades fueron reveladas por diplomáticos de Inglaterra, Francia, Guatemala, Honduras y Costa Rica, sin que USA tomara alguna acción al respecto, lo cual demuestra el “compadrazgo hablado” por parte del gobierno estadounidense y Walker. En esta coyuntura, Luis Molina Bedoya envía una fuerte nota diplomática, en febrero de 1855, al Secretario de Estado norteamericano L.

Marcy, donde le recrimina la complacencia de su gobierno ante las acciones ilegales de Walker en la región. Carta que, por cierto, nunca fue contestada, lo cual demuestra aún más la simpatía de USA al proyecto expansionista filibustero: “que no fuera indiferente ante lo sucedido en Nicaragua y que tomara medidas eficaces para impedir que el filibusterismo siguiera adelante en perjuicio de las demás repúblicas centroamericanas y lo sancionara, “puesto que es el producto de un crimen complejo, fraguado y comenzado a ejecutar dentro del territorio de Estados Unidos y continuado sin interrupción en el ajeno por ciudadanos norteamericanos, con recursos, auxilios y, hasta cierto punto, con la fuerza moral de la Nación contra la existencia de Estados pacíficos y amigos” (De la Cruz, 1988, p. 251).

La molestia por la política imperialista y permisiva de USA en este conflicto no solo fue mostrada por Costa Rica, pues otros países como Chile también mostraron su irritación. Este país suramericano realizó acciones diplomáticas de alto nivel para disuadir a USA de favorecer estos movimientos desestabilizadores en el continente. La desconfianza hacia Washington se incrementó conforme avanzaron los meses.

Los movimientos de Walker eran cada vez más evidentes, y las sospechas se confirmaban por sí solas. Hubo protestas y notas diplomáticas de varios países latinoamericanos, sobre todo cuando el gobierno estadounidense reconoce al gobierno de facto de Walker.

Esto se evidencia en una carta del 09 de julio de 1856; el canciller colombiano Lino de Pombo advierte fuertemente al gobierno de USA que estaba perfectamente enterado de las circunstancias en que William Walker agredió a Nicaragua y se apoderó virtualmente del poder, y agregaba: “reconocer a ese gobierno (...) era equivalente (...) a respaldarlo con todo el poder estadounidense y facilitarle recursos inmediatos y abundantes para que triunfase” (citado por Villalobos, 2015, p. 7).

Por su parte, el 8 de setiembre de 1856, el ministro peruano Juan Ignacio de Osma notificó al Secretario de Estado Norteamericano, L. Marcy, “la sorpresa de su gobierno por el reconocimiento de la autoridad usurpada por el Sr. Walker, con el apoyo de la expedición que organiza en la Unión [Americana]”. Esta reacción peruana demuestra que:

“el gobierno peruano considere los acontecimientos de que hoy es teatro la América Central como el principio de una agresión contra la nacionalidad de todas las repúblicas hispanoamericanas, porque ese reconocimiento, aun sin otros actos oficiales y recientes del ministro estadounidense en Nicaragua, equivalente a una declaración formal a favor de las ideas políticas que en los Estados Unidos dan origen a esas expediciones que atacan, en su base, unos principios sin los cuales no habría paz, armonía y relaciones entre los pueblos Cristianos” (citado por Quesada, 2006, sección I).

Es tal la reacción continental contra la política de Washington, arengada por don Juanito (quien ejerce un enorme liderazgo), que a fines del año 1856 se firma el Tratado Continental, con participación de Costa Rica, Guatemala, México, Nueva Granada (hoy Colombia), El Salvador y Venezuela. El encuentro diplomático se realiza entre el 8 y 9 de noviembre de 1856 y pactan realizar una coalición entre los países de Hispanoamérica, la cual se denominaría “Confederación de los Estados Hispanoamericanos”. ¿Será este un antecedente de la OEA? Se requerirá otra investigación para ahondar en este hecho posteriormente.

EL PENSAMIENTO YANQUI

En medio de la desconfianza de los países latinoamericanos, la prensa de USA mostraba con bastante facilidad cuál era el pensamiento que imperaba en su país. La doctrina del Destino Manifiesto había permeado a la misma prensa de esa nación, la cual no escamoteaba en justificar razones para explicar, según ellos, por qué USA se reservaba el derecho de expandir su área de influencia bajo esquemas poco ortodoxos, en la región. En este contexto de pleno compadrazgo entre la política y la prensa estadounidense, el periódico Washington Star, en un editorial de febrero de 1855, afirmaba que “ya es tiempo de que una raza de hombres del Norte suplante a la corrompida, bastarda y degenerada raza que tan temiblemente aflige a la América Central” (Villalobos, 2015, p. 8).

En esta misma línea de pensamiento, en el mes de marzo de 1856, la revista Blackwood’s Edinburgh Magazine afirmaba que: “es una idea fija del pueblo norteamericano que en determinado tiempo va a tener el control de América Central y de la isla de Cuba; los

norteamericanos consideran esto como un destino manifiesto, y cualquier movimiento en ese sentido es mirado por ellos como una cosa natural y digna de encomio” (Villalobos, 2015, p. 8).

El pensamiento imperialista estadounidense no era casuístico. Tiene su origen en la doctrina del Destino Manifiesto, corriente de pensamiento hegemónico que tantas consecuencias nefastas tuvo en América Latina. En este contexto se insertan la llegada de Walker a Nicaragua y el proyecto filibustero. El Destino Manifiesto fue el derrotero, en política exterior, de USA por siglo y medio, donde se creyó tener la potestad de intervenir en los países de la región; su “patio trasero”, como ellos mismos lo denominaron. De esta forma, intervinieron en los estados cada vez que lo consideraron necesario o que se afectó alguno de sus negocios. Normalmente, una excusa ha sido la de “defender los principios de la  democracia en la región”. Por razones de espacio no se ahondará en explicar esta ideología, porque se ocuparía un artículo adicional para su análisis. Lo que sí debe quedar muy claro es que Walker era solo la careta. Costa Rica, en realidad, luchaba contra una potencia mundial en progreso. Walker, ya con el poder en Nicaragua y partidario de las ideas del Destino Manifiesto de “América para los americanos”, presagiaba una invasión en cualquier momento. El presidente Mora estaba completamente enterado de las movidas de Walker, del proyecto expansionista, y había empezado un proceso de modernizar el ejército. Ha de recordarse que tenía informantes en el mismo USA, en Nicaragua y Costa Rica.

Con todo este entorno pre-guerra, Mora empieza una fuerte campaña diplomática en USA y algunos países europeos. Es frecuente que Luis Molina Bedoya realice denuncias de los acontecimientos ante diversas embajadas acreditadas en Washington, donde detalla la realidad de lo que sucede en Nicaragua y el ambiguo discurso de USA, ya que una cosa es lo que se decía a lo interno y otra cosa lo que se hacía afuera:

“mientras Estados Unidos condenaba muchos proyectos expansionistas en diversas partes del continente para mantener las “formas”, en la realidad impulsaba estos movimientos expansionistas bajo un modelo sencillo y muy útil a sus intereses: contratar mercenarios a sueldo (filibusteros; hoy les llamamos “sicarios”), esto para disimular y “acomodarse” según los resultados de estas aventuras, evitar desencantos y posibles represalias comerciales; pero sobre todo para sortear la ira de los ingleses, quienes veían con estupor cómo cada día los estadounidenses pasaban de ser una nación adolescente a una potencia con sed de poder y expansión. Sin duda su ex-colonia se estaba convirtiendo en una estudiante aventajada y amenazaba al maestro con superarle” (Villalobos, 2015, p. 9).

Al respecto, el prestigioso investigador Juan Rafael Quesada señala que: “No existe duda de que las autoridades costarricenses comprendían con precisión el significado del filibusterismo. Por eso, ya el 31 de marzo de 1855 el Boletín Oficial (órgano del gobierno) denunciaba la “hipocresía del gobierno de Estados Unidos”, quien “verbalmente condenaba las actividades de los filibusteros, pero por otro lado los favorecía decididamente”. Asimismo, Luis Molina, representante diplomático de Costa Rica en Washington, después de la muerte de su hermano Felipe, ocurrida en febrero de 1855, en documentación confidencial, con fecha 10 de noviembre de ese año, sentenciaba: “Es incuestionable que esta Nación (Estados Unidos) se halla dominada por una pasión insaciable de engrandecimiento y riqueza, que le imprime un movimiento creciente de expansión, y parece haber debitado o adulterado en ella las nociones de lo justo y de lo injusto. De aquí nacen el indiferentismo, la convivencia y aun la complicidad de los que guían la sociedad con el filibusterismo”. En otras partes de la misiva enviada a gobernantes europeos, a los que solicitaba ayuda para la causa de América Central, Molina hacía alusión al hecho de que los filibusteros, cuando fracasaban, contaban con “seguro asilo de impunidad” (incluso podrían ser desautorizados, agregamos nosotros), pero si sus acciones eran “coronadas por la victoria”, entonces “sus trofeos serán aceptos a la nación, en botín legítimo, y ensalzadas sus piráticas proezas” (Quesada, 2007, Sección I).

El Destino Manifiesto pregona una justificación casi divina que permite, según ellos, intervenir los asuntos de sus vecinos. Esta tendencia se acrecienta desde el siglo XIX. Se resume en la idea que USA “había recibido el privilegio y el encargo de Dios para guiar y gobernar el destino del mundo”. En consecuencia, antes de que empezara la guerra contra los filibusteros, se tenía claro, en América Latina, que el filibusterismo era el corolario de esas ideas mesiánicas y hegemónicas. Además, se conocía cómo Estados Unidos, utilizando diversas estrategias, se había apoderado de enormes territorios que habían pertenecido a España, Francia y México, consolidando su papel de potencia emergente imperialista (Villalobos, 2015, p. 10).

México ha sido el país más afectado por las agresiones a su soberanía (dada su cercanía geográfica) por parte de los estadounidenses. De esto daba cuenta el Boletín Oficial, fechado 9 de marzo de 1856, el cual fue distribuido entre el ejército y el pueblo costarricenses. Según datos del citado folleto informativo, entre los años 1835 y 1854 los mexicanos habían perdido 807.000 millas cuadradas de su territorio, que: “ahora pertenecen a la insaciable actividad absorbedora (sic) de los hijos del norte, por el derecho de anexión, de conquista y de compra en pública almoneda” (Archivo Nacional de Costa Rica).

  • El pensamiento imperialista estadounidense no era casuístico. Tiene su origen en la doctrina del Destino Manifiesto, corriente de pensamiento hegemónico que tantas consecuencias nefastas tuvo en América Latina. En este contexto se insertan la llegada de Walker a Nicaragua y el proyecto filibustero.

DON JUANITO PREPARA AL PUEBLO PARA LA GUERRA

Mora y sus más cercanos colaboradores estaban más que seguros de las intenciones de Walker y USA sobre el istmo, puesto que veían la oportunidad ideal de propagar su dominio en esta parte clave del continente, desde donde podían expandirse hacia el norte o el sur. Era un mensaje y un proyecto imperialista muy claro. No hay que olvidar el tema del interés geoestratégico de construir el canal interoceánico por el río San Juan (que entonces estaba aún en disputa). El dominio sobre este río y la construcción posterior de un canal interoceánico eran piezas claves en el ajedrez del plan imperialista. Pero el interés no era solo de USA; Inglaterra también tenía interés en la misma obra: “ambas potencias tratan de eludir el inminente enfrentamiento que se avecinaba, como resultado de un interés compartido sobre el territorio nicaragüense, donde se pretendía construir el canal interoceánico” (Meléndez, 1982, p. 11).

En 1854, uno de los asesores claves de Mora, Adolphe Marie, le escribía: “¿Quién no se estremecerá al pensar que la civilización norteamericana no ha penetrado en los desiertos sino con las llamas y el exterminio, y que conviene quizá a la doctrina del destino manifiesto que, como las desventuradas tribus de indios del norte, desaparezcan los hispanoamericanos de la faz de la tierra? ¿Quién no se entregará a la desesperación [ante] brutales actos que tendrán por inevitable resultado el nombre escarnecido, la raza perseguida, la familia dispersada, el hogar asaltado y, finalmente, la nacionalidad aniquilada?” (Quesada, 2007, I Sección).

A fines de ese mismo año, Marie publica en La Gaceta, con el aval de don Juanito: “existe, no solo en Costa Rica, sino en la América Central, un partido norteamericano que busca la anexión y por eso se empezó la preparación del país, para que no nos agarren “asando elotes”” (Quesada, 2007, I Sección).

Estos antecedentes brindan un panorama muy diáfano del peligro existente y lo que estaba detrás de Walker. De ninguna manera esto era una aventura aislada. Tenía el respaldo de USA detrás. Este análisis permite magnificar el peso histórico de la Campaña Nacional contra los filibusteros y el liderazgo continental del presidente Juan Rafael Mora Porras.

Por más que la historiografía estadounidense moderna ha olvidado o relegado este conflicto de sus anales, en la época sí hubo un especial interés en este conflicto, dados los intereses ya reseñados, tanto en USA, como en Inglaterra. Los británicos seguían muy de cerca los pasos de USA en lo que aún consideraban parte de su “área de influencia”. Ya USA se empezaba a erigir como la potencia emergente y comenzaba a relegar a Inglaterra de algunos asuntos paulatinamente.

Robert E. May, autor del Manifest Destiny’s Underworld, expresa la posible causa de la relegación u omisión de este tema en USA: “gradualmente los filibusteros desaparecieron de la memoria histórica de su país, quizás, en parte, debido a que, como actores históricos de mediados del siglo XIX, fueron eclipsados por los soldados de la Guerra Civil. Sea cual fuere la razón, relativamente pocos norteamericanos de nuestros días han oído hablar siquiera de Walker y de sus congéneres” (May, 2002, p. 13).

Retomando el tema del peso histórico de la Campaña Nacional y el liderazgo del presidente Mora, el investigador Raúl Aguilar Piedra ofrece una dimensión más objetiva de la grandeza y la hazaña de los costarricenses a mediados del siglo XIX: “la guerra librada contra los filibusteros en 1856-1857 no es una lucha contra un enemigo invisible. El filibusterismo constituye una amenaza contra la integridad e identidad de las naciones libres e independientes, no solo dentro de la geografía centroamericana, sino también en otros lugares de nuestro planeta. Memorialistas e historiadores se han encargado de registrar estas acciones para su mejor conocimiento y comprensión por parte de las sucesivas generaciones. Conforme pasa el tiempo, el aporte de estos hechos al conocimiento de la historia centroamericana se esclarece cada vez más. Para los pueblos del istmo, la decisión de formar parte del consorcio de naciones libres e independientes, adoptada en 1821, por razones particulares no demandó el derramamiento de sangre que significó la lucha por la independencia en otras latitudes del continente. Sin embargo, treinta y cinco años después tuvieron que defender en el ámbito diplomático primero, y por medio de las armas después, la vocación por la libertad” (Aguilar, 2005, p. 463).

  • Otra arista fue el liderazgo del presidente Mora, más allá del país. Su movilización diplomática involucró a países como El Salvador, Guatemala y Honduras. Además, otras naciones latinoamericanas dieron su respaldo a Costa Rica, tales como: Colombia, Venezuela, Perú y Chile.

Otra arista fue el liderazgo del presidente Mora, más allá del país. Su movilización diplomática involucró a países como El Salvador, Guatemala y Honduras. Además, otras naciones latinoamericanas dieron su respaldo a Costa Rica, tales como: Colombia, Venezuela, Perú y Chile. Incluso se convocó a un congreso iberoamericano en San José, el cual congregó alianzas claves en el continente y Europa. La visión americanista de Mora había quedado plasmada en su segunda proclama.

A fines de 1856, Mora gozaba de muchas simpatías en el exterior y envió como emisario al señor Gregorio Escalante y Nazario Toledo, a Chile y Perú. El objetivo era invitarlos al Congreso Hispanoamericano, en San José, programado para mayo de 1857, y pedir a Perú un crédito de 300 mil a 500 mil dólares para enfrentar la Campaña Nacional.

Dichos delegados de Mora tenían un fuerte vocablo contra el imperialismo reinante en Washington, el cual es recibido con beneplácito en muchos sectores suramericanos. Chile da un espaldarazo vigoroso a la causa costarricense al enviar, incluso, una nota diplomática al gobierno boliviano, expresando su respaldo a Costa Rica y confirmando asistencia al citado congreso. La cancillería chilena expresaba además: “la determinación de utilizar todos los medios a su a alcance para expulsar a los norteamericanos de Nicaragua”, y alentaba a Bolivia “a hacer idéntico esfuerzo” (Archivo Nacional de Costa Rica).

Una delegación peruana encabezada por Pedro Gálvez, reconocido abogado, llega al país el 22 de enero de 1857, con el firme propósito de promover la suscripción del istmo al Tratado Continental, registrado en diciembre de 1856. El emisario peruano, en suelo costarricense, afirma que: “A mí me ha cabido la honra de ser acreditado cerca de este hermoso país, y el encontrarlo presidido por un gobierno tan activo, como patriota e ilustrado, me inspira la confianza de que la misión que trae por enseña la “Unidad Americana” hallará aquí un eco digno del porvenir que encierra esa idea magnífica” (Quesada, 2007, I Sección).

Este llamado a la unidad y solidaridad latinoamericanas era un respiro y un fuerte impulso a los esfuerzos de Mora y Costa Rica a nivel diplomático, sobre todo porque: “James Buchanan –el llamado “ministro filibustero” en 1843 (por su apoyo a causas similares a las de Walker y su falange en otras regiones del continente)– asumiría la presidencia de Estados Unidos a partir del 04 de marzo de 1858.

Mora pensó, con toda razón, que Buchanan favorecería de una manera decidida a William Walker y sus empresas conquistadoras. Lo anterior justifica el cabildeo del peruano Gálvez en Guatemala y el que fuera enviado en una misión especial a don Lorenzo Montúfar a El Salvador. Ya para ese entonces Montúfar era el Ministro de Relaciones Exteriores (nombrado en setiembre de 1856). Por cierto, Montúfar era un reconocido académico. Fue rector de la Universidad de Santo Tomás, uno de los intelectuales más connotados del país en el siglo XIX. Era abogado de profesión, de origen guatemalteco, de ideología liberal, anticlericalista por excelencia y tuvo una aversión particular hacia los jesuitas, a quienes combatió fuertemente” (Villalobos, 2015, p. 14).

Pero ¿cómo estaba la situación a lo interno del país? Costa Rica no había podido superar aún un problema colonial añejo: “los localismos”. Las rivalidades entre algunas ciudades seguían siendo fuertes. El concepto de identidad nacional era incipiente. El recuerdo de la batalla del Ochomogo, ocurrida el 05 de abril de 1823, aún era doloroso para los cartagineses, ya que en este episodio perdieron la capital, que se cambió a San José. La rivalidad entre josefinos y cartagos aún era notoria. Esto hace más loable el logro de Mora de poder convocar y consolidar un vigoroso ejército.

No obstante, el mayor escollo era quizás el desconocimiento de las dimensiones reales del conflicto que se avecinaba. Había una desconfianza natural de los enemigos de Mora, para quienes el tema de la amenaza filibustera era una invención del gobierno para poner impuestos a los cafetaleros y enriquecerse. Esto denota que el manejo interno no fue tarea sencilla para el gobierno. Don Juanito tuvo que apelar a su liderazgo y vigoroso discurso, así como tomar muchas decisiones con firmeza.

Sobre la desconfianza de grupos opositores a Mora, Carmen María Fallas expresa que: “la decisión del presidente de marchar a la guerra no fue compartida por todos los miembros de la elite. Varias personas pensaron que se debía optar por una estrategia defensiva más que ofensiva. Hubo reservas sobre la capacidad del gobierno para financiar el costo que tendría una campaña militar en el exterior y sobre carencia de suficiente personal con experiencia en el arte de la guerra, así como sobre los efectos que podría tener sobre el normal desempeño de las actividades productivas, en especial sobre la cafetalera. El haber encontrado tropas de Walker dentro de territorio costarricense, con las que se enfrentó el ejército expedicionario el 20 de marzo en la hacienda de Santa Rosa, evidenció que el presidente Mora tomó la decisión correcta de no esperar más y marchar para hacer frente a la amenaza filibustera (…). Mora se defendió de las críticas que había recibido por ponerse al frente del ejército sin tener experiencia militar y por errores tácticos en las batallas de Santa Rosa y Rivas señalando que: “si los costarricenses no hubieran dado el ejemplo y nadie hubiera actuado, todos lloraríamos el infausto error de haber yacido en una cobarde o estúpida indolencia” (ANCR. Congreso no. 11861) (Fallas, 2007, I Sección).

Unido a lo anterior, Villalobos (2015) describe el legado sociológico de la Campaña Nacional contra los filibusteros, liderada personalmente por Mora: “se convirtió en el vértice de encuentro que forjaría en definitiva la identidad costarricense. No hay otro hecho –a falta de una guerra de independencia propia, como sí la tuvieron México o Suramérica– que nos identificara como Nación, y delineara con precisión meridiana la Costa Rica libre, democrática y pujante que se requería en el concierto de las naciones. No hay otro hecho que enorgullezca más y haga al costarricense sentirse habitante de esta Nación, con un pasado y un futuro común, como la guerra contra los filibusteros” (op. cit., p. 23).

Costa Rica, considerada la más pobre y aislada de las provincias del antiguo reino de Guatemala, la cual no tuvo ni siquiera representación el 15 de setiembre de 1821, tres décadas después asume el liderazgo regional y derrota, prácticamente solitaria, la amenaza externa más peligrosa que haya enfrentado Centroamérica en su existencia. Diversos autores concluyen que la Campaña Nacional se convirtió en la “guerra de independencia que Costa Rica no tuvo”. Durante la Campaña Nacional se pusieron las bases de la nacionalidad costarricense.

De esta manera se expresaba el presidente Juan Rafael Mora Porras en un informe presentado en agosto de 1856 a la Asamblea Legislativa, sobre su percepción de la lucha que se había emprendido contra el imperialismo de USA representado por Walker y su falange de mercenarios en Nicaragua:

“El Estado costarricense se encontraba en proceso de formación para el momento en debió enfrentar por primera vez por la vía armada una amenaza a su integridad territorial. En los treinta y cinco años que habían transcurrido desde la independencia en 1821, Costa Rica, a diferencia de otros países hispanoamericanos, había emprendido sin muchos tropiezos la tarea de dotar al Estado de sus tres componentes fundamentales: el sistema de dominación, la base económica y la nación” (Oszlack, 1981, p. 19).

  • La Campaña Nacional, además, no solo se circunscribe a dos batallas: Santa Rosa y Rivas. Se requería una estricta táctica militar que necesitó mucha planificación y estudio. Por eso se extiende la Campaña Nacional hasta 1857, con la conquista de la llamada Vía del Tránsito por el río San Juan, que es el momento en que se corta el corredor logístico de suministros de armas y dinero a Walker y su falange.

 

EL OTRO ROSTRO DE LA CAMPAÑA

Se ha realizado hasta aquí un breve esbozo del peso histórico de la Campaña Nacional. Pero hay una secuela aterradora que no se puede esquivar: pierde la vida la décima parte de la población del país. Es difícil creer que haya una familia que no hubiese perdido a un pariente o a una persona cercana. Según las cifras oficiales, hubo al menos cincuenta y tres mil contagiados de cólera y fallecen nueve mil seiscientos quince personas en un lapso de doce semanas. Si se toma en cuenta lo limitado de los registros oficiales de la época, se estima que la cifra de muertos fue mucho mayor. No existe ninguna duda de que esta es la mayor calamidad demográfica sufrida por Costa Rica en su historia (moderna, claro está).

Este triste hecho contribuyó a que, de una u otra manera, la Campaña Nacional forjara el temple de la Costa Rica de mediados del siglo antepasado. La enorme mortandad con la peste del cólera explica también el que no se conmemorara efusivamente la victoria ante el enemigo en los años posteriores. El ejército costarricense, si bien resultó victorioso, regresó en desbandada y abatido por la peste del cholera morbus. El origen de la enfermedad se atribuye al propio Walker, por ordenar tirar los cadáveres a los pozos de agua, algo que desencadenó la epidemia.

El enorme duelo que había en el país opacó celebraciones oficiales de gran envergadura. Tampoco hubo desfiles para exacerbar el orgullo nacional ni las tropas fueron recibidas en el camino victorioso a casa por los pueblos, como habría sido lo normal. Más bien, la noticia de que la enfermedad mortal venía con ellos causó un perfil muy bajo en las tropas. Los muertos eran enterrados a lo largo del camino, con el mínimo protocolo religioso para estos casos.

En tales circunstancias ¿alguien sería capaz de celebrar? Por esta razón, la Campaña Nacional se convirtió en una especie de leyenda urbana: por un lado el orgullo de haber vencido a Walker y su ejército, pero, a la vez, un enorme duelo por los miles de muertos que tocaron a la puerta de los hogares costarricenses en la segunda mitad del siglo XIX. Estos sentimientos permearían las generaciones de costarricenses en las décadas subsiguientes.

No se puede decir que no hubo celebraciones de ningún tipo porque sí las hubo, dada la magnitud de la gesta, pero fueron discretas. Fueron actos más emotivos y espontáneos que actos con un interés publicitario gubernamental, para mejorar la imagen de Mora. Fueron actos pequeños y sencillos. Una crónica deja ver la humilde bienvenida que se tributó a las tropas costarricenses a su arribo a la capital en el año 1857 (a un año de las batallas de Santa Rosa y Rivas). Este grupo de costarricenses regresaba luego de la rendición de Walker, el 01 de mayo de ese año, con lo que se sellaba el fin de la Campaña Nacional y la victoria absoluta de Costa Rica: “al momento de la entrada a la capital del ejército en mayo de 1857 después de vencer a los filibusteros, las crónicas (…) mencionaban la presencia de una multitud de personas a lo largo de los principales caminos que aclamaba y vitoreaba a los líderes y soldados a su paso. (…) Antes de que volvieran a sus casas, después de meses de enfrentar las penalidades del combate, se le entregó a cada uno de los soldados “un vestido completo, una cuarta [de licor] y un rollo de tabaco” (Zeledón, 2006, p. 311).

Se emprendieron algunos esfuerzos políticos posteriores por compensar a excombatientes y líderes de la guerra, por medio de gratificaciones económicas. No obstante, hubo denuncias de la oposición a Mora; ellos señalaban un interés ilegítimo por beneficiarlo a él y algunos de sus allegados. Este es un extracto de una denuncia en el Congreso: “en octubre de 1857, el diputado Juan Bautista Bonilla presentó un proyecto de ley para que la nación los recompensara por sus servicios en la Campaña Nacional (…) proponía que se decretaran ascensos militares con opción a puestos públicos a jefes y oficiales que se hubiesen distinguido en la guerra, y que se distribuyeran sumas de dinero entre ellos (…), el proyecto contemplaba, asimismo, que en la hacienda Santa Rosa se mandara a levantar a costa de la nación un monumento que “eternizaría la memoria de aquella acción y de las víctimas inmoladas allí”. El proyecto con algunas modificaciones se convirtió en decreto el 26 de octubre de 1857, y el presidente le dio el ejecútese al día siguiente. En virtud de ese decreto, se le concedió a Juan Rafael Mora el título de Capitán General y a José Joaquín= Mora el de Teniente General. Al presidente se le otorgaron 20.000 pesos, y a José María Cañas 15.000 pesos, por las pérdidas que sufrieron en sus intereses por ocuparse de la guerra. Esas sumas se les pagarían de inmediato y con prioridad sobre otros gastos, mientras que la entrega de un estipendio y de otras ayudas para los soldados y las viudas, huérfanos y otros familiares debería esperar a que las circunstancias del erario lo permitiesen” (ANCR. Congreso no. 5189, citado por Fallas, 2007).

Mora, como cualquier presidente, gozaba de simpatizantes y de enemigos. Se puede decir que eran pocos, pero de mucho peligro. Y como consecuencia de la guerra, sin duda, crecieron. Es natural que una década en el poder cause un desgaste también en la imagen de un líder. Los enemigos de don Juanito, en 1859, logran derrocarlo y exiliarlo, y a su regreso, por intentar recuperar el poder, lo fusilan en 1860. Ya muerto físicamente, sus enemigos debían torcer la historia y buscar su muerte política ocultando los intereses detrás de su muerte y minimizando su obra.

La Campaña Nacional, además, no solo se circunscribe a dos batallas: Santa Rosa y Rivas. Se requería una estricta táctica militar que necesitó mucha planificación y estudio. Por eso se extiende la Campaña Nacional hasta 1857, con la conquista de la llamada Vía del Tránsito por el río San Juan, que es el momento en que se corta el corredor logístico de suministros de armas y dinero a Walker y su falange. Por esta ruta pluvial se movilizaban los viajeros que iban del este al oeste de USA. El barco los transportaba por el río San Juan y el Lago de Nicaragua al puerto lacustre de La Virgen, donde abordaban una diligencia que los llevaba a San Juan del Sur, lugar donde continuaban su camino a California.

La Campaña Nacional finaliza con la rendición de Walker, ocurrida el 01 de mayo de 1857, en la plaza de Rivas de Nicaragua, mediante una capitulación al capitán estadounidense Charles H. Davis:  “bajo cuya protección el Estado Mayor de los mercenarios, sospechosamente armados aún con pistolas y espadas, fue trasladado a Panamá. Lo anterior, por si las dudas, en una clara demostración del apoyo estadounidense a Walker y sus secuaces. Muchos dudan del verdadero carácter de esta rendición. El apoyo de Estados Unidos a los filibusteros alentó incursiones posteriores: una a fines de 1857 y la otra en 1860. La aventura de Walker terminó el 12 de septiembre de 1860 cuando fue fusilado en el puerto hondureño de Trujillo. Irónicamente, don Juanito correría una suerte similar dieciocho días después, sin saber que aquel hombre a quien enfrentó con todas sus fuerzas había muerto en Honduras pocos días antes. Su cita con el destino estaba cercana también” (Villalobos, 2015, p. 15).

MORA, EL EJÉRCITO Y LA MUJER

A Mora se le reconoce que fue proactivo en el tema de modernizar el ejército ante la amenaza que se avecinaba. Para este propósito logró un crédito del gobierno peruano que, aparentemente, nunca se canceló. Además, gravó a los cafetaleros, lo cual fue una medida antipopular entre la burguesía. Algunos investigadores ubican esta como una fuerte causa del posterior derrocamiento, exilio y magnicidio de Mora, entre 1859 y 1860.

En 1854, en la memoria a la Asamblea Legislativa, Manuel José Carazo, Secretario de Hacienda y Guerra de Mora, comunicó que:

““circunstancias recientes” habían motivado al gobierno a tomar la decisión de aumentar de 6.500 a 9.000 el número de plazas del ejército. Para ese fin las provincias de Alajuela y Heredia deberían aportar 1000 hombres cada una, y el resto se reclutaría en Guanacaste. El ministro Carazo señalaba que el gobierno había aprovechado la paz de la que dichosamente disfrutaba el país para consagrar constante atención al Departamento de Guerra adoptando la sabia y bien conocida máxima “si vis pacem, para bellum”; “si quieres paz, prepara la guerra” (ANCR. Congreso no. 7483).

Costa Rica, antes de esta coyuntura, no tenía un ejército profesional ni permanente, sino que solo se convocaba en caso necesario. En este sentido, cada provincia aportaba una cantidad de hombres al batallón y eran en su mayoría campesinos carentes de formación castrense. Sin embargo, en tiempos de Mora el ejército como institución fue profesionalizado y robustecido. Dada esta política proactiva de Mora, Costa Rica llegó a tener el mejor ejército de la región para 1855. Agregaba el señor José Manuel Carazo que Costa Rica era el único país de todos los hispanoamericanos que había logrado organizar su ejército sometiéndolo a sistemas marciales, pero: “sin debilitar el espíritu de civismo del cual estaba poseído hasta el último soldado, el cual también estaba listo para defender sus más sacrosantos derechos, entre ellos el primero: la integridad de la república” (ANCR. Congreso No. 7483).

La participación femenina en la guerra ha sido un mito, no carente de comentarios patriarcales que otorgan un carácter peyorativo a las mujeres que ayudaron en el conflicto. Esta participación fue pequeña, pero la hubo. En partes de guerra se logra identificar a varias heroínas que acompañaron al ejército en funciones de enfermeras y cocineras básicamente. Algunas de las que se mencionan son las siguientes: Bernabela Chavarría, Mercedes Mayorga, María de Jesús Luna, Rita Gutiérrez, Bernarda Durán y Francisca Carrasco Jiménez.

Hay indicios de que sean muchas mujeres más, solo que sus nombres no están registrados. Al menos ocho de ellas eran cocineras. No hay duda de que la más reconocida, y hoy declarada con enorme justicia “Heroína Nacional” y “Defensora de las Libertades Patrias”, es doña Francisca Carrasco, conocida como “Pancha” Carrasco. En el año 2016 se conmemoró el bicentenario del natalicio de esta valiente mujer que enviudó tres veces. Se le reconoce que, en un momento crucial de una batalla, empuñó el fusil y fue clave para recuperar un cañón que les habían sustraído los filibusteros a los costarricenses en Rivas. Colaboró, además, en tareas secretariales, por cuanto sabía leer y escribir, una competencia muy poco usual en la época y máxime en una mujer, que tenían menos oportunidades. Hay una anécdota poco conocida según la cual ella resguardó al propio don Juanito en un momento de apremio. Este hecho personifica el reconocimiento por sobre otras mujeres que también sirvieron en el conflicto. No es por ninguna otra razón. Doña Pancha es un símbolo de la reivindicación de la mujer en la historia costarricense. Hoy, grupos políticos enarbolan banderías con doña Pancha y don Juanito de luchas e ideologías que ninguno de los dos conoció ni defendió jamás, y que surgieron muy posteriores a sus muertes. Actualmente, es un tema de debate.

MORA Y SU SENSIBLE DISCURSO CENTROAMERICANO

El tema de la unión centroamericana era sensible para Mora, antes y durante el conflicto. Costa Rica había luchado por salirse de la Federación Centroamericana. No deben olvidarse los esfuerzos de don Braulio Carrillo Colina en este sentido. Mora y don Braulio eran viejos amigos de vecindario, por lo que Mora conocía el tema de primera mano. Luego, cuando el Dr. José María Castro Madriz toma la decisión clave de fundar la República el 31 de agosto de 1848, y se rompe para siempre la posibilidad de integrarse en un solo foro político con el istmo, don Juanito era su vicepresidente.

No obstante, los intentos a mitad del siglo XIX por resucitar la idea de una Centroamérica unificada aún sobrevolaban en ciertos grupos políticos conservadores. Mora conocía esto muy bien, por lo que debía ser más que cuidadoso en su discurso. Por un lado requería el apoyo y auxilio del istmo. Esto lo maneja muy bien en su segunda proclama. Sin embargo, tampoco podía implicar al país en otra aventura “unionista”. Todo ello obligó a Mora a recurrir a un hábil discurso y manejo diplomático para pasar de “puntillas” este delicado tema. No es lo mismo “unión centroamericana” que “unificación política centroamericana”.

LOS ENEMIGOS DE MORA Y SU SALIDA DEL PODER

Después de una década en el poder, don Juanito acumuló muchos enemigos. Su liderazgo era personalista y autoritario. No dudó en mandar al exilio a varios enemigos. Se le imputaba duplicar varias veces su salario, además de tomar ventajas para él o sus amigos en varios negocios personales. A veces, don Juanito parecía no deslindar los negocios públicos de los negocios personales. El tema de los impuestos a los cafetaleros para financiar la guerra e intentar reformar el crédito y la banca fueron causas de muchas intrigas: “[a] este último motivo numerosos autores lo sitúan como la posible “gota que derramó el vaso” entre sus enemigos – pero a la vez correligionarios cafetaleros–, sobre todo cuando se vieron fuertemente amenazados por la participación en el mercado crediticio del argentino-español Crisanto Medina, amigo cercano a Mora y sus aliados” (Villalobos, 2015, p. 24).

Jorge Francisco Sáenz Carbonel, citado por Villalobos (2015), añade con total claridad y profundidad que: “entre los muchos factores que contribuyeron al derrocamiento del Presidente Don Juan Rafael Mora Porras, ocurrido el 14 de agosto de 1859, estuvo un célebre y tormentoso litigio entre el rico comerciante argentino Don Crisanto Medina, que tenía fuertes nexos con el régimen morista, y la casa comercial josefina Tinoco & Cía., cuyos propietarios eran el acaudalado inmigrante nicaragüense Don Saturnino Tinoco y López del Cantarero y su joven cuñado Don Francisco María Iglesias Llorente. En 1858, debido a que los socios de Tinoco & Cía. se encontraban en el exilio por motivos políticos, estaba encargado del manejo de la empresa otro hermano político de Don Saturnino, Don Demetrio Iglesias Llorente. Sin tener capacidad legal para ello, Don Demetrio extendió a nombre de Tinoco & Cía. una fianza por 50,000 pesos –suma de dimensiones galácticas en aquellos tiempos– en favor de la compañía de John Carmichael, una empresa financiera de Liverpool que tenía negocios con Don Crisanto Medina. Lamentablemente, la casa Carmichael quebró, y Medina interpuso juicio ejecutivo contra Tinoco & Cía. para cobrarse la suma que le adeudaba la empresa fallida. El abogado de Tinoco & Cía., Don Julián Volio Llorente, hizo ver que Don Demetrio Iglesias (quien era primo hermano suyo) carecía de facultades para otorgar fianzas en nombre de su representada. Sin embargo, el Juez de Comercio de San José, Don Manuel Argüello Mora –sobrino del Presidente Don Juan Rafael Mora– dictó sentencia en favor de Medina y condenó a Tinoco & Cía. a pagarle la cantidad exigida. El pago se haría en órdenes y certificados, dado que era materialmente imposible  disponer de una suma tan enorme en dinero efectivo. Medina recibió de la casa Tinoco & Cía. alrededor de 10,000 pesos en órdenes y los restantes 40,000 en certificados de empréstito. Era de suponer que el señor Medina tendría que esperar a que fuesen venciendo estos documentos de crédito para cobrar su dinero (…) para sorpresa de todo el mundo, el 4 de agosto de 1859 el Ministro de Hacienda Don José María Cañas Escamilla, cuñado de Don Juan Rafael Mora, comunicó al Administrador Principal de Rentas que por instrucciones del Presidente, y de conformidad con un convenio celebrado por Medina, el Estado le recibiría a éste las órdenes y certificados de empréstito como dinero efectivo, por su valor nominal. A cambio, se le extendería a Don Crisanto un nuevo documento en el que constase que el Estado le adeudaba los 50,000 pesos y le reconocería intereses del 1% mensual. Aquello era un negocio redondo para Medina, quien ciertamente no podía quejarse de que a las autoridades costarricenses les faltase obsequiosidad para con los amigos (p. 33).

No hay duda de que eran tiempos de enormes dificultades. Las consecuencias económicas y sociales de la guerra eran colosales, sobre todo para una economía muy pequeña y donde el café representaba más del 90% de la economía nacional. La burguesía cafetalera criticaba casi cualquier decisión de don Juanito a prima facie. Se puede afirmar que la oposición a Mora vivía una especie de “intolerancia política recalcitrante”. El tema del proyecto conocido popularmente como “Banco Medina” será más leña al fuego para exacerbar la oposición a don Juanito. No se podría saber si la última gota, pero sí un hecho bastante importante en esa aglomeración de molestias que culminan con el golpe de Estado. Bernardo Villalobos Vega relata cómo esta coyuntura alborotó aún más a la enconada oposición: “Con motivo de este convenio, la oposición sindicó a Mora de regalar una suma de dinero a don Crisanto Medina en tiempo en que el Tesoro Público, enteramente agotado, no podía cumplir siquiera con sus compromisos más sagrados, más apremiantes, y que esa donación la amparó bajo una capa de legalidad” (Villalobos, 1981, p. 63).

En tan sólo diez días posteriores a este hecho, la oposición depone al presidente Mora, alterando el orden constitucional de la joven república. El nuevo gobierno de facto, encabezado por José María Montealegre Fernández y Vicente Aguilar Cubero como Secretario de Hacienda, dejaría sin efecto de inmediato el decreto a favor de Crisanto Medina. Atrevidamente, se podría agregar otro motivo de resentimiento hacia Mora, hasta ahora no explorado: había numerosos hogares con madres, esposas e hijos de los fallecidos, que aún sufrían esa ausencia de su ser querido. Al final, Mora era el encargado de ordenar a los hombres de cierto rango de edad de alistarse al ejército. La consecuencia indirecta de la peste del cholera morbus (cólera) se le podría achacar a él también, por la misma guerra. O sea, ahí pudo haber encontrado la oposición un importante caldo de cultivo contra don Juanito.

Podría darse la situación de que Mora alcanzase un enorme prestigio como estratega militar y político, reconocido a nivel continental, pero poco valorado internamente por el costarricense común, por el labriego sencillo, que componía la mayor capa social del país. Otra probable causa del golpe de Estado es la expulsión del obispo Anselmo Llorente y La Fuente, en 1858, posterior a una fuerte polémica entre la Iglesia y el Estado. La Costa Rica de entonces era muy católica. Esta podría ser una causa un tanto marginal, pero sí capaz de haber sumado algunos adeptos dentro de la oposición a don Juanito.

El golpe de Estado contra Mora ocurre el 14 de agosto de 1859, orquestado por sus enemigos políticos con la complicidad natural del ejército, acostumbrado a la práctica del “cuartelazo”. El golpe es realizado sigilosamente en la víspera del día, mediante una trampa en la propia casa del presidente. Llegaron a levantarle porque había una emergencia. Una  vez dentro de su casa, es tomado prisionero y exiliado del país con su familia. A esa casa no regresaría jamás él, ni su viuda Inés Aguilar Cueto, ni sus hijos. Se empieza a escribir, con sangre y odio, una de las páginas más negras en la historia costarricense. Don Juanito es exiliado a El Salvador, cinco días después, acompañado de varios de sus hombres más leales y su familia.

Una vez en esta nación centroamericana, fue recibido con los más altos honores por parte del presidente salvadoreño, al igual que el laureado General don José María Cañas Escamilla, quien era salvadoreño, por cierto. De inmediato Cañas es nombrado General del Ejército de El Salvador, como parte del reconocimiento a Mora y a Cañas en el istmo. Don Rafael Obregón Loría revela sobre este hecho que: “El 19 de agosto los condenados al exilio fueron embarcados en el vapor “Guatemala”, donde el presidente derrocado, don Juanito Mora, dirigió una protesta a los ministros y cónsules acreditados cerca de los gobiernos de Centroamérica: “el pueblo de Costa Rica no ha tomado ninguna parte en este atentado; que lejos de eso voló a mi defensa después de que salió de su primera sorpresa.

Fue debido, en primer lugar, a las órdenes dictadas por mí, prohibiendo ensangrentar el país con una lucha fratricida; y en segundo lugar, al rumor esparcido en la República, de que me asesinarían los facciosos en el momento en que el pueblo hiciese alguna tentativa para liberarme, teniendo también en consideración que nada podrá legitimar esta sublevación puramente militar y este procedimiento ilegal basado en la traición de algunos soldados sin honor” (Obregón, 1981, p. 122).

Visto lo anterior, no es conveniente señalar una única causa para el derrocamiento, sino más bien una suma de variadas motivaciones.

  • El gobierno, con base en informes certeros, conocía la fecha del regreso de Mora. Lo esperaban en el sector de la Angostura. Cortaron todas las vías de acceso desde el Valle Central. Una vez en ese sector controló el único bastión en pie de lucha de don Juanito: los puntarenenses.

EL RETORNO A COSTA RICA Y EL MAGNICIDIO DE ESTADO EN PUNTARENAS

Posterior a su derrocamiento, Mora y su familia se establecen en El Salvador. Se dedicó a algo que sabía hacer muy bien: cultivar café y tabaco. Incluso, historiadores de ese país lo ubican como uno de los más conspicuos impulsores de la caficultura en El Salvador, sitial que comparte también en Costa Rica. Estos meses fueron buenos, y sus dotes de excelente comerciante se conservaban intactas. El éxito le empieza a sonreír y hasta visita Europa y USA en este lapso. No obstante, la correspondencia que llegaba de amigos y partidarios de Costa Rica no cesaba. Le informaban de persecución y ultrajes constantes del nuevo gobierno a sus seguidores. Esto molestaba enormemente a Mora, un hombre muy patriarcal en su liderazgo. Eran normales las peticiones a don Juanito de que regresara a retomar el poder usurpado. Mora estaba reacio a regresar a Costa Rica, pero finalmente la presión de amigos lo hace tomar la funesta decisión.

Tristemente en 1860, a su regreso a Costa Rica, fue emboscado y acabaría ejecutado en Puntarenas el 30 de setiembre, en un magnicidio repugnante, un crimen de Estado, que enluta la historia del país; orquestado por sus más enconados rivales. Muchos de ellos parientes políticos y exsocios.

Hay muchos hechos lamentables en este crimen, tales como la traición a Mora de muchos de sus partidarios a cambio de protección del nuevo gobierno. Además, la promesa de perdonarle la vida a su amigo de siempre, cuñado y su General en la Campaña Nacional, don José María Cañas Escamilla, a cambio de entregarse. Promesa que no se cumple, ya que Cañas es acribillado infamemente tres días después de don Juanito. La anécdota de la aparente clemencia que no llegó a tiempo tampoco pareciera ser verdadera. Si fuera cierta, Cañas no habría sido ajusticiado el 02 de octubre como ya se reseñó.

En relación con el nefasto desenlace que tuvo el infeliz regreso de don Juanito a su país en setiembre de 1860, Tomás Arias Castro, citado por Villalobos (2015), lo describe así: “Mora Porras decidió regresar a Costa Rica en septiembre de 1860 para recuperar el mando con un pequeño grupo, incluidos su hermano, su sobrino y su cuñado. Debido a una traición, fueron emboscados en La Angostura de Puntarenas por tropas del gobierno. Mora se resguardó en la casa del cónsul inglés, Richard Farrer. Hasta allí fue el emisario oficial, Francisco Iglesias Llorente, a ofrecer a Mora Porras que si se presentaba voluntariamente sería ejecutado tres horas después, pero sus acompañantes se salvarían. Creyendo en esa oferta, Mora se entregó a sus enemigos. De inmediato, los cinco integrantes de un consejo de guerra ad hoc lo condenaron a morir fusilado en el sitio de Los Jobos a las 3 p.m. del domingo 30 de septiembre de 1860. La misma pena sufrió Cañas a las 9 a.m. del 2 de octubre en “certero y absoluto” incumplimiento del compromiso contraído con Mora Porras” (p. 26).

El gobierno, con base en informes certeros, conocía la fecha del regreso de Mora. Lo esperaban en el sector de la Angostura. Cortaron todas las vías de acceso desde el Valle Central. Una vez en ese sector controló el único bastión en pie de lucha de don Juanito: los puntarenenses. Estaban en absoluta desventaja. ¿Cómo se enfrentaba un grupo de valientes, pero desarmados pescadores, contra un ejército armado? Ese mismo ejército que Mora y Cañas habían formado y reforzado años antes. El intento por retomar el poder fue disuelto con facilidad.

Ese feroz combate en el sector de La Angostura el 28 de setiembre de 1860 es descrito por Carlos Jinesta: “El 28 de setiembre del mismo año, el general Máximo Blanco y el oficial Rafael Gómez, en asalto decisivo, derrotaron a los insurgentes en la trinchera de la Angostura, quienes perdieron sus posiciones y se vieron obligados a la pronta retirada. Don Juan Rafael Mora

Porras logró asilarse en el Consulado de Inglaterra, Mr. Richard Farrer era un buen amigo suyo, que incluso le propuso sacarlo del país. Sin embargo, el ministro Francisco María Iglesias le envió a don Juanito una nota que decía: “Don Juan, con dolor cumplo un deber terrible; acabo de demorar la ejecución de dos personas. La vida de usted salva de la muerte a muchos de los suyos. Si usted se presenta o es descubierto, será ejecutado tres horas después, los demás se salvarán y tendrán gracia” (Jinesta, 1929, p. 20).

¿Por qué ejecutar a Mora sin piedad y de la forma más expedita posible? Existen numerosas cartas entre Mora y sus seguidores en ese período que documentan las amenazas de muerte a sus enemigos, a quienes don Juanito les juraba muerte, una vez retomado el poder. Estas cartas se filtraban al gobierno así como se filtró el proyecto de Mora y su regreso a finales de setiembre de 1860, movimiento que el gobierno desarticuló en los días previos. Encarceló a muchos de sus seguidores y cortó la ruta hacia Puntarenas. El ejército prácticamente los esperaba en total desventaja para Mora.

Los opositores interpretaron esto como algo de vida o muerte. O la vida de Mora o la de ellos, y no se corrieron el riesgo de dejarlo vivo. A pesar de las seguridades a Mora de que dejarían a Cañas con vida, tres días después correría la misma suerte. El reconocido historiador Iván Molina, citando a Carlos Meléndez, describe claramente este dilema que enfrentaron los enemigos políticos de don Juanito: “¿Qué habría pasado si Juan Rafael Mora hubiese logrado recobrar el poder tras desembarcar en Puntarenas el 15 de septiembre de 1860? En 1968, el historiador Carlos Meléndez respondió parcialmente a esta pregunta con la cita de una carta que Mora dirigió al chileno Ignacio Arancibia desde San Salvador el 23 de mayo de 1860. La misiva se publicó en la Gaceta Oficial del 14 de diciembre de 1860. En dicha carta, Mora afirmó que quienes lo traicionaron y usurparon el poder debían ser castigados “con el último suplicio”. Además, en cuanto a la recuperación de su haber personal, manifestó la intención de cobrar “hasta el último sentavo (sic)”, y señaló que los gastos de la guerra serían financiados con los bienes de sus enemigos... En una proclama de enero de 1860, recopilada por el historiador Rafael Obregón Loría, Mora fue incluso más explícito. Llamó a las armas a los costarricenses “porque ha llegado el día de la expiación para los malvados que se sublevaron el 14 de agosto [de 1859] y para los que se obstinen en ayudarles de hoy en adelante [‘]. Habrá perdón general para todos, menos para los traidores Salazar, Rodríguez, Pacheco y Zarret [‘]. Serán castigados aquéllos que continúen prestando sus servicios a los facciosos de hoy en adelante; ellos responderán con la vida e intereses [‘]. Escuchad mi voz de clemencia si no queréis que más tarde caiga sobre vuestras cabezas la espada de la justicia” (Molina, 2010, p. 41). La situación era clara para sus opositores; Mora cometió un error táctico esencial: demostró sus planes y su fecha de regreso.

  • Santamaría representa al soldado desconocido, al héroe popular, el campesino armado que dejó la paz de su tierra para ir a luchar incluso a tierras ajenas.

¿PUEDEN CONVIVIR DOS HÉROES EN EL IMAGINARIO COLECTIVO?

No sería prudente terminar sin mencionar a Juan Santamaría en este artículo, a quien, con idénticos méritos, se erige como héroe. En una reciente publicación de quien suscribe el presente trabajo, se aborda este tema con mayor amplitud. He aquí un pequeño extracto:

“Santamaría representa al soldado desconocido, al héroe popular, el campesino armado que dejó la paz de su tierra para ir a luchar incluso a tierras ajenas, ofrendar su vida en la línea de fuego, o bien morir de una diarrea interminable junto con una calentura sofocante a causa del cólera.

La acción, visión y ejecución de Juan Rafael Mora Porras son concretas; es un hecho harto comprobado. No alzó la antorcha ni empuñó el fusil liberador en la línea de fuego de Rivas aquella infausta madrugada del 11 de abril de 1856, pero organizó un pueblo, y salvó así a toda Centroamérica. La reivindicación de Juanito Mora no supone en ninguna medida menoscabo al valor de Juan Santamaría. En un pueblo maduro como el nuestro es posible la convivencia de ambos héroes, en el imaginario colectivo costarricense” (Villalobos, 2015, p. 28).

CONCLUSIONES

Hay abundantes episodios que demuestran el liderazgo y legado de don Juanito, a quien el pueblo costarricense llama así cariñosamente. Por cierto, es el único presidente en casi dos siglos de historia independiente (1821) con que se utiliza un sufijo afectuoso para recordar su nombre. La estatura moral y continental de don Juanito se retrata en el siguiente episodio casi desconocido (o acaso ocultado) por la historiografía oficial:

“A mediados de setiembre (1860, a dos semanas de su asesinato) Mora Porras visitó los Estados Unidos de América y fue invitado por el presidente norteamericano, Mr. James Buchanan (1857- 1861), a visitar la Casa Blanca, donde fue recibido con los honores correspondientes a su condición de Presidente de Costa Rica, y le propuso llevarlo a ser el Presidente de la República Unida de Centroamérica, brindándole la ayuda económica y militar, a garantía de que el presunto Canal de Nicaragua fuera obra reservada a su nación. Esta propuesta pudo halagar su orgullo y amor propio, al poner los medios abundantes e inmediatos para la reintegración de su autoridad; sin embargo, don Juanito Mora la rechazó al manifestar: “Señor Buchanan, agradezco de corazón la oferta que usted me hace, pero mi nombre está ligado en la historia como defensor de Centroamérica y no podría ser el invasor de esas patrias que defendí” (Soto, 1952, p. 11).

Si quedaban dudas entre alguna parte del gremio de historiadores costarricenses sobre las oscuras intenciones de USA en el conflicto, con esta anécdota deberían quedar zanjadas. Queda cubierto el tema de la integridad moral de Mora y su interés por la defensa del país y la región, así como las ambiguas intenciones del gobierno estadounidense en Centroamérica y su participación indirecta en el conflicto. Parece ser que para el gobierno de USA no implicarse directamente en algunos conflictos y chocar con Inglaterra al violar acuerdos de tratado Clayton-Bulwer, suscrito el 19 de abril de 1850, era imperativo. En este sentido la maniobra era sencilla: autorizar “desde las sombras” expediciones  usurpadoras como la de William Walker. Mientras el Congreso estadounidense desautorizaba hipócritamente estas empresas filibusteras, la diplomacia y el aparato económico y logístico se ponían a disposición de estos personajes, que eran instrumentos muy útiles de la ideología del Destino Manifiesto.

El liderazgo y visión de Mora en este conflicto lo convirtieron en una figura admirada en toda América Latina. Estos acontecimientos eran noticia en todo el hemisferio. Mora era un personaje conocido y también reconocido, que no es lo mismo. No solo era figura noticiosa en el continente y USA sino, además, en Europa, ya que ahí también era seguido el conflicto, con especial interés por los ingleses. La prensa local, nicaragüense, latinoamericana, norteamericana e inglesa daban especial cobertura a los acontecimientos. Cada una con enfoques distintos y muy interesantes. Lo vivido con la invasión a México era un antecedente suficiente para presagiar que el siguiente botín de USA sería el istmo centroamericano. Mora y Costa Rica dijeron: NO.

El presidente de Colombia escribe, en abril de 1856, sobre estos acontecimientos y resalta la importancia histórica de la Campaña Nacional en la América entera: “En un pequeño recinto de Centroamérica están ocurriendo en este momento hechos grandes y gloriosos que merecen la admiración de naciones poderosas. El pueblo de Costa Rica, modesto, laborioso, honrado e inofensivo con los que no le hacen mal, se levanta de repente como un coloso, vence y aterra a las orgullosas legiones de hombres feroces que la amenazan y da la mano al pueblo vecino para que recobre su libertad.

¡Ojalá que este ejemplo de sublime patriotismo sea apreciado y proclamado como merece en toda la América española! ¡Ojalá que los gobernantes imiten en iguales circunstancias al virtuoso Presidente de Costa Rica, temible como Washington en la guerra, magnánimo como Washington en la paz!” (Archivo Nacional de Costa Rica, serie 5189). Esta era la opinión del mandatario de Colombia sobre la valentía de Mora y los costarricenses, que lucharon contra un enemigo muy poderoso, con ocasión de las noticias del desenlace positivo de las batallas de Santa Rosa (20 marzo) y Rivas (11 abril) en 1856.

Mora fue una figura con un fuerte carácter. Personalista, se podría decir. Inteligente, arriesgado y terco como todos los grandes líderes. Sus errores no pueden nublar su enorme legado y su rol trascendental en la Campaña Nacional, en el trance más difícil que la pequeña Costa Rica ha enfrentado en su historia. Asumió su papel, lo entendió así y lo enfrentó con gran éxito. Muchas consecuencias de la guerra le trajeron muchos enemigos también. A las personas se les juzga por la suma de sus acciones, y no hay duda de que el peso histórico de Mora y la Campaña Nacional para Costa Rica no tienen parangón.

Referencias bibliográficas

Asamblea Legislativa, Costa Rica (2010). Expediente No. 17.815

Aguilar Piedra, R. (2005). “La guerra centroamericana contra los filibusteros en 1856-1857: una aproximación a las fuentes bibliográficas y documentales”. En Revista de Historia No. 51- 52, enero-diciembre 2005, p. 463-528./465. Universidad Nacional, Costa Rica.

I Proclama de don Juan Rafael Mora Porras al país, 20 noviembre de 1855. Archivo Nacional de Costa Rica. Dominio público.

II Proclama de don Juan Rafael Mora Porras al país, 01 marzo de 1856. Archivo Nacional de Costa Rica. Domino público.

Archivo Nacional (1861). Exposición histórica de la revolución del 15 de setiembre de 1860 acompañada de algunas reflexiones sobre la situación antes y después del 14 de agosto de 1859. San José: Imprenta del Gobierno. Series 5189,7483 y 11861.

Comisión de Investigación Histórica de la Campaña 1856-1857 (1956). Crónicas y comentarios. San José: Imprenta Universal.

De la Cruz de Lemos, V. (1988). Historia general de Costa Rica. Volumen III. Euroamericana Ediciones: C.R., p. 251.

Archivo Nacional de Costa Rica (ANCR). Cartas: Lino Pombo, fechada 9 julio de 1856, y fechada 8 setiembre 1856. Boletín Oficial, 9 marzo 1856.

Fallas Santana, C. (2007). “La Campaña Nacional 1856-1857 y la construcción del Estado Nación”. En Revista Estudios No. 20 / anual / 2007 / ISBN 1659-3316. I Sección, Conmemoración del Sesquicentenario de la Campaña Nacional 1856-1857. Universidad de Costa Rica.

Jinesta, C. (1929). Juan Rafael Mora. Imprenta y Librería Alsina, San José, Costa Rica.

May, Robert (2002). Manifest Destiny’s Underworld. Filibustering in Antebellum America. Chapel Hill and London: The University

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