Colegio de Licenciados y Profesores en

Letras, Filosofía, Ciencias y Artes Costa Rica

Mármol para difuntos.

Contacte al Autor: Marcia Apuy Medrano

1. De mármol para el buen morir

A juzgar por los diversos anuncios insertos en los periódicos de fines del siglo XIX y no replicados por la competencia, corresponde a Enrique Roig el singular honor de haber fundado el primer depósito de ataúdes creado en la capital costarricense en 1866, “á dos cuadras del Mercado, calle de la Sabana” (El Heraldo de Costa Rica, 18/12/1897, 3). Esta empresa, que para la década de 1890 se encontraba en pleno ejercicio de sus actividades, constituía uno de los múltiples establecimientos dedicados al negocio funerario en el país. Si bien es cierto para ese entonces los ataúdes se construían de diversos materiales como el roble, nogal, granito o “fierro” (La Prensa Libre, 08/10/1899, 4), la moda que se imponía entre agentes, constructores y dueños de depósitos era la construcción en mármol de catafalcos y accesorios relacionados con el rito mortuorio.

La prensa es abundante en anuncios de talleres y agencias que promueven la venta de féretros de mármol para el buen morir. Parece claro que el crecimiento de este tipo de negocios guarda estrecha relación con el apogeo que la economía del país estaba experimentando en materia cafetalera (León, 2003).El ascenso social de un conjunto de familias con intereses en la economía agropecuaria les otorgó un mayor poder adquisitivo, que se reflejó no sólo en el renglón de las importaciones de artículos de lujo, la mayor parte de ellos procedentes del continente europeo, sino también en el interés mostrado hacia solemnidades que los distinguieran en el momento que debían enfrentar el paso hacia la muerte.

Morir con distinción suele ser una preocupación de personas procedentes de familias adineradas (Moya, 1991 y Velázquez, 1996). Para satisfacer ese tipo de inquietudes el medio local ofrecía una importante variedad de servicios, cuyo costo final dependía de los accesorios que los mismos incluyeran. Sin embargo, el elemento en común que guardan los protocolos funerarios que traen consigo mayor ostentación social se relaciona de forma directa con el uso del mármol. Agencias, artistas y vendedores entrarán en disputas de distinto orden en procura de captar un mercado creciente de almas que estaban cerca de tomar el camino hacia “el más allá”.

Los avisos presentes en la prensa escrita sobre servicios funerarios revelan un interés creciente sobre esta temática. De entre quienes se publicitan en los periódicos y tienen por trabajo el diseño de mausoleos, lápidas, cruces y otros accesorios para llevar a cabo ceremonias luctuosas, sobresale un individuo, de origen europeo conocido como A.B. Roca. Autodenominado como “El Artista”, Roca aparece regularmente en los periódicos dando a conocer la disponibilidad de “gran existencia de lápidas labradas de todas dimensiones, y mármoles en bruto de todas clases” (La Gaceta, 06/02/1885, 4). Ubicado en Calle Uruca, suele ofrecer servicios como la construcción de bóvedas y monumentos, suministro de planos y presupuestos e instalación de losas en sepulcros de cementerios localizados tanto en la capital como en provincias, instalaciones que según el anunciante corren por su cuenta y riesgo.

Otros individuos también daban a conocer los beneficios de su negocio al prometer la venta de “Lápidas de mármol muy lindas con sus inscripciones á precios baratísimos” (La República, 18/10/1887, 3). Quizá por este tipo de anuncios el mismo Roca, que también se identificaba con el nombre “Taller de marmolista”, no dudaba en garantizar su trabajo como “artísticamente ejecutado, nada trabajado por aficionados, como es consiguiente” (La República, 06/09/1887, 4). Lo anterior parece mostrar disputas naturales entre proveedores de féretros y accesorios de mármol que buscaban posicionarse en un mercado de servicios asociados con la muerte. Abrahán Márquez & Co., por ejemplo, anunciaba su negocio como el Gran Depósito de Ataúdes, destacando el uso de tapas de cristal en los mismos.

La prensa brinda noticias de comerciantes extranjeros que para la misma época incursionaban en el prometedor negocio. Sobre esto un diario local indicaba: “En el Depósito de Mármoles de don Francisco Durini hay gran variedad de lápidas” (La República, 26/10/1887, 4). Otros empresarios decían contar con “un extenso y variado surtido de Cajas Mortuorias desde el precio más ínfimo hasta la clase más elevada” (El Heraldo de Costa Rica, 24/12/1897, 1). Roca, por su parte y sin hacer referencia a otros escultores en particular, no dudaba en lanzar críticas señalando que en su caso los clientes podían tener la seguridad que las lápidas, lozas o panteones no serían recibidos rotos o en mal estado, como solía ocurrir con otros fabricantes de mármol (La Gaceta. Diario Oficial, 16/05/1885, 4). Planteamientos de esta naturaleza dejan ver ciertos entretelones del negocio funerario desplegado en la capital josefina de fines de siglo XIX.

Ligadas al oficio de la fabricación de losas y catafalcos se encontraban las agencias que se establecían con el propósito de brindar los servicios solemnes que acompañaban el rito mortuorio. En este renglón surgen en las páginas de la prensa escrita nombres de diversas personas y empresas. Individuos como Emilio Alpízar, Miguel A. Tapia, Francisco Vargas, Elías Loaiza, Ricardo Salazar Guardia, Jacinto Carbonell, Jenaro Castro Méndez y Alfredo Miller aparecen de forma regular en anuncios de agencias de funerales, comisiones, matrimonios y entierros, pugnando por el creciente y lucrativo negocio asociado con el tema de las honras fúnebres. Arquitectos, constructores y vendedores en general desarrollan, de forma paralela a sus negocios e intereses directos, labores como intermediarios y proveedores de servicios vinculados con la muerte. En este particular, es común encontrar anuncios donde constructores de viviendas, fabricantes de ladrillos y comerciantes de abarrotes también ofrecen servicios de naturaleza mortuoria.

Francisco Vargas, por ejemplo, en uno de sus avisos suscritos señalaba que “cuenta con un Directorio completo de esta ciudad, cartulinas de luto de toda clase, ataúdes que por su sencillez ó por su lujo y buena construcción, pueden satisfacer á todos los gustos y fortunas, con catafalcos de tres categorías, lujoso carro fúnebre, &, &. Se encarga de todo dándole oportuno aviso” (La Prensa Libre, 02/02/1892, 4). Vargas –que también incluía dentro del mencionado aviso la tramitación de asuntos legales para verificar matrimonios y el diseño de invitaciones para esos fines– no escatimaba palabras para atraer clientes que requiriesen de su experiencia en ceremonias fúnebres. Resulta interesante apreciar que para entonces la entrega de recordatorios impresos era de uso común, aun cuando por medio de las fuentes no se ha podido verificar si los mismos portaban una fotografía del difunto. Esto último eventualmente pudo haberse presentado en algunos casos, si se considera que para fines del siglo XIX amplios anuncios en los periódicos promovían servicios fotográficos en la capital costarricense.

Otro aviso indicaba que se tenía “a disposición de las familias dolientes, un lindo y variado surtido de mármoles y lápidas sepulcrales de cuantas clases, gustos y dimensiones quieran” (La República, 14/06/1887,4). El anuncio también resaltaba la importancia que tenía la preservación de los imperecederos recuerdos en mármol blanco y la novedad, como rasgo de distinción, de disponer de nuevos diseños alegóricos para mausoleos y losas fúnebres. Los precios, no anotados, pero según el anunciante “sin competencia”, constituían el enganche final en procura de asegurar clientela para su negocio. Destaca el interés del comerciante por hacer ver su capacidad de construir grandes mausoleos, de acuerdo con las exigencias de los dolientes, diseñarlo en mármol blanco a la moda de entonces y con emblemas acordes con la trascendencia del difunto. Algunos individuos asociados con este tipo de intereses contrataban anuncios de prensa más sencillos, donde se promueven como encargados de “servicios funerarios”, dueños de “depósitos de ataúdes” o comerciantes de lápidas, cruces y mausoleos de mármol.

Finalmente, la experiencia de enfrentar la muerte implicaba para algunos dolientes el alquiler de carruajes contratados de forma exclusiva para el cortejo fúnebre. El uso de carrozas y diligencias se encuentra documentado desde mediados del siglo XIX, época en la que se ofrecían servicios entre San José y Cartago con costos que oscilaban entre los 10 y 12 reales por asiento (Fumero, 2004, 128-132). Entonces, la capital daba sus primeros pasos hacia el establecimiento de actividades de carácter urbano, y las caballerizas localizadas en el corazón de la nación constituían parte del panorama esencial del transporte citadino. Para la década de 1890 la compañía Harrison & Quirós se encargaba de ofrecer “á sus amigos y clientes el mejor servicio de coches en San José. CARRUAJES DE GUSTO. Para uso de familias, se alquilan por horas ó por días. VOLANTAS CON UNO Ó DOS CABALLOS y especialmente contamos con el mejor COCHE FÚNEBRE” (La República, 20/09/1892, 4). Como se puede apreciar, la oferta de carruajes para actividades de entretenimiento se combinaba con el arriendo de coches que engalanaban las honras fúnebres de aquellos dolientes que tenían a bien contratar sus servicios. Sin duda alguna, morir con prestigio implicaba tanto la adquisición de féretros de mármol blanco o negro, el pago de tarjetas de recuerdo del difunto, así como el alquiler de carruajes para transportar el cuerpo.

Un anuncio en la prensa josefina muestra la importancia que los comerciantes daban al traslado del cortejo: “Pongo desde hoy al servicio del público un espléndido carro fúnebre que acabo de recibir de los Estados Unidos. Preciosos arreos. Hermosos troncos de pura sangre” (El Heraldo, 26/06/1891, 3). El aviso resalta el origen del carruaje adquirido. Procediendo de una potencia en ascenso a nivel mundial como lo era para entonces Estados Unidos, parecía ser un asunto que garantizaba la calidad del artículo, así como el servicio derivado de él. De igual forma, se destaca el atributo que poseen los caballos y los accesorios usados para engalanarlos, todo lo cual contribuía a otorgarle mayor pomposidad al acto ceremonial.

A pesar de que avisos asociados con la venta de lápidas de mármol, mausoleos, cruces y otros accesorios, así como el arriendo de carruajes fúnebres, se encuentran en las páginas de diversos periódicos capitalinos en el transcurso del año, es en la época cercana al “Día de Difuntos” (esto es, 1o. de noviembre) que los mismos aparecen con mayor regularidad. Este fenómeno que aparece y se disemina a partir del surgimiento de los primeros diarios costarricenses en 1885, irá adquiriendo regularidad en la prensa escrita durante la década posterior, previamente al arribo del nuevo siglo.

2. Día de Difuntos

Los meses de setiembre y octubre del período en estudio ofrecen múltiples evidencias de avisos donde sobresalen los llamados de fabricantes y comerciantes de obras mortuorias para llevar a cabo la contratación e instalación de losas, sepulcros y honras fúnebres afines. Para algunos, como A. B. Roca, la demanda por sus obras era de tal magnitud que se tomaban la libertad de notificar que solo tomarían solicitudes de trabajos con poco más de un mes de anticipación. Un anuncio de 1887 así lo deja ver: “Siendo muchos los encargos de lápidas sepulcrales que he recibido, y muy corto el tiempo para el día de los difuntos; ruego encarecidamente á los señores dolientes de aquí y provincias que deseen perpetuar una memoria, tengan la bondad de encargarlas antes del 30 del presente mes, á fin de complacerles y tener las lápidas concluidas para el citado día” (La República, 14/09/1887, 4).

Otros comerciantes promovían con menor cautela y con escasas dos semanas de anticipación del Día de Muertos la venta e instalación de losas. Tal es el caso de Jenaro Castro Méndez, el cual afirmaba en la prensa local lo siguiente: “Acabo de recibir una gran variedad de lápidas lisas y con molduras de alto y bajo relieve. Mausoleos, planchas, cruces. etc, etc, etc, que vendo con y sin inscripción. Todo trabajo será entregado á satisfacción y colocado en el lugar que se me indique” (La República, 12/10/1890, 3). Como se puede apreciar, los constantes anuncios de prensa parecen indicar que nos encontramos ante una actividad comercial de signos prometedores, en la cual comerciantes y dolientes se involucran de forma progresiva conforme avanza inexorable el siglo liberal.

La creciente demanda de losas por parte de los ciudadanos llevó a algunos fabricantes, incluso, a ofrecer promociones del remanente de materiales que quedaban en su taller: “Lápidas, Lápidas, Lápidas. A cualquier precio. 8 me quedan solamente y muy lindas y por ser las últimas las doy con sus inscripciones más baratas muchísimo más, que nadie en el país sea quien sea. Aprovechen antes que se acaben” (La República, 12/10/1890, 3). Otro anuncio en este mismo medio impreso, de 18 de octubre de 1887, mostraba también la urgencia del vendedor por deshacerse de sus losas en el taller: “A ÚLTIMA HORA. Lápidas de mármol muy lindas con sus inscripciones a precios baratísimos. Quedan muy pocas”.

No es posible determinar el volumen total de ventas de lápidas de un vendedor como el que se anuncia en la cita anterior; sin embargo, los datos finales que proporciona, a poco más de 15 días de celebrarse el Día de Muertos, son muestra del éxito obtenido en esta materia. Un caso interesante ligado con este particular lo ofrece Alfredo Miller & Co., quien anunciaba: “Ataúdes barnizados y sin barnizar siempre listos para la venta. –Surtido completo de adornos para ataúdes. En el término de tres horas se arreglarán cruces para tumbas con la inscripción que se desee” (La Prensa Libre, 08/10/1899, 4).

El honrar difuntos con piezas de mármol experimenta un tipo de despegue que es posible identificar no solo resultado de la multiplicación de avisos asociados con esta temática que aparecen en la prensa, sino también por la variedad de comerciantes y fabricantes que se dedican, hacia fines del siglo XIX, a la elaboración y distribución de mausoleos, cruces y losas en la capital costarricense.

Un interesante aviso de prensa suscrito por José Campabadal en octubre de 1887 muestra el alcance que el negocio funerario estaba alcanzando: “PANTEÓN. Se vende hermoso mausoleo que consta de diecinueve nichos, y que pertenece á los herederos del finado don José Quirce. El que quiera hacer propuesta puede dirigirse al infrascrito apoderado general, quien está dispuesto á venderlo en las mejores condiciones” (La República, 14/10/1887, 3). Si bien es cierto, el anuncio no permite establecer si el mausoleo era de mármol, es claro que por la cantidad de nichos que poseía debió ser de importancia en dimensiones y características. El aviso de prensa, elaborado con dos semanas de anticipación al Día de Difuntos, muestra al menos dos aspectos relevantes.

En primer lugar, evidencia la creciente importancia que cuestiones asociadas con la muerte estaban teniendo entre comerciantes y dolientes en el ocaso del siglo. Ligado a lo anterior, deja ver la participación que ciudadanos de todo tipo estaban teniendo, en distintos grados, en un lucrativo mercado que llevaba a cabo transacciones comerciales asociadas con el recuerdo de personas fallecidas. Campabadal era un músico de cierta notoriedad en el medio local, que pocos años atrás, en 1883, había elaborado la música del Himno Patriótico al 15 de Setiembre, cuya letra correspondía a otro notable extranjero afincado en el país: el señor Valeriano Fernández Ferraz. Resulta interesante cómo la fuente periodística ofrece evidencias de músicos suscribiendo anuncios de prensa donde se venden nichos, situación reveladora de una nueva y cambiante realidad en la nación.

A escasos 3 días de la conmemoración de los difuntos los anuncios asociados con esta celebración no dejan de aparecer en la prensa: “PARA EL DÍA DE FINADOS. Coronas fúnebres, á precios baratísimos. LÁPIDAS, MAUSOLEOS etc. Echeverría y Castro” (La República, 29/10/1887, 4). La persistencia de este tipo de avisos en el transcurso de la década de 1890 parece manifestar la consolidación de negocios de esta naturaleza en el medio local. Tal situación guarda estrecha relación, no solo con el ascenso de un grupo social asociado con una dinámica actividad agroexportadora experimentada en el país, sino también con un acentuado interés de este mismo sector social por reproducir patrones de consumo europeos y norteamericanos. Este fenómeno, bastante claro en el renglón de las importaciones costarricenses y centroamericanas de fines del siglo XIX, también se va a manifestar en lo relativo al mundo de las honras fúnebres, como se puede apreciar a continuación.

3. Europeizando el gusto

Dentro de las ideas que con alguna regularidad se promueven en los anuncios de mercancías asociadas con las honras fúnebres, destacan aquellas que buscan introducir en el ámbito local conceptos como el buen gusto, la clase y el estilo predominantes en Europa y los Estados Unidos. Lo extranjero se toma como modelo o patrón por seguir, de tal forma que los productos importados traen consigo un sello de distinción y calidad en detrimento de lo elaborado en la nación. Este interés de comerciantes y diseñadores por promocionar artículos diseñados en mármol–y hacerlos ver como símbolo de progreso– tiene asidero en la demanda creciente que el sector agroexportador costarricense muestra en productos originados en naciones que se encuentran en la vanguardia del desarrollo económico mundial para entonces. Un anuncio de 1890 parece ser un buen ejemplo de lo antes dicho: “GRAN DEPÓSITO DE ATAÚDES de Abrahán Márquez & Co. Además del gran surtido que siempre hay en este acreditado Establecimiento, se acaban de recibir últimamente los mejores modelos de Ataúdes de fierro con tapas de cristal con sus correspondientes agarraderas de metal, forrados en rosa a la última moda de París y Estados Unidos, y además un magnífico grande catafalco, como también mesas y candelabros para el servicio de casas particulares” (La República, 01/10/1890, 4). Sobresale en este aviso un llamado a estar a la “última moda” en ritos funerarios, a la vez que se muestran de forma explícita los adelantos experimentados en el extranjero en asuntos de construcción de catafalcos y afines.

Otro anuncio, esta vez firmado por el Taller del Marmolista, ofrece información reveladora sobre la importación de modelos europeos en el arte del diseño de losas y criptas funerarias: “PARA EL DÍA DE DIFUNTOS. REALIZACIÓN COMPLETA. á precios sin competencia. Es más eterna y más barata, una linda osa de mármol blanco ó negro con su enlace precioso, y sencilla dedicatoria, más fúnebre propio y severo para cubrir los sepulcros, que esas ridículas inscripciones pintadas tan comunes (y hoy rechazadas gracias al adelanto y progreso del país) que existen en el cementerio, y algunas tan afuera de la Academia Española, y que los dolientes gastan dinero restaurando cada año, aprovechen hoy la oportunidad, que con poco costo y de una sola vez obtendrán una lápida para nicho ó bóveda bien acabada con su correspondiente epitafio grabado, plomo órelieve. Acudan que se van acabando” (Diario de Costa Rica, 08/09/1898, 4). Llama la atención la forma en que el escultor en cuestión no escatima elogios  al arte desarrollado en mármol, al seguir los patrones de adelanto que establecen las naciones de mayor desarrollo, marcando distancias, a su vez, con el trabajo más artesanal, y por ende menos digno de enaltecimiento, que llevan a cabo otros individuos en el país.

El gusto por lo europeo o por lo foráneo en general se ve reflejado en múltiples facetas del quehacer y de la vida de ciertos sectores sociales asociados al poder. Se manifiesta en el consumo de alimentos en conserva, bebidas embriagantes o ropa y accesorios personales, pero simultáneamente tiene eco también en los hábitos que se desarrollan de forma progresiva cuando es preciso enfrentar el dilema de la muerte (Quesada, 2002, 195-231). La difusión de avisos promoviendo la venta de cajas o féretros lujosos, con la introducción de los últimos estilos en boga en Nueva York y París, resultan típicos de un tipo de sociedad que promueve constantemente valores culturales de matices foráneos.

La aceptación de estas ideas y la adquisición de los productos que las mismas generan muestran ciertos rasgos de un sector social con poder adquisitivo, que pretende reproducir en el medio criollo hábitos de consumo importados. El elemento determinante que distingue a estos individuos del resto de la sociedad constituye, en efecto, la posibilidad de pagar el costo que representa el ceremonial asociado con las honras fúnebres que se ejecutan como parte del protocolo social. La contratación de cierto tipo de cortejo, que incluía necesariamente la presencia de finos carruajes, lápidas y cruces de mármol, coronas florales, tarjetas de recordación y mausoleos, entre otros, representaba importantes erogaciones que convertían el fallecimiento de algunos individuos en todo un evento social. La prensa escrita de la época suministra información que permite una aproximación al tema de los costos que algunos de los rubros citados representaba para los dolientes de fines del siglo XIX.

4. el precio del protocolo

Los anuncios sobre ventas de servicios funerarios o de productos relacionados con ellos suelen omitir datos precisos sobre el costo de los mismos. Es más frecuente encontrar información concerniente a las características del servicio que se presta, a los materiales con que se diseñan los artículos para las honras fúnebres o bien, sobre las calidades y garantías de los trabajos por contratar. Sin embargo, a pesar de lo anterior, los avisos también proporcionan datos interesantes, aunque un tanto aislados, de cuestiones asociadas con los montos que se pagaban por algunas mercancías y servicios de carácter mortuorio.

En el caso de los ataúdes los costos estaban sujetos a 3 criterios básicos: al tipo de material con que se construyeran (granito, madera, hierro o mármol), a su origen (nacionales o extranjeros), o bien, a su tamaño (para adultos o para niños). Un aviso de prensa suscrito por Enrique Roig parece ejemplificar bien lo antes dicho: “se encuentra gran surtido de ataúdes como el que más, los hay extranjeros de roble nogal y de toda clase de maderas del país y á precios más baratos que nadie, desde $2.00 hasta $350.00 de todas formas y figuras de adorno” (El Heraldo de Costa Rica, 18/12/1897, 3). Roig, que para entonces contaba con más de 3 décadas de antigüedad en el negocio funerario, decía disponer de todo tipo de ataúdes para satisfacer las necesidades más rigurosas hasta las más sencillas. Los precios indicados en su anuncio parecen evidenciar lo expresado. Es de suponer que los féretros de menor costo eran aquellos construidos en el país con maderas locales, y los de mayor precio serían los elaborados con finas maderas extranjeras, abonando a ellos los servicios complementarios de las honras fúnebres. Los distintos anuncios financiados por Roig enseñan que este empresario no se dedicaba a trabajar el mármol. También se le observa vendiendo tijeretas, camas matrimoniales y sencillas, así como mesas de 15 pesos cada una.

Lorenzo Durini, por su parte, autodenominado arquitecto, constructor y negociante en mármoles, suscribía amplios avisos para hacer saber que él se encargaba de elaborar presupuestos, trazar planos y construir casas de habitación; además de fabricar ladrillos de cemento a 4 pesos la vara cuadrada y 1 peso adicional por su instalación y diseñar mausoleos, estatuas, lavatorios y pilas para jardines de mármol, material procedente de las canteras de Carrara, Italia. Tales canteras son famosas por proveer el mármol más blanco del mundo, utilizado en la época de Julio César para construcciones públicas y casas de patricios, así como por el notable escultor Miguel Ángel en la mayor parte de sus obras. Durini, pujante comerciante italiano instalado en San José, ofrecía “Lápidas para nichos desde diez hasta doscientos pesos” (El Heraldo de Costa Rica, 29/12/1897, 4). Sus anuncios no facilitan información adicional sobre costos de sus obras, pero parece claro, al menos en este caso, que Durini no brindaba servicios fúnebres adicionales a la venta e instalación de losas.

Otro comerciante funerario, Abrahán Marqués, ofrecía cajas mortuorias “desde el precio más ínfimo hasta la clase más elevada” (El Heraldo de Costa Rica, 24/12/1897, 1). Sin embargo, el mayor atractivo que daba a sus clientes era un tipo de paquete promocional: “el que compre el ataúd y servicio de Catafalco se le facilitará gratis el uso de un elegante coche fúnebre. La casa también se hará cargo de la distribución de cartulinas y todo lo concerniente al ramo” (El Heraldo de Costa Rica, 24/12/1897, 1). El negocio, emplazado en las cercanías del telégrafo en pleno corazón capitalino, procuraba de este modo pugnar en un competitivo mercado de bienes y servicios mortuorios que tendía a crecer en la medida que el nuevo siglo se aproximaba.

Hacia 1899, ataúdes barnizados y sin barnizar se ofrecían al público desde 15.50 hasta los 98 pesos. Dentro de los anuncios localizados en los periódicos josefinos estos precios se ubican entre los más accesibles para los dolientes. En el mismo aviso se puede apreciar la venta de “Ataúdes para niños desde $4.50 hasta 20.00” (La Prensa Libre, 08/10/1899, 1). La variante de ofrecer ataúdes para infantes no se encuentra con facilidad entre los anuncios suscritos en los diarios de la época, pero constituye un indicio del costo aproximado que se solía pagar en estos casos.

Sin embargo, uno de los rubros que solía incrementar el costo total del rito funerario era el arriendo adicional de los coches para el traslado de los cuerpos. Los datos que en este caso proporciona la prensa escrita tampoco son abundantes. En 1892 R. Guardia y Cía. brindaba el uso de un coche fúnebre en condición de gran rebaja. Los costos finales de contratación estaban sujetos a la cantidad de caballos por utilizar. Para un entierro efectuado en la capital, el alquiler de un coche con un “tronco de caballos”, es decir, una pareja de equinos, tenía un costo de 30 pesos. Si el funeral era más fastuoso y utilizaba dos troncos de caballos, el precio se incrementaba hasta 50 pesos (La República,30/09/1992, 3). Tal monto es significativo si se considera que este era tan solo uno de los rubros que se cubrían en funerales de cierta ostentación. De acuerdo con la agencia que suscribía el anuncio, los importes que debían cancelarse si los entierros se ejecutaban en las provincias serían equitativos, pero el medio de prensa no hace mención de montos en particular.

Un aviso rubricado por Jacinto Roig en 1894 daba a conocer al público la reciente construcción de un carro fúnebre que brindaría servicios tanto en la capital, como en las provincias cercanas y pueblos vecinos. De acuerdo con Roig, un viaje al panteón josefino tenía un costo de 15 pesos, un desplazamiento a los cementerios de Cartago o de Alajuela se realizaría por 75 pesos y un traslado de difunto en carruaje a Heredia, Santo Domingo o Tres Ríos se verificaría por 40 pesos (El Diarito, 26/0471894, 3). El negocio, instalado en las inmediaciones del que llegaría a ser el Teatro Nacional, representa un tipo de especialización dentro de la oferta de servicios funerarios dirigida a los dolientes con cierto poder adquisitivo. No parece aportar datos concluyentes en relación a la forma general en que funcionaba el negocio funerario en el país, pero sí proporciona insumos que permiten acercarse a la problemática en particular.

A la larga, los precios que se cobraban por servicios relacionados con el uso de carruajes para trasladar los cuerpos de difuntos hacia los cementerios, así como la venta de lápidas de mármol, féretros de madera, cruces, mausoleos, tarjetas y la propagación de avisos asociados con los ritos funerarios, son elementos primordiales que permiten comprender parte de las importantes transformaciones que se estaban experimentando en la Costa Rica de fines del siglo XIX.

Conclusión

El surgimiento y diseminación de numerosos anuncios en periódicos elaborados en la capital josefina a partir de 1885 y hasta fines del siglo XIX, sobre asuntos como la celebración del Día de Muertos, la venta de losas y accesorios en honor a los difuntos, así como el establecimiento de agencias de funerales y de alquiler de carruajes fúnebres, son cuestiones que representan toda una novedad en la Costa Rica de entonces. El inusitado crecimiento que experimenta la prensa en ese lapso, resultado del ascenso del fenómeno del “diarismo” en el país, constituye un elemento clave en la difusión de información concerniente a la venta de servicios funerarios.

El aparente éxito que este tipo de servicios tuvo en ciertos sectores de la sociedad costarricense se explica por el crecimiento material que en ese momento estaba experimentando el país, resultado de una inserción formal de nuestra economía en el mercado mundial, gracias al vertiginoso aumento en las exportaciones de café. Los ingresos frescos producidos por un dinámico sector agroexportador produjeron un efecto directo en las prácticas y hábitos de consumo del sector social asociado a sus intereses. Los últimos tres lustros del siglo XIX traen consigo importantes cambios para el país desde el punto de vista infraestructural.

Sin embargo, aparejadas a ellos, también se pueden identificar transformaciones en el gusto y consumo de los sectores con mayor poder adquisitivo. Parte de esa metamorfosis se aprecia en el furor que despierta el uso del mármol entre comerciantes y dolientes de difuntos. La expansión del negocio funerario muestra otra faceta del desarrollo del capitalismo dependiente como es el interés de reproducir localmente patrones foráneos de consumo, en este particular, asociados con la muerte.

Fumero Vargas, Patricia (2004). “La ciudad en la aldea. Actividades y diversiones urbanas en San José a mediados del siglo XIX”. En: Iván Molina y Steven Palmer (Editores). Héroes al gusto y libros de moda. Sociedad y cambio cultural en Costa Rica (1750-1900). San José: Editorial de la Universidad Estatal a Distancia. La primera edición es de 1992.

Moya Gutiérrez, Arnaldo (1991). “El rito mortuorio en el Cartago dieciochezco”. Revista de Historia, No. 24. San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica – Editorial de la Universidad Nacional, Julio-Diciembre.

Quesada Monge, Rodrigo (2002). “América Central y Gran Bretaña: la composición del comercio exterior (18511915)”. Recuerdos del Imperio. Heredia, Editorial de la Universidad Nacional.

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Fuentes primarias

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El Heraldo de Costa Rica
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La Gaceta. Diario Oficial
(06/02/1885, 16/05/1885, 06/12/1885).

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La República (14/06/1887, 06/09/1887, 14/09/1887, 14/10/1887, 18/10/1887, 26/10/1887, 29/10/1887, 01/10/1890, 12/10/1890, 20/09/1892, 30/09/1892).

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