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Letras, Filosofía, Ciencias y Artes Costa Rica

Las competencias docentes para una pedagogía lúdica

Contacte al Autor: M.Sc. Carolina España Chavarría

Introducción
Tradicionalmente los procesos de enseñanza-aprendizaje se han caracterizado por su orientación cognitivo-disciplinar, así como por su débil presencia en la formación para la socialización. El desarrollo educativo con componente social es hoy una necesidad, especialmente en un mundo que clama por ciudadanos con múltiples capacidades, entre ellas, el ser conciliadores, proactivos, solidarios, resolutivos e innovadores.

El ejercicio de la práctica educativa mediante el uso de la lúdica como estrategia metodológica para la promoción de aprendizajes significativos podría garantizar calidad e impacto en la formación para la vida profesional y personal del estudiantado.

Lo anterior invita a poner en evidencia el enfoque por competencias, como la orientación didáctica para la promoción de aprendizajes relevantes por parte del colectivo docente, responsable directo de generar modelos de enseñanza basados en procesos que garanticen calidad.

La necesidad de la lúdica en el proceso de formación
La concepción de una práctica docente lúdica en los contextos de aprendizaje es entendida como una proyección del desarrollo humano enriquecido por aprendizajes orientados bajo la metodología apoyada en el juego lúdico, siendo el juego parte de la lúdica, aunque no agota dicho concepto. El juego lúdico debe dar pie a la gesta de “ecologías cognitivas, de ambientes que propicien experiencias de conocimiento” (Assmann, 2002, 23).

Los ambientes cognitivos apuntados por el autor servirían de abono para el desarrollo de competencias tanto docentes como discentes, para los cuales es necesario, vale aclarar, que el juego motive al participante a “reconocer cuál es la acción necesaria para resolver una situación problemática y así poder ejecutarla” (Zabalza, 2007, 11), ya que si esto no es lo que el juego promueve, entonces no habría lúdica en dicho juego. Sería un jugar por la pura ejecución de una tarea, sea manual o intelectual, y no se estaría respondiendo a los fines de significancia que los aprendizajes en la formación actual suponen tener.

El juego lúdico es concebido como una actividad pedagógica que contagia a los artífices del proceso educativo de felicidad y significancia, pero sin castrarles su creatividad y necesidad de construir conocimiento. La formación en cuestión supone el abordaje de situaciones o problemas ligados a la vida, con el objeto de promover el desarrollo de capacidades vinculadas con el aprender a vivir en comunidad. La atmósfera pedagógica que caracteriza una práctica como la propuesta se identifica por emanar aires de libertad, creatividad y racionalidad sin dejar de lado la formación integral del colectivo estudiantil, puesto que atiende a la transformación de las áreas cognitiva, física y socioafectiva.

La puesta en marcha de una metodología lúdica requiere del desarrollo de competencias docentes, las cuales en el año 2005 fueron descritas por Gardner como la capacidad de dicho profesional para que desde su práctica conozca y comprenda los problemas, retos y cambios que le aquejan al individuo y su entorno, la priorización y síntesis que haga de estos, y las vías creativas y respetuosas que escoge tomar para asumir con efectividad los desafíos impuestos por la labor docente.

La inclusión del juego lúdico en el proceso de aprendizaje hace posible que se internalicen y transfieran conocimientos para que estos se tornen en significativos; así como tambié se le preste atención al desarrollo socioafectivo de quienes participan y gestan el juego mismo.

Competencias para una práctica docente lúdica
Son muchas las condiciones que hoy se requieren del docente para el ejercicio de su función. El fin primordial de dichas exigencias radica en la búsqueda del desarrollo de una práctica pedagógica encauzada al desarrollo de competencias, como las herramientas necesarias para que sea capaz de construir conocimiento con autonomía y responsabilidad, permitiéndole tomar decisiones ante los problemas que se suscitan a lo largo de su vida personal y profesional.

La posible falta de correspondencia y significancia entre la teoría y la práctica podría estarle enseñando al individuo a abstraerse de su deseo por aprender, cuestionar, analizar y contrastar realidades, haciéndole hincapié en que deberá ser sumiso y alimentar una actitud acrítica para ser aceptado en los diversos escenarios de la sociedad.

La necesaria comprensión de la relación que subyace entre lo social y lo educativo, mediante el desarrollo de acciones formativas conducidas por estrategias metodológicas con proyección humana, enriquecidas por el placer de conocer y aprender, responsables de facilitar una promoción de aprendizajes liberadores, guiados por la emoción, la incertidumbre y el reto cognitivo, ponen en evidencia la necesidad de hacer de la lúdica una de las estrategias metodológicas que harán posible la promoción de aprendizajes de características funcionales, permanentes y contextualizadas para proyectarse con mayor propiedad en la vida.

Por tanto, se considera que las competencias requeridas para una práctica docente lúdica son diversas y complejas de enunciar en su totalidad, puesto que derivan de un proceso de autoexploración de la práctica valorado como individual. Además, los requerimientos son también provocados por las necesidades del grupo meta y las dinámicas desarrolladas en el entorno educativo.

A pesar de la anterior, a continuación se detallan algunas de las competencias que se supone deberá desarrollar el profesorado para la implementación de una metodología de orientación lúdica:

• Laproactividad,capacidadprovocadoradeformasestratégicasdepensarydeactuar.Esta
competencia permite hacer un uso racional y asertivo del componente motivacional, como garantía para el desarrollo de una conducta inteligente y fundamentada por un sistema de valores autónomos. Asimismo, conduce al desarrollo de habilidades innovadoras para el desafío y prevención de problemas, facilita la acomodación y movilidad del conocimiento para desenvolverse en los diferentes escenarios sociales requeridos y propicia actitudes retadoras ante nuevas formas de entender y conocer las realidades que le rodean.

• Laplurifuncionalidad,competenciaquefacultaalsujetoatrascenderensuparticipación, permitiéndole asumir diferentes responsabilidades entre la dinámica propuesta; es decir, prepara para poder asumir distintos papeles en cualquier escenario que enfrente. Además, incentiva la flexibilidad, estimula un mayor poder de decisión, provoca la creatividad para la acción, motiva el liderazgo y la autonomía producto del desarrollo de la capacidad para gerenciar su papel interventor.

• Laasertividad,concebidacomoparteesencialdelashabilidadessocialesquedesarrolla el juego lúdico, permite modelar las competencias actitudinales y de pensamiento que se anidan en lo más profundo del ser humano. El desarrollo del componente humano se alimenta de la asertividad con que se accione, permitiendo que los valores y principios se constituyan en abono para su cultivo.

• Laactitudcreativa,queconsisteenlacapacidaddeexplotaralmáximotodaslascapacidades sensoriales, cognitivas y sociales adquiridas a lo largo de la vida y hacerlas funcionar para redescubrir nuevas formas de tratar los asuntos que emergen del entorno. Los niveles de entrega experimentados por individuos garantes de una actitud creativa suponen ser significativos, esto por cuanto el sujeto se caracteriza por desarrollar habilidades relacionadas al análisis, la contemplación, la asociación e interrelación de saberes para develar los enigmas que la vida le antepone y poderlos desafiar con mayor propiedad y eficacia.

• El trabajo en equipo, que promueve el involucramiento de un colectivo de manera coordinada para la ejecución de un proyecto. Por tanto, es fundamental el desarrollo de competencias que viabilicen su alcance; entre ellas, la capacidad de tolerancia y receptividad para poder lograr la complementariedad de los miembros del equipo, desarrollo de liderazgo y autonomía para asumir asertivamente las responsabilidades que se le asignan, competencias lingüísticas que garanticen una comunicación efectiva entre los integrantes del grupo y altas dosis de confianza para poder delegar funciones y asumir otras, anteponiendo el éxito del equipo al propio triunfo personal.

• La resolución de conflictos, que implica el desarrollo de capacidades para emprender acciones en donde el sujeto interviene de forma cooperativa para solventar un problema. También, contribuye al rompimiento de hábitos y estigmas tradicionalmente promovidos a lo largo de la vida del ser humano, en donde lo que prima es la lucha de poder a cualquier costo, y lo transforma en una situación, ya no de ataque transversal y defensivo, sino más bien una en donde lo que importa es explorar las necesidades que provocaron el problema y buscar las soluciones para solventarlo, de forma conciliatoria, pero a la vez realista, para que todos los implicados se sientan responsables de las decisiones tomadas.

Es posible pensar que cada una de las anteriores competencias no solo está dirigida a promover aprendizajes significativos, sino a modelar la personalidad tanto del profesorado como del educando, y son, a su vez, responsables de humanizar y encantar el arte de aprender aprendiendo, de educar educándose, de conocer conociendo y de hacer haciendo.

Las competencias anteriormente señaladas solo podrán gestarse mediante un proceso educativo práctico, significativo y agradable, lejos, según Assmann en su escrito del 2002, del mal llamado “proceso mecánico o instructivo de la enseñanza”. Es decir, el docente que decide nutrir su práctica pedagógica con la lúdica, deberá tener la competencia necesaria para crear la atmósfera de aprendizaje adecuada, manejar con maestría e intencionalidad los signos externos e internos que se adueñan de la atención del estudiantado, conducir al entendimiento la información que se derive del juego lúdico e innovar desde el aprendizaje y para él. Además, deberá reflejar la intencionalidad de sus acciones pedagógicas para que sean valoradas como aprendizajes útiles para la vida y relacionar la información con los procesos mentales requeridos para su debido procesamiento y producción.

De la misma forma en que son requeridas las competencias anteriormente mencionadas, el docente deberá desarrollar la competencia específica para relacionarse con el alumnado. Esta competencia determinará en gran medida la efectividad y eficacia de la lúdica en su práctica formadora. Lo anterior por cuanto, es posible pensar que una mala comunicación entre alumnado y docente, obstaculizaría el desarrollo de aprendizajes para la vida, vedaría la posibilidad al ambiente educativo de convertirse en el almácigo para el cultivo del aprendizaje autónomo, libre y democrático, opacando así la invitación lúdica a aprender a ser, aprender a conocer y aprender a hacer con felicidad.

Otra de las características con las que debe contar el grupo docente promotor de una práctica transformadora es la coherencia con la que se refiere en su práctica, para así evitar conductas contradictorias. El colectivo docente carente de coherencia podría decir hoy una cosa y mañana otra, deslegitimando su rol docente y realizando una equivocada práctica educativa la cual podría generar confusión en el alumnado, frente a la autenticidad que ha de prevalecer en el ser humano.

Respecto a lo anterior, y con la intención de minimizar el riesgo de caer en contrariedades cuando se promueven actividades lúdicas, se valora como esencial que el profesorado establezca en conjunto con su alumnado cuales serán las reglas básicas que normarán dicho accionar. Es decir, el acuerdo en colectividad de quienes participan en las dinámicas de clase permitiría que todos los involucrados sean responsables de velar por que el cumplimiento de las mismas sea efectivo y que además no cambie por un simple capricho personal de cualquiera de los participantes, docente o discentes.

Igualmente importante es contar con la competencia docente para manejar las emociones y conductas que emergen en el estudiantado cuando compite jugando, esto por cuanto el valor didáctico de la lúdica apunta a que sin competencia no hay juego. La competencia induce a la dinámica, a la socialización, a la negociación, a la actividad independiente como también a la colectiva; reúne todo el potencial corporal y cognitivo del estudiante. Asimismo, coincidiendo con las palabras escritas en el 2002 por Freire, es importante que el docente dé un buen testimonio al educando respecto al manejo que se ha de tener frente a la competencia; de lo contrario implicaría poner en tela de duda la posición docente frente a la justicia e injusticia, la libertad de expresión y de defensa o duda del educando, derecho a perder o ganar frente al manejo de la autoestima. Es decir, la mala praxis pedagógica, concebida como tal desde los términos antes expuestos, dejaría una nefasta mancha en la ética del docente como profesional y ser humano, mancha que difícilmente pueda ser borrada, ya que marcaría la figura y proyección del docente ante sus educandos y consecuentemente podría contribuir a su deformación.

Asimismo, otro de los grandes retos que enfrenta el docente que incorpora la lúdica en su práctica es el desarrollo de la competencia para la eficaz planificación del tiempo, asunto que juega un papel determinante en la puesta en marcha de iniciativas lúdicas. Se concibe como necesario el desarrollo de capacidades para la organización y el entendimiento con claridad de cada uno de los retos, dudas, celebraciones, entre otros momentos que el tiempo para el aprendizaje mediante metodologías lúdicas requiere. Es decir, la competencia radicaría en tener la habilidad para planificar el tiempo necesario y así estar en disponibilidad absoluta para atender las necesidades del educando cuando las dinámicas promovidas en el aprendizaje lúdico lo inciten y ameriten. Del mismo modo, el cuerpo docente que implemente acciones lúdicas para la promoción de aprendizajes con significancia para la vida individual y en sociedad deberá desarrollar la competencia de análisis que le permita tener en cuenta las condiciones de tiempo, espacio, información, redes de apoyo, sociedad que le rodea y el mercado meta que captaría a los sujetos en formación.

El tener la competencia para planificar, estructurar, ejecutar e implementar una práctica pedagógica lúdica requiere haber “alcanzado la cima de la práctica actual en el ámbito en el que actúa” (Gardner, 2005, 63). Esto implica que el docente debió haber desarrollado para entonces la competencia del empoderamiento del conocimiento de su disciplina y la relación de ésta con otros saberes, entretejiendo información, sintetizando su relación, evidenciado su funcionalidad para la vida y orientando al alumnado a que transforme, reconstruya y forme una amalgama de conocimientos útiles para su ser individual, tanto como colectivo.
También, quien pretenda formar con orientación lúdica deberá desarrollar la competencia para diseñar dispositivos didácticos que contribuyan al desarrollo motor, cognitivo y social del colectivo estudiantil, despertando el trabajo en equipo, promoviendo el interés por aprender de la disciplina meta, incitando a la toma de decisiones, interrelacionando conocimientos y conduciendo a la construcción de juicios, nociones e ideas que permitan fortalecer, comprobar y reinventar conocimiento.

Consecuentemente, es imprescindible que el profesorado diseñador de módulos lúdicos no pierda de vista que los mismos deben tener una orientación didáctica para la promoción de aprendizajes que contribuyan al desarrollo del área social, intelectual y física del individuo, como también, a propiciar la interrelación y consolidación de conocimientos ya adquiridos. El propósito perseguido con la implementación de una metodología lúdica para la construcción del aprendizaje autónomo amerita de la exposición del estudiantado a la toma de decisiones en espacios de tiempo limitado y en condiciones variables, exigiéndole para ello que analice y evalúe diversas posibilidades para cumplir el objetivo de su participación y la de sus colegas.

Conclusiones
Es posible creer que la función educativa y social que los contextos de aprendizaje cumplen para el mejoramiento de la calidad de vida de quienes los conforman requiere de un proceso de formulación y planificación sistemático de las prácticas pedagógicas a promover. De allí que el desarrollo de competencias docentes orientadas a la promoción de una práctica pedagógica lúdica se constituye en una de las armas que permiten dotar al estudiantado de herramientas fundamentales para la toma de decisiones en la vida y la sociedad en general.

El desarrollo de competencias docentes supone centrarse en: a) la búsqueda de nuevas vías que garanticen calidad educativa en los entornos aprendientes; b) la promoción de aprendizajes que respondan al aprender a aprender, aprender a ser, aprender a hacer y aprender a conocer; y c) la trascendencia de una mecánica transmisora del conocimiento por una que potencia la producción y construcción autónoma del saber.

Las prácticas pedagógicas innovadoras permiten dirigir la formación inicial y continua de los educandos, contribuyendo al desarrollo de la ciudadanía, como también a catapultar la función y fines de la educación contemporánea.

Assmann, H. (2002). Placer y ternura en la educación. Hacia una pedagogía aprendiente. España: Narcea.

Freire, P. (2002). Pedagogía de la autonomía. Argenti- na: Siglo XXI.

Gardner, H. (2005). Las cinco mentes del futuro. España: Paidós Ibérica.

Zabalza, M. (2007). Com- petencias docentes del profesorado universitario. España, Madrid: Narcea.

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