Colegio de Licenciados y Profesores en

Letras, Filosofía, Ciencias y Artes Costa Rica

La otra Eva

Contacte al Autor: Lic. Gustavo Adolfo Castillo Durán

La otra Eva

Lic. Gustavo Adolfo Castillo Durán

Profesor de Francés y Teoría del Conocimiento

Programa Bachillerato Internacional, Liceo de Tarrazú

polipoeta@gmail.com

Un gran silencio ocupó cada rincón hueco del Paraíso. Impaciente, la voz que ahí lo había puesto todo se paseaba de un lado para otro, incapaz de salir de su asombro. Delante de la voz, una pareja silenciosa y, al lado de esta, una serpiente enroscada en sus anillos que tampoco nada decía.

– ¿Qué es lo que has hecho? —preguntó irritada la voz a la mujer.

– La serpiente me dijo que comiera y eso hice –contestó ella, en lo que aún sostenía entre los dientes el rabito de la fruta que, sin bajar la frente y con los ojos muy abiertos, escupió sobre el suelo.

–¿Qué es lo que has hecho? –preguntó la voz de nuevo, más irritada que antes, dirigiéndose ahora a la serpiente que para nada se inmutó.

–Soy el más astuto de todos los animales del campo –contestó la criatura desde el suelo. –Antes que ella, probé la fruta y desde entonces supe. Sé que solo anduve sobre mi pecho cada vez que necesité desplazarme y que jamás comí polvo un solo día de mi vida –dijo la serpiente a modo de conclusión, para luego estirarse y acabar de devorar el tallo, húmedo por la saliva de la mujer.

Incapaz de réplica alguna, la voz guardó silencio para ver cómo el rabo de la serpiente se perdía entre los cardos y los espinos que se hallaban a la salida del Paraíso.

– Una última cosa diré –agregó la serpiente justo antes de desaparecer–. No eres la voz de quien nos creó a todos, sino eco de aquella de quienes te pensaron y escribieron sobre ti en tu nombre, a su imagen y semejanza. No eres. Solo existes –puntualizó.

La voz estaba ahora más furiosa que nunca. Aún le quedaba la mujer para descargarse.

–¡Multiplicaré tus dolores de parto! –sentenció la voz, que rechinaba los dientes furiosa de nuevo contra la mujer.

–¡Sea! –respondió esta, desafiante–. Apenas probé bocado y todo esto lo sabía. Tuviste que tomar polvo de la tierra para formar al hombre e insuflar tu aliento por su nariz para que viviera, porque dar a luz ni siquiera tú lo aguantarías.

–Desobediente: tu voluntad quedará atada siempre a la de tu marido –gritó la voz.

–Es lo que parece –dijo la mujer sin inmutarse–. No obstante, te recuerdo que fui yo quien mordió primero y luego él me obedeció. Gracias a mí, él tuvo conocimiento... –concluyó, no sin antes dejar claro que compartía las últimas palabras de la serpiente–. No eres la voz de quien nos creó a todos, sino eco de aquella de quienes te pensaron y escribieron sobre ti en tu nombre a su imagen y semejanza –repitió sin titubear, si bien sabía lo que dicha afrenta iba a costarle.

La expulsión era más que segura. Esa misma tarde, hombre y mujer miraron por última vez la entrada al Paraíso. Delante de ellos, se extendía una llanura pedregosa y seca que amenazaba con matarlos de hambre y sed.

Ingenuo por naturaleza, el hombre fue el primero en echar a caminar, solo. En su silencio, maldijo a la mujer por haberle hecho entender su pequeñez fuera del Paraíso. Ella lo contemplaba desde lejos. Compadecida, vio cómo aquellas torpes costuras de su delantal no alcanzarían a sostener las hojas de higuera, que iban cayendo una a una detrás de él, ya enteras o en jirones. Quiso entonces dejarlo ir. Él le parecía demasiado caprichoso como para engendrar juntos una humanidad entera. No obstante, sólo verlo caminar progresivamente, desnudo y sudoroso, bajo el sol de aquella tarde agreste, la hizo reconsiderar la idea.

Un deseo llameante trepó desde su sexo y se alojó entre sus pechos. Entonces, sus manos acariciaron suavemente las apretadas costuras de su delantal y las rosadas puntas de sus dedos tropezaron con un bulto suave y carnoso. Sonriente, introdujo su mano entre los pliegues y rozó la piel del objeto, redondo y terso. Era otra fruta, otra fruta que ella había cogido del árbol de la ciencia y que, al calor de la discusión con la voz, había olvidado por completo.

Con suma delicadeza, la puso entre sus dientes, mordió su carne y pudo entender una vez más. Se dio cuenta de que él era por sí solo incapaz de llenar la tierra, de sojuzgarla o de señorearla; que no todos los nombres puestos por él a las bestias del campo y a las aves de los cielos eran correctos; que sólo sería apenas un hombre y junto con ella, una sola carne, que a pesar de lo que en lo sucesivo quedase escrito en piedra y fuese repetido por los siglos de los siglos, sin la ayuda de ella sabía que esa misma tarde él moriría.

Así, echó a andar tras él, deseosa de compartir nuevamente el sabor de aquella fruta.

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