Colegio de Licenciados y Profesores en

Letras, Filosofía, Ciencias y Artes Costa Rica

La Deontologia y el ejercicio ético de la profesión

Contacte al Autor: Jeannette Arrieta Molina

Las temáticas elegidas para el Premio Jorge Volio 2007, ligadas irremisiblemente a la relevancia de la reflexión filosófica, frente a los conflictos de la realidad contemporánea, en la cual los seres humanos somos protagonistas – víctimas o victimarios – constituyen una opción propicia para la denuncia y la catarsis.

Esta propuesta de pronunciar esa angustia y abrir la posibilidad a la ilusión hacia el intento de otro asomo a la caja de Pandora, para escudriñar en su fondo e intentar la búsqueda del auxilio de alguna esperanza, que pudiese fortalecer el proyecto humanista, ya califica como urgente. La indefensión del ser humano en un entorno de violencia y desencuentro existencial, asombra y frustra, a pesar del filósofo romano Terencio, para quien nada de lo humano nos debería parecer extraño.

Quienes mantenemos el gozo del acercamiento a la Filosofía en nuestra labor docente, creemos en la diversidad del encuentro epistemológico, que genera conocimientos específicos: es el caso del ámbito de la ética. Esta perspectiva filosófica propone las conductas óptimas del modus vivendi, que serán la fuente de refrescamiento y de refugio psicosocial. La comprensión y la convicción de las estrategias encaminadas al enfrentamiento deontológico, esto es, el deber ser, partirían fundamentalmente de la responsabilidad y el compromiso imperactivo del ejercicio profesional y se encaminarían hacia la restauración de un mundo en crisis.

La realidad contemporánea involucra la diversidad cultural a nivel global, con sus múltiples problemáticas como la avaricia, el abuso de poder, la miseria y el narcisismo que, según el psicoanalista Sigmund Freud, nos lleva a la neurosis, a la cual se suman otros desajustes entre el yo, el otro, la naturaleza de la que dependemos y el abuso de la tecnología, generando una “soledad en compañía”, que acrecienta la angustia existencial de la que nos habla el filósofo Sören Kierkegaard.

Por otra parte, la realidad nacional nos muestra una decadencia cultural, donde ha incursionado la violencia en todos los ámbitos, como una impronta que acrecienta la inseguridad ciudadana y, entre otras adversidades, surge un evidente atentado hacia nuestras riquezas ecológicas. En consecuencia, los aspectos históricamente honorables de la identidad costarricense, se han ido desvaneciendo hasta producirnos una profunda nostalgia.

Precisamente, la relación teóricopráctica en la realidad dialéctica del ser humano y su entorno, debe generar la meditación racional, que haga posible la concienciación de esta decadencia; pues el estado de la cuestión muestra que no se ha dado o no se ha generalizado; lo cual denota una falsa felicidad en ese “estar ahí” porque no hay otra opción.

La antropología filosófica concibe al ser humano integral; por ende, las múltiples expresiones culturales nos llevan al análisis –no solamente de esa problemática, sino también y en consecuencia de todos los desajustes emocionales e institucionales que la anarquía va dejando a su paso. Desde esta perspectiva, el sujeto cognoscente debería sentirse impelido a cuestionarse, a aprehender la realidad y proponer teorías capaces de reiniciar el ciclo. Es la dialéctica de la epistemología, que da sentido a la existencia: los deberes y obligaciones, que definen la urgencia deontológica.
La educación, amparada por una calificada guía pedagógica, sigue siendo el camino hacia la paz. La reflexión sistematizada, desde una metodología interdisciplinaria,y el acompañamiento de una congestión educativa, diría el pedagogo brasileño Paulo Freire, se manifiesta como pensamiento transformado en diálogo entre el docente y el discente: es la construcción conjunta del conocimiento que genera esperanza. Esto está ligado categóricamente con el ejercicio ético de la profesión y la vocación, como requisito indispensable para la disposición intelectual.

Si el docente es un facilitador, debe actualizarse constantemente, para mejorar las metodologías que lo definan como tal: Esto implica conocer los fundamentos teóricos que susciten la disposición intelectual y emocional del discente y promuevan la inquietud hacia la consecución del bien común en el sentido aristotélico.

Al asomarse concientemente a la realidad social y provocar la discusión académica frente a las inquietudes estudiantiles, no siempre explícitas y, más bien, como evidencia de un currículum oculto, impulsa la discusión epistemológica y promueve la metodología racional. Así, el ejercicio profesional se identificará como una pedagogía liberadora y terapéutica.

El deber ser de todo profesional y, en este caso del educador, debe incluir necesariamente ese “aterrizaje”, que supere la frecuente tendencia a la abstracción. Cuando el quehacer del docente se limita a informar fríamente acerca de los contenidos teóricos (con frecuencia repetitivos) y carentes de lógica estructural en el discurso, o lo que es peor, remitir a los libros de texto, intermedios por el silencio, evidentemente no se producirá amor al conocimiento; y en este desfase, no se logrará definir el conocimiento como un instrumento de progreso existencial y social por excelencia.

Dice la sabiduría popular que “nadie nace aprendido”. Así es, no hay preconcepción epistemológica, sino la disposición “pasional” (de connotación bioquímica) a la que nos llamó el filósofo racionalista René Descartes, a partir de las percepciones, la imaginación y la voluntad. De este modo, marcó una cercanía intuitiva de gran valía a las investigaciones de la neurociencia contemporánea. Esta disposición incluye, como lo apuntó antes del sabio Aristóteles, un proyecto de vida que parta de premisas conceptuales como la praxis de la virtud; en este caso, la prudencia y el justo medio, como insumos fundamentales. En un contexto relativamente reciente en la historia del pensamiento, el filósofo francés Jean Paul Sartre define la autenticidad del ser humano a partir de su obligación de manifestar su libertad, en un proyecto de vida que le aleje de la “mala fe”, el cual significa asumir que los culpables son siempre los otros.

La doxa (lo que es susceptible a la opinión y por lo tanto, también a la falsedad y falacia) y la episteme (la accesibilidad al conocimiento), además del ejercicio del pensamiento crítico que permite la revisión constante de las “verdades” históricas y la apertura a la investigación como metodología elemental, sistematizan las estrategias de aprendizaje y el placer de “ser más”; por lo tanto, promueven el alejamiento del concepto de ignorancia como el no querer saberque definió muy bien el filósofo clásico Platón.

Esta inquietud por el saber genera libertad, como bien lo apuntaron los romanos. Hace sumamente atractiva la profesión docente, y el discente lo percibe cuando siente que su estadía en el ámbito estudiantil constituye una “inversión” existencial. Los docentes debemos responsabilizarnos de que esa sensación emocional y racional esté implícita en nuestra labor y se explicite de mil maneras en los estudiantes.

El método científico descubierto por el italiano Galileo Galilei en la brillante época del Renacimiento y sistematizado posteriormente por el inglés Francis Bacon, se ha implementado espistemológicamente conforme se han multiplicado las posibilidades del estudio de la realidad y la relatividad, según la alerta de Albert Einstein. Por lo tanto, la observación y la experimentación no son suficientes para las predicciones (el efecto mariposa). Queda mucho camino por andar. Estos factores que generan la incertidumbre deben ser motivos para la labor del docente cobre sentido en la cotidianidad de las instituciones educativas se fomente la constante investigación y actualización del conocimiento, recurriendo al método clásico del buen libro y a los recursos tecnológicos actuales, como la red informática.

El proceso de la construcción del conocimiento, según la metodología del pedagogo francés Jean Piaget y la precaución de no olvidar el entorno del sujeto de aprendizaje del pensador ruso Lev Vigotsky son tareas imperativas del docente. Desde este punto de vista, el a priori y el a posteriori, como referencias del filósofo de la ética. Emmanuel Kant, siguen siendo válidas en el proceso epistemológico de la educación, sin olvidar la dialéctica del filósofo alemán Friedrich Hegel, quien planteará nuevas posibilidades de análisis en la acumulación y la actualización del conocimiento.

Si todo ser humano tiende al saber – según Aristóteles – y a pesar de la paradoja de las razones del corazón, con las que nos sensibilizó el filósofo, físico y matemático Blaise Pascal, el acceder al conocimiento debería manifestarse siempre como un placer, nunca como castigo, ni mucho menos, como tortura. De esas equivocaciones debe cuidarse el docente en la búsqueda de resultados a través de su quehacer académico y profesional. Su huella debe ser de gran trascendencia personal e histórica en los muchos estudiantes que ingresan a su aula, con múltiples y diversas inquietudes existenciales, con sed de terapia congnoscitiva y disfrute; jamás deben retirarse, con un título final de frustración reiterada.

La Psicología, como ciencia social de gran relevancia en la actualidad, ha contribuido notablemente a la urgente necesidad de profundizar en el inconciente y el subconsciente del ser humano, para buscar los mecanismos científicos que permitan comprender y validar ese “ser” y “no ser” propios de esa “rara identidad humana”, de la que tanto nos habló proféticamente Sigmund Freud. El equilibrio y el placer psíquico ligados a conceptos contemporáneos como la “inteligencia emocional”, “las inteligencias múltiples” e incluso, “la inteligencia artificial” demuestran esa necesidad humana de la sed de conocimiento, que la pueda proveer instrumentos que funcionen como “mecanismos de defensa” ante las adversidades propias de las circunstancias vigentes.

Esto implica que existe una interdependencia de la información interdisciplinaria y transdisciplinaria, como orientaciones ante la diversidad sorpresiva del mundo actual. Sentirse “perdido” en la ruta preconcebida genera angustia o alejamiento derrotista. El auxilio del proceso educativo adquiere particular significación en esta coyuntura para una población que aún no define sus objetivos, a causa de la inexperiencia, la ausencia de recursos y la indisposición emocional o la desatención por parte del Estado, entre otras variables, que atentan contra un planeamiento que debe ser holístico.

El objetivismo parte de la realidad. La dimensión racional es un instrumento fundamental y la experiencia define la verdad del fenómeno social y sus controversias. De este proceso interpretativo de la crisis deben surgir estrategias abocadas a la solución de los conflictos que van deteriorando la dignidad humana. La evaluación permanente que enfatice más en lo cualitativo que en lo cuantitativo y, en consecuencia, la intencionalidad de corregir los errores e incentivar tácticas personales para enfrentar esas contradicciones, es tarea deontológica del educador y las instituciones que sostienen el sistema.

El proceso del aprendizaje entreoíros aspectosmanifiesto en la información y la cognición, es particularmente interesante en el estudio antropológico filosófico pues, sin duda alguna, constituye la tendencia específica del ser humano, capaz de interiorizar esa información, procesarla y exteriorizarla a través del verbo, el habla y la palabra. Como no se trata –según se dice popularmentede “hablar por hablar”, las diversas teorías al respecto tratan de reivindicar la disposición mental y la capacidad racional, como gestoras iniciales de resultados que lleven al conocimiento, como medio de progreso individual, social e intersubjetivo y no solamente como un mecanismo de sobrevivencia.

Esto implica que el conocimiento es el resultado del encuentro del sujeto con la realidad que constituye su situación y su circunstancia y, por ende, incluye su entorno, las variables de las que depende su suerte, la multiplicidad de condiciones que definen o alteran la lógica de sus intenciones, incluyendo lo obvio y lo oculto.

Las limitaciones epistemológicas son propias del sujeto congnoscente en un aprendizaje que depende también de sus propios condicionamientos psicológicos, sus características sociológicas e intelectuales y de la validez de los resultados. Aquí, precisamente es indispensable el acercamiento docente, alguien que pueda detectar en qué se está fallando o si afortunadamente, las expectativas son halagüeñas.

El conductismo, que también parte del concepto de “reflejo condicionado” del científico ruso Iván Pavlov, intenta explicar ese determinismo de refuerzo y aversión “salvando” las conductas positivas. Esa tendencia simpatiza con los postulados filosóficos de Aristóteles y de Rousseau, quienes intentaron creer siempre en la tendencia del ser humano a la bondad innata. No obstante, como el conflicto evidencia el poder de la mente, los condicionamientos psicosomáticos –denominados por algunos como psicogénicos, además de la toma de conciencia y la visión de mundo, la gestión educativa resulta más complicada: implica un mayor reto al equipo docente que debe incluir entre otros aspectos, la ruptura paradigmática que procure apertura ante esa diversidad.

Por otra parte, el constructivismo y el socioconstructivismo impelen al sujeto del aprendizaje y al facilitador del proceso educativo, al deber enfrentar ese medio polifacético, interpretarlo a partir de bases teóricas y experiencia acumulada. Estas disposiciones pretenderían cumplir con el objetivo prioritario de adherirse dignamente a la sociedad, asumiendo que ese entrenamiento integral le permitirá al discente acceder al desarrollo de su tendencia intelectual particular y, con ello, dar sentido a su existencia proyectada hacia el futuro.

Mi disertación pretende enfatizar en que la educación seguirá siendo la guía imperativa para el logro de ese desafío y parte innegable de la ética profesional del docente y su auxilio institucional, cuya propuesta constituye el deber del empoderamiento estudiantil, de esas generaciones que dirigirán el porvenir. Y, en consecuencia, que ese desafío lleve implícita la garantía del aumento indispensable de la esperanza.

Alguna vez expresé una metáfora acerca del proceso educativo que transcribiré en esta oportunidad. ¿Cómo expresar la actividad pedagógica hacia el logro de la educación? Siento que debe ser como la ejecución de una sinfonía. Ya afirmó el filósofo alemán Friedrich Nietzsche que música y vida constituyen un complemento indispensable. Así nos contagia de su vitalismo: en la persecución de la armonía.

Enseñar para educar tiene un objetivo primordial: la educación es para la vida. En este sentido, el entorno educativo, cuyos ejecutantes son los docentes y los discentes, debe expresarse en una labor pedagógica con sistematización: preparando y cuidando el mensaje artístico, no olvidando los detalles, no desafinando ... Y, si de pronto, algo desafina, no debemos inmutarnos; debemos regresar, es parte del proceso. Nos detenemos, aclaramos el concepto, superamos la ambigüedad, reflexionamos sobre el argumento en cuestión y volvemos a empezar. Se trata de ir perfeccionando la entonación, para que el mensaje estético y epistemológico se archive placenteramente en la memoria, de tal manera que el haber estado analizando la temática y construyendo el conocimiento, sea una inversión personal, un bien duradero, una expresión artística vital.

Estoy convencida de que la enseñanza en el proceso educativo, no debe limitarse a la información. Trato de que mis estudiantes disfruten emocional e intelectualmente del conocimiento y sean capaces, a partir de ello, de participar aunque no sea explícitamente y en ese momento. Razones hay para afirmar que no siempre se atreven a ampliar o a refutar lo que el docente expone; no obstante, si en cada lección abandonan el aula con alguna inquietud en su mente, y la posibilidad de que “algo” cambie en la praxis existencial de su vida cotidiana, o en su ámbito profesional o laboral –según sea el nivel del currículo de estudio o las etapas del proceso institucional de la educación, la labor docente del “deber ser” se ha cumplido.

El progreso de los deberes docentes depende de esa actitud revitalizadora del sentido de la educación, constituido por mecanismos que generan inquietud por el acceso al conocimiento y hacia el placer de descubrir verdades que serán útiles y abrirán nuevas posibilidades de llegar a otras. El placer epistemológico está en esa dialéctica que va definiendo, a su vez, el “deber ser” de cada uno en su entorno específico.

Sin embargo, la motivación del profesional docente es un asunto muy ligado a la vocación (que indica lIamado a ejercer determinada labor), aunque no sola mente se concreta manifestando la capacidad de comunicación, sino de facto la validez del conocimiento y su aplicación. Esto solamente producirá un resultado de buena calidad si simultáneamente se concibe la educación docente, no solamente como el imperativo categórico del compromiso deontológico del docente, sino como una obligación política y social de las entidades que deben evaluar la calidad académica en cada una de las especialidades del curriculum.

La relación con los enfoques pedagógicos como conducir, conocer y construir constituyen el quehacer pragmático, donde teoría y práctica se concretan en la praxis pedagógica. Partiendo de la episteme de los clásicos griegos, las manifestaciones artísticas y científicas del Renacimiento, la intuición y los aportes racionalistas, la relatividad, las innovaciones en los estudios en la biotecnología, las disposiciones y predisposiciones psíquicas y la diversidad del socioconstructivismo, entre otras áreas del conocimiento, el panorama se torna amplio y atractivo.

Es deber del docente involucrarse en el proceso dialógico en el aula a la cual IIegan los estudiantes, después de haberse asomado a las tecnologías de la información y a lo que llama el reciente Doctor Honoris Causa de la Universidad de Costa Rica, Manuel Castells: “Ia sociedad red”.
Es deber, una vez más, que el educador también se asome, pues si no lo hace, el diálogo es imposible y ese vacío cognitivo causará desinterés al estudiante.
Sobre esa misma vía que va definiendo el acierto o desacierto en la misión de la educación para la vida, no es concebible el decir popular y muy frecuente en nuestra cultura costarricense: “hagan lo que yo digo pero no lo que yo hago”. La enseñanza debe coincidir con la imagen docente, la disciplina debe manifestarse inicialmente en el más responsable del proceso. El respeto a los estudiantes, la buena voluntad de auxilio al que evidencia lentitud a causa de muchos factores, aunque esto implique atrasarse en la salida o postergar alguna tarea; la preparación previa de las lecciones que eviten la improvisación (que con frecuencia es percibida por los estudiantes) y la evidente conducta ligada a los valores constituyen ejemplos de esa disposición ética indiscutible en el maestro o maestra de la educación, término que encierra un significado de supremacía académica y humanista.

Si estos requisitos no se cumplen, volviendo a mi metáfora, la música se convertiría en ruido, y el fracaso inminente de la sinfonía marcaría una ruptura dolorosa que nublará las ilusiones de la esperanza. Se instalará la utopía: porque no habrá lugar para el cambio, el progreso y el sentido de existir.

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