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Formación cognoscitiva versus formación ética. ¿Cuál es más importante?

Contacte al Autor: Yors Solís Vargas

Formación cognoscitiva versus formación ética. ¿Cuál es más importante?

Yors Solís Vargas

Licenciado en la Enseñanza de I y II ciclos de

Educación General Básica

yosolis7@gmail.com

Introducción

Si nos cuestionamos sobre qué es más importante en la educación de Costa Rica, si personas inteligentes o personas éticas, cualquier ciudadano con un buen sentido común va a responder que las dos cualidades son necesarias para la constitución plena de una persona, pero ¿nuestro sistema educativo apuesta a la formación por igual de estas dos facultades? De esto no se puede estar tan seguro. La siguiente reflexión trata, precisamente, de la necesidad de equiparar y formalizar la enseñanza del aspecto ético frente a la del aspecto intelectual de los estudiantes costarricenses.

La formación cognoscitiva y la formación ética en la educación general básica de Costa Rica

Siempre he escuchado que la formación ética queda relegada al hogar, es decir, son los padres y madres de familia quienes están a cargo de forjar las buenas acciones de sus hijos; pero si nos preguntamos ¿pueden hacer esto las familias costarricenses?, la respuesta puede que no sea muy alentadora. Es innegable que la mayoría de los hogares tiene las mejores intenciones de educar a su descendencia, pero no sé si se ha logrado esto de la mejor manera.

Por otro lado, ¿esto quiere decir que el gobierno ya no se va a encargar formalmente de este aspecto? O sea, el Ministerio de Educación (MEP) delega del todo en los hogares la formación ética, mientras que la intelectual se acoge sin responsabilidad de la del buen comportamiento. Hace poco vi que en la entrada de un centro educativo había un rótulo que decía: “¡AVISO! EN ESTA ESCUELA SE INCULCAN CONOCIMIENTOS, LOS NIÑOS DEBERÁN VENIR EDUCADOS DE CASA”. ¿Qué tan peligroso puede ser esto? Pues, desde mi punto de vista, el país no solo debe dar cuenta de la formación cognoscitiva, sino también de la ética.

Si analizamos los planes nacionales de enseñanza (MEP, 2016), desde la primaria hasta la secundaria, y revisamos la evaluación de los contenidos de estos programas, es muy fácil entrever que para los administradores de la educación la formación intelectual es prioritaria y preferida. Ante esto yo me pregunto, ¿qué es mejor para el país: un doctor en economía que le roba al país o un campesino que, a pesar de que no tiene estudios superiores, es una persona buena y confiable? Cualquiera diría que la combinación de los dos es un hecho necesario, pero ¿a qué le está apostando el país? Tengo la certeza de que los mandatarios de la educación nacional me dirán que ellos prefieren una combinación de ambos, pero si revisamos los planes, ¿podríamos encontrarnos con un plan equilibrado entre lo intelectual y lo ético? Es decir, si revisamos los programas de enseñanza ¿podemos encontrarnos objetivos, estrategias y pruebas para la formación, por igual, de las facultades intelectuales como de las facultades éticas? Yo no lo creo, y no solo no lo creo, sino que puedo comprobar su falsedad con solo revisar el currículo.

Parece que el país prefiere expulsar, como si fuera una máquina dispensadora de gaseosas, profesionales que, aunque sean muy buenos en lo que hacen, no tienen una cuota aceptable de conciencia y práctica ética. Y esto ocurre porque, entre otras cuestiones, no hay una articulación y una atención equilibrada, desde el preescolar hasta la educación superior, de lo intelectual con respecto a lo ético. Entonces nos vamos a “topar” con personas que manejan muy bien las computadoras, por ejemplo, pero que intentan ver cómo les roban a las empresas. O maestros que enseñan muy bien lo que tienen que enseñar, pero a los que no les interesa pensar si lo que están enseñando está bien o está mal.

Además, en este país existen “universidades” que funcionan en garajes a poco costo económico; en otras palabras, venden títulos “al por mayor y detalle”. De hecho conozco personas que con 30 años tienen 3 licenciaturas o 2 maestrías, y uno piensa: “¡Esta gente está coleccionando títulos como si fueran estampillas!”. Y con esto el Estado está entrando en crisis, ya que no puede pagar tantos atestados y, además, como hay quienes compran tantos títulos, hay muchos que están ganando buenos puestos y salarios en el sistema educativo público a costa de que el gobierno no haga distinción de la universidad de donde provengan, lo cual es absurdo, ya que, a todas luces, no es lo mismo que alguien estudie 2 o 3 años por su maestría o licenciatura a que lo haga máximo 1 por el mismo título.

La formación superior no se debe comprar, menos si se trata de la docencia. Reflexionemos: si tenemos buenos profesores es muy probable que tengamos ciudadanos de calidad, pero si tenemos malos pr ofesores, ¿qué tipo de poblador es vamos a tener?

Entonces, adicional al problema sistémico que hay con respecto a la ética, con este tipo de instituciones universitarias también vamos a tener problemas de formación superior intelectual, ya que están graduando “profesionales” por montón, con planes de carrera muy cortos y con poca instrucción técnica e integral. No quisiera pensar cuál es el resultado de la combinación entre un sistema educativo nacional con poca prioridad en la enseñanza ética, y uno de educación superior con poca prioridad no solo en el tema ético, sino que en lo técnico-intelectual también. ¡Qué tipo de “profesionales” se están graduando en mi país! Además, la selección de algunos puestos o recargos públicos la mayoría de veces se da por elección personal de los altos rangos, o por méritos que no distinguen si los títulos que aporta una persona son de una universidad de calidad (como pueden ser las universidades públicas y algunas privadas) o de una de “poca monta”. Creo que no es necesario explicar esto último.

En Costa Rica no son pocos los casos de funcionarios públicos que obtienen puestos de muy alta jerarquía, pero que tienen un récord de conducta poco aceptable. Y entonces vuelvo a preguntarme a quién deseo más como funcionario público: a un ingeniero industrial que por su inteligencia logra estafar al pueblo, o a un cocinero sin estudios universitarios que no le robaría 100 colones a una persona. Sé que un cocinero sin formación superior difícilmente podría administrar un país, pero también sé –y estoy seguro de lo que voy a decir– que tampoco el mejor administrador del mundo puede administrar un país si es éticamente incapaz.

Debemos aprender una lección muy importante: aunque yo sea el mejor en una disciplina, eso no me hace el mejor en el plano ético. Y es que ¿de qué me sirve un político, un ingeniero, un chofer, etc., que es sumamente competente en su materia si no es éticamente capaz? Algunos dirán que si alguien es profesional ya eso implica que sea una persona con ética, pero ¿qué dirían los costarricenses si les preguntamos sobre el tema ético de los funcionarios públicos? ¿Quién en este país podría asegurar –tomando en cuenta este problema desde tempranas edades y el de las universidades “al por mayor”– que la mayoría, o siquiera la mitad de los profesionales de nuestro territorio, tiene una buena formación y práctica ética? Creo que no es necesario hacer una encuesta para saber la respuesta.

Yo soy maestro de escuela, y al darme cuenta del historial de situaciones deshonestas, de corrupción, de abusos que se dan en mi país, ¿qué puedo opinar del tema de este escrito: “Formación ética versus formación cognoscitiva. ¿Cuál es más importante?” Es simple: yo como educador sé que tengo que cumplir con un programa académico, sé que tengo que lograr que los futuros hombres y mujeres de este país dominen la matemática básica, la cultura general, la lectura fluida, etc.; todo esto lo puedo lograr como profesional que soy en educación primaria, pero no puedo decir lo mismo en el tema ético. En otras palabras, no puedo afirmar con toda seguridad que mis estudiantes van a ser ciudadanos de bien, confiables, honestos, etc.

Con los programas que tengo que cumplir y con las evaluaciones que tengo que aplicar puedo aseverar que la mayoría va a cumplir los objetivos intelectuales propuestos en el currículo, y que gracias a esto se van a poder graduar; pero no puedo decir lo mismo en el plano de la ética, ya que no hay planes concretos, no hay materias específicas en el tema de valores, y no hay pruebas o evaluaciones que me permitan estar mínimamente seguro de que cuando mis estudiantes salgan de sexto grado no van a robar, ofender, discriminar, matar, etc., etc. Puedo afirmar que van a salir de la educación básica con la capacidad de leer y de resolver operaciones fundamentales, pero no existe la misma certeza de que van a ser personas honestas, seguras de sí mismas, respetuosas, solidarias, etc.

Yo debo enseñar Matemática, debo enseñar Ciencias, Estudios Sociales y Español. Y mis compañeros deben enseñar Inglés (materia que no está funcionando en el país, ya que los muchachos salen del colegio sin tener al menos un 50% de dominio de este idioma), Música, Religión, Artes Plásticas, etc., pero no hay materias llamadas “Respeto”, “Solidaridad”, “Amor Propio”, “Emociones”, “Sentimientos”, “Valores”, etc., etc. Me pregunto otra vez, ¿es más importante saber que 2+2 son 4, o saber que lo que no es mío no lo debo robar? ¿Es más importante saber leer a los 6 o 7 años, que saber distinguir mis emociones frente a un conflicto personal? ¿Qué es más importante: una escuela técnica, una escuela de la matemática o del lenguaje, o una escuela del amor, el respeto y la solidaridad? Es obvio que una escuela integral siempre va a ser lo ideal, pero ¿estamos logrando que este tipo de escuela se desarrolle en nuestro país? Yo considero que no; por lo tanto me he dado a la tarea de opinar a través de este escrito.

Como maestro he tratado siempre de ser un modelo de buena persona, trato de crear conciencia ética a través de diferentes estrategias grupales y explicaciones magistrales; pero cuando se trata de estos temas, no hay un plan ni una evaluación eficiente y concreta que me permita dedicarme –como sí lo hago a la matemática, al español, etc.– exclusiva y preponderantemente a la enseñanza de los valores de convivencia social (familiar y personal) como el respeto, la fraternidad, la sinceridad,etc. De los valores espirituales, como la fe, ya hay un docente especializado; de los valores intelectuales y artísticos, también lo hay; pero de los valores de convivencia social, no hay docentes especializados ni planes y evaluaciones concretas. Solo tenemos ejes transversales, recomendaciones, consejos o ensayos, pero no tenemos materias, pruebas o programas nacionales para todos los grados sobre el tema del buen comportamiento.

Algunos podrían decirme que el tema ético no es un asunto de tratamiento similar al intelectual, pero yo como docente me pregunto lo siguiente: si existiera una materia llamada “Valores”, y los niños y las niñas la recibieran desde primer grado hasta la universidad, ¿sería en vano esta materia? Si diéramos lecciones y herramientas, desde el primer grado hasta el último grado de la educación nacional, para el manejo de emociones, sexualidad sana y responsable, manejo de conflictos, etc., ¿sería en vano esta enseñanza?

Si comparamos la formación en matemáticas con la del manejo de emociones, por citar un ejemplo, ¿podríamos decir que la matemática es más importante que las emociones? O sea, ¿podríamos decir que aprender matemáticas, ciencias, etc., es más importante que aprender a ser honesto, humilde o, mejor aún, feliz conmigo mismo? Siguiendo la idea de los cuatro pilares de la educación, planteados por la UNESCO (Delors, 1997), ¿podríamos afirmar que aprender a conocer y a hacer es más importante que aprender a ser y a convivir?

¿Qué pasaría si enseñamos, a un mismo nivel académico y con el mismo nivel de prioridad, que 3 + 5 = 8 es tan importante como compartir, respetar y amar al prójimo? ¿No creen ustedes, los que están leyendo este escrito, que lograríamos una mejor formación integral? Ciudadanos que además de intelectuales y buenos en su tarea profesional, también lo son con su propia vida, la vida de los demás y, algo muy importante que es de urgencia mundial: ciudadanos buenos con la vida animal y la naturaleza.

Creo que muchos estarán de acuerdo conmigo, pero ¿por qué el asunto no está cambiando con urgencia? Lo mismo ocurre con el tema ambiental: cada vez hay más carros que expulsan dióxido de carbono embotellados en las calles. ¿Qué están haciendo los encargados de la conciencia ética-ambiental del país? Veo que hay nuevos programas de Matemática, Español, Estudios Sociales; me doy cuenta de que han cambiado la metodología de la enseñanza de las ciencias; sé de algunos proyectos centrados en valores, pero todavía, como educador, no he visto que el tema de los valores sea prioridad y que esté representado con una materia específica, con un plan nacional bien elaborado, con evaluaciones que nos brinden alguna luz para saber si una niña o un niño está capacitado éticamente para vivir y convivir. Aún no lo he visto –y quién sabe si lo llegue a ver–.

Con respecto al tema de la igualdad de género, ¿podemos creer que estamos a la vanguardia en este asunto? Veo en las noticias que estudiantes de X lugar ganan premios internacionales en materia de tecnología, lo cual es excelente y maravilloso para el país, pero lo que no veo en las noticias es que se destaque alguna especie de “premio” por respetar la dignidad humana, las diferencias de sexo, de orientación sexual, etc. Más bien es deplorable ver que en este tema es poco lo que se avanza. Y entonces pienso: “¡Qué excelente que haya escuelas técnicas y buena formación tecnológica en nuestro país! Pero ¿qué pasa con el tema ético? Me pregunto: ¿puedo sentirme orgulloso de la ética de nuestro país como sí del avance en materia de tecnología? ¿Soy (como ciudadano de un país y de un planeta) un buen ciudadano?

En la prensa extranjera veo que se destaca a Costa Rica como el país más feliz de Latinoamérica, pero ¿qué significa eso? Es cierto que muchos somos “pura vida” – sea lo que sea que signifique esta expresión–, que hay una buena tasa de alfabetización, cobertura médica, servicios básicos; hay relativamente poca delincuencia, desempleo, pobreza, etc., comparados con otros países, pero ¿todo esto basta para declararnos entre los más felices de América Latina? Si es el caso de que somos los “tuertos en el reino de los ciegos”, tal vez podría aceptar que seamos uno de los países más felices de la región, pero no por eso me voy a conformar.

Debravo escribió: “Soy hombre, es decir, animal con palabras. Y exijo, por lo tanto, que me dejen usarlas” (Debravo, 1986: 80). No me voy a callar hasta que vea cambios en la enseñanza nacional con respecto a lo ético, ya que parece que este aspecto no le interesa, o no lo puede resolver el gobierno; y si lo intenta resolver, como con el programa de Ética, estética y ciudadanía de Leonardo Garnier (2016), lo hacen manejando conceptos desde una visión… “ideológica adoctrinadora de corte neoliberal y en concordancia con las políticas educativas neoliberales” (Barboza, 2012), no desde una perspectiva filosófica que promueva el pensamiento crítico sobre estos temas.

Conclusión

¿Cuál es el reto? ¿Que nos declaren los más felices basta para alzar la copa y brindar por nuestra sociedad, y listo? ¿Hay que hacer algo más, o ya podemos echarnos a

dormir tranquilos sabiendo que los que recogen los impuestos

no nos van a robar? ¿Que nuestros hijos e hijas crecerán felices sin que alguien los discrimine, que pueda yo caminar por la capital de noche sin el miedo de que me maten? Yo creo que no basta. Nos falta mucho.

Creo que debemos y podemos ser, no solo el país más feliz de Latinoamérica, sino el mejor país del mundo para vivir. Por eso critico, cuestiono y expreso por medio de este escrito una de las problemáticas que, como maestro, he notado que tiene mi país: la deficiente enseñanza de la conciencia y práctica ética para la vida y la convivencia socioambiental.

No pienso que estemos tan mal, pero tampoco estamos tan bien en este tema; creo que tenemos la posibilidad y las herramientas para mejorar. No me conformo con lo que hay; quiero mejorar. Faltan decisiones políticas y administrativas, pero también faltan decisiones personales. Por mi parte puedo decir que me comprometo a atender, con todas mis capacidades, esta deficiencia en la enseñanza nacional. Sé que este compromiso no tiene ninguna validez política ni es parte de las exigencias más prioritarias que enfrento como maestro, pero si yo no me comprometo, aunque sea conmigo mismo, lo que he escrito aquí y lo que la experiencia docente me ha permitido reflexionar serían en vano, y entonces me declararía, en este preciso momento, una especie de máquina que solo realiza lo que el programador quiere que realice.

  • Si analizamos los planes nacionales de enseñanza (MEP, 2016), desde la primaria hasta la secundaria, y revisamos la evaluación de los contenidos de estos programas, es muy fácil entrever que para los administradores de la educación la formación intelectual es prioritaria y preferida.

  • Algunos podrían decirme que el tema ético no es un asunto de tratamiento similar al intelectual, pero yo como docente me pregunto lo siguiente: si existiera una materia llamada “Valores”, y los niños y las niñas la recibieran desde primer grado hasta la universidad, ¿sería en vano esta materia?

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Barboza, G. (mayo 23, 2012). Proyecto “¿Ética, estética y ciudadanía?”… y… ¿del MEP? Semanario Universidad. Recuperado de http://semanariouniversidad.

ucr.cr/opinion/proyecto-tica-esttica-yciudadana-y-del-mep/

Debravo, J. (1986). Antología mayor. San José: Editorial Costa Rica.

Delors, J. (comp.) (1997). La educación encierra un tesoro. México D.F.: Ediciones UNESCO.

Garnier, L. (2009). Ética, estética y ciudadanía. MEP.

Recuperado de http://www.mep.go.cr/programas- y-proyectos/programa-etica-estetica-y-ciudadania

Ministerio de Educación Pública de Costa Rica (2016).

Programas de estudio. Recuperado de http://www.mep.go.cr/programa-estudio

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