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Letras, Filosofía, Ciencias y Artes Costa Rica

Filibusterismo del Destino Manifiesto y conciencia nacional

Contacte al Autor: Dr. Juan Rafael Quesada Camacho

Introducción
La guerra contra los filibusteros, genuinos representantes del Destino Manifiesto, ha sido la experiencia histórica más significativa y trascendente vivida por el pueblo costarricense. Contradictoriamente, el sesquicentenario de esa epopeya recibió un tratamiento muy poco entusiasta por parte de los medios oficiales, el “gobernante de turno”, y la sociedad en general. Además, curiosamente, a propósito de esa conmemoración, en ciertos ámbitos universitarios algunos se dedicaron a minimizar los designios o alcances de las acciones filibusteras de William Walker.

En contraste con esas poses “académicas”, aquí se postula que la Campaña Nacional ha sido la experiencia histórica más significativa y trascendente en la forja de la nacionalidad costarricense. Pero al mismo tiempo esta guerra tuvo una dimensión continental, y hasta europea, pues la gesta fue vivida como un enfrentamiento entre la “América anglosajona, normanda o teutónica”, y la “América española”, la cual en el fragor del combate fue denominada “latina”; esto es, una seña colectiva de identidad que nos distingue hasta el presente.

La gestación de un ideario
En abril de 1856, José Joaquín Mora Porras, jefe de los ejércitos centroamericanos desde marzo de ese año, afirmaba: “Esta lucha no es solo nacional [...], limitada hoy al territorio nicaragüense ella tiene relación con todo el continente hispanoamericano, pues en el demente orgullo de los filibusteros sureños está conquistar a Cuba, a México y Panamá, después de posesionarse de Centro América”. Visionario, el valiente guerrero agregaba que todo el enorme sacrificio humano realizado hasta ahí no sería en vano, pues de “esa guerra tan justa tal vez nacerá la confederación, alianza salvadora, entre todos los hijos de la América española” (Quesada Camacho, 2006,168).

El 15 de septiembre de 1895, a propósito de la inauguración del Monumento Nacional, el abogado colombiano Francisco Rodríguez publicó el opúsculo GLORIAS DE COSTA RICA, pinceladas sobre la guerra de Centro América en los años de 1856 y 1857. Ahí, después de hacer un recuento de esa guerra, y afirmar que “la nacionalidad centroamericana es un hecho histórico consumado y que todos los vientos de la noche no podían apagar”, concluía que “la fiesta que se celebra ahora no es, pues, una fiesta costarricense, ni siquiera centroamericana: es una fiesta continental” (Rodríguez Camacho, 1895, 9).

Igualmente, ya en octubre de 1854, Adolphe Marie, uno de los más cercanos colaboradores de Juan Rafael Mora Porras, con extraordinaria claridad, llamaba la atención acerca del significado real del filibusterismo, en tanto que expresión del Destino Manifiesto. Sentenciaba Marie:“¿Quién no se estremecerá, al pensar que la civilización norteamericana no ha penetrado en los desiertos sino con las llamas y el exterminio, y que conviene quizá a la doctrina del destino manifiesto que, como las desventuradas tribus de indios del norte, desaparezcan los hispanoamericanos de la faz de la tierra?” (Bernard Villar, 1976, 286, eco de Irazú, 10 de octubre 1854).

William Walker no era, como lo presentan ciertas “novísimas” interpretaciones, un simple aventurero o un escalador político y social, aunque sí se le conoció en su época como el“rey de los filibusteros”. Cabe recordar que los filibusteros eran grupos de estadounidenses que organizaban y dirigían, por iniciativa propia, acciones bélicas contra los países con los cuales Estados Unidos estaba en paz. Según un reputado historiador estadounidense, “del filibusterismo se esperaba el éxito únicamente [...]. Si triunfaba se convertía en héroe y patriota; si no, pasaba a ser un malvado”. Así, “Texas y el oeste de la Florida cayeron en sus manos merced al filibusterismo, principalmente. “Donde el presidente y su gabinete no podían actuar libremente, debido a ley de neutralidad de 1818, pero fundamentalmente al contrapeso que representaba su rival Inglaterra, la iniciativa privada maniobraba con éxito” (Scrogs, 1968, 16).

En realidad, el filibusterismo fue el corolario de un grupo de ideas mesiánicas y hegemónicas elaboradas desde el siglo XVIII para justificar el “hambre de tierras” mostrado por los peregrinos llegados de Europa. Para justificar el expansionismo territorial elaboraron diversas racionalizaciones. Desde ese momento, hasta hoy, una base teológica ha sido muy fuerte. Así, de acuerdo con el dogma calvinista de los puritanos, ellos eran los “elegidos de Dios”; es decir, un instrumento divino para llevar a cabo una “misión especial”. A finales del siglo XVIII el clero difundió la idea de la “Israel Americana”, pues estaban convencidos de que los peregrinos del Mayflower y sus descendientes (pueblo americano) estaban dotados de una fuerza y sabiduría superiores, que eran la “raza elegida”.

Un especialista del destino manifiesto y del expansionismo estadounidense ha afirmado que la “ideología de la expansión norteamericana es un abigarrado cuerpo de doctrinas de justificación. Incluye dogmas metafísicos sobre cierta misión providencial (...), conceptos sobre el derecho nacional e ideales del ser sociales, racionalizaciones jurídicas e invocaciones a una ley superior, propósitos de difusión de la libertad y planes de extensión de un absolutismo benévolo” (Weinberg, 1968, 16).

Todas estas ideas son expuestas por los llamados “padres fundadores de la nación”, por poetas, pensadores y hombres de prensa. Por ejemplo, al hacer una interpretación acomodaticia del derecho natural, ya en 1785, John Adams escribía: “No ceso de considerar la fundación de América como un designio de la Providencia concebido con vistas a iluminar y emancipar a la porción de la humanidad que se halla todavía sometida a la esclavitud” (Julien, 1968, 16).
Otro padre de la nación americana, Thomas Jefferson, en 1801 pensaba que la rápida multiplicación demográfica y territorial de Estados Unidos cubriría “todo el norte e incluso el sur del continente, con una población que hable el mismo idioma, se gobierne de manera similar con leyes semejantes (...) sin mancha [negra] ni mezcla racial sobre la superficie” (Vargas, 2007, 57, 58).

Fuera ya de la presidencia, en abril de 1809, Jefferson, en carta dirigida a James Madison, escribía: “Entonces, sólo tendríamos que incluir el Norte (Canadá) en nuestra Confederación. Lo haríamos, por supuesto, en la primera guerra, y tendríamos un imperio para la libertad como no se ha visto otro desde la creación” (Guerra, 1975,133).

Estas manifestaciones constituyen un aporte ideológico indeleble que culmina a mediados del siglo XIX en la teoría del Destino Manifiesto. Ese lema y doctrina sintetizaban “la convicción de que es nuestro destino manifiesto de Estados Unidos esparcirnos por todo el continente que nos deparó la Providencia para que en libertad crezcan y se reproDuzcan y se multipliquen anualmente millones y millones de norteamericanos”. Así afirmaba John L. O’ Sullivan, quien acuñó ese nombre. Y en 1855, éste precisaba más sus ideas al decir: “El destino de América es como el báculo de Aarón que se transformó en serpiente para tragarse a todos los demás báculos. De igual manera este país conquistará o se anexará todas las tierras. Es su destino manifiesto. Dadle tiempo para realizarlo. Tragarse cada tantos años una región tan grande como la mayoría de los reinos de Europa es su presente orden de marcha. Un día puede comprarse un bocado suculento, otro hacerse de una provincia en las tierras del interior con solo el incremento natural de su población, y otro día puede anexarse tierras y también conquistarlas” (Weinberg, 1968, 36).

Igualmente, un político sureño, Wi-lliam H. Scott, en 1848, en un discursopronunciado el Día de Acción de Gra-cias, llamado “Programa de Libertad”,declaró que “Dios tiene un gran propó-sito para este continente –para nues-tra generación. Como los judíos antes, como los apóstoles, como los Reformadores, como nuestros padres de 1776, también somos nosotros, como raza y como nación, un pueblo peculiar llamado al más alto y glorioso destino” (Kohn, 1944, 131).

Aparte de tener una dimensión básicamente expansionista y connotaciones racistas, los exponentes del Destino Manifiesto profesaban un prejuicio netamente anticatólico. De acuerdo con un investigador estadounidense, “la fijación de Estados Unidos en el catolicismo como fuente del atraso de la América española no es nueva; Thomas Jefferson desdeña a los hispanoamericanos como “pueblo atiborrado de curas”. John Adams y su hijo Quincy creen que el “dominio de la Iglesia católica impide la existencia de gobiernos liberales”. En suma, se piensa que el “catolicismo engendra el despotismo y es incompatible con la democracia”.

Entonces, no debe sorprender que Walker, quien se concebía a sí mismo como un agente del Destino Manifiesto, afirmara que su misión era “redimir y civilizar la América española, hasta sus más remotos confines” (Vargas, 2007, 66, 225).

De las ideas a la acción
El “hambre de tierras” mostrada por los peregrinos desde que llegaron a América “los impulsó a arrebatar las tierras a los indios, y muchos de estos pagaron con su vida su resistencia al invasor”. Desde su óptica, “había que someter a la naturaleza y a los aborígenes”.

Esa expansión territorial constituyó una avalancha que no paró hasta que los pioneros llegaron a las montañas del Pacífico. En 1803 la frontera pasó del Misisipí a las montañas Rocallosas, y la siguiente generación la vio distenderse de allí hasta el mar. Un continente entero había sido conquistado, pero el hambre de tierras parecía más grande que nunca. “El primer bocado les había abierto las ganas de comer” (Scroggs, 1993, 13).

Hacia 1823 la política exterior de Estados Unidos se enmarcaba dentro de un conjunto de objetivos aparentemente contradictorios, pero sometidos todos a la ley suprema del “interés nacional”. La política internacionalista de ciertas potencias europeas, en particular la amenaza de la Santa Alianza, llevó al Congreso de laUnión a declarar que “tendremos que considerar la intervención de una potencia europea cualquiera, cuyo objeto sea el de oprimir o el de ejercer cualquier otra forma de influencia sobre su destino, como manifestación de una disposición de enemistad hacia los Estados Unidos”. Nació así la célebre doctrina Monroe –que sólo fue llamada así en 1852-, por la cual unilateralmente el gobierno estadounidense “se reservaba la protección del continente, en la medida que ello conviniera a sus propios intereses nacionales” (Losada, 1992,127; Tindal y Shi, 1993, 248).

La expansión de los colonos hacia Nuevo México incentivó a aventureros estadounidenses a emigrar hacia Oregón. El proceso primero fue “gota a gota”, pero a finales de la década de 1830, y en la década siguiente, al surgir la “fiebre del oro”, Oregón; adquirió proporciones masivas. Esto llevó a su vez a que California quedara en la mira de los pioneros. En ese contexto, las ideas mesiánicas comprendidas en el “destino manifiesto” se concretan a partir de 1843, cuando los radicales esclavistas del sur lograron nominar a la presidencia por el partido demócrata a James K. Polk. La plataforma de ese partido, para ganarse el respaldo del norte y el oeste, así como también del sur, ligó los asuntos de Oregón y Texas: “Nuestro derecho a todo el territorio de Oregón es claro e incuestionable”, proclamó el partido, y pidió la reocupación de Oregón y la reanexión de Texas.

Polk, presidente de Estados Unidos de América de 1845 a 1849, no sólo era creyente en el “destino manifiesto”, sino que pensaba que éste había sido trazado por el mismo dedo de Dios, y que él, Polk, tenía la gran misión de contribuir a realizarlo. En vista de que desde 1800 la fama de los gobernantes dependía fundamentalmente de las adquisiciones territoriales, él se empeñaría en estar a la altura de sus antecesores. En consecuencia, tomaría todo el territorio norteamericano hasta el Pacífico, Nuevo México y California, principalmente.

A la administración Polk se le atribuyen tres nuevas manifestaciones de la tendencia expansionista: el inicio de las gestiones para la adquisición de Cuba; la adición a la doctrina Monroe del llamado “Corolario Polk”; y el comienzo de una activa política en la América Central y Colombia, dirigida a asegurar la posesión de las vías interoceánicas de Nicaragua y Panamá. En relación con el “corolario Polk”, se ha afirmado que éste era una adición a la doctrina Monroe, de manera que así complementada esa doctrina debería entenderse como “América para los norteamericanos”, o para los americanos de Estados Unidos. Esto significaba que la soberanía de las naciones europeas que tenían colonias en América se veía limitada, lo mismo que la de los países latinoamericanos. “El único poder absolutamente soberano en América, y de toda la América, eran los Estados Unidos” (Tindal y Shi, 1993, 344, 353, 217, 230).

No debe sorprender, entonces, que Texas fuera anexada en 1845, que Oregón fuera adquirido en 1846, que se propusiera a España la adquisición de Cuba, y que frustrado el intento de comprar California, se hiciera la guerra a México, el cual, según Polk, “había invadido
los Estados Unidos”. El 2 de febrero de 1848, cuando se firmó el tratado Guadalupe Hidalgo, la capital mexicana está ocupada por tropas estadounidenses y California y Nuevo México se hallan en manos de Estados Unidos. Un dato revelador es que, al iniciar Polk la presidencia, Estados Unidos tiene una extensión de 4.630.920 kilómetros cuadrados y al final de su mandato la superficie es de 7.749.280 kilómetros cuadrados (Vargas, 2007, 59; Tindal y Shi, 1993, 223)(1).

Walker: agente del Destino manifiesto
Un destacado historiador estadounidense titula una de sus obras, Agentes del Destino Manifiesto: Vidas y tiempos de los filibusteros (traducción del autor). Uno de los capítulos se denomina “William Walker: agente especial del destino”. Eso no es casualidad, pues Walker varios años antes de realizar su “aventura” en México había escrito en el New Orleans Crescent, del cual era coeditor, que él era “un agente especial para trabajar en la ejecución de un destino que le había sido revelado”. Como lo afirmaba un periódico estadounidense en 1852, los filibusteros encarnaban la afirmación de la “gloria nacional, la grandeza, “de los Estados Unidos” (Brown, 1999, 18, 174).

Asimismo, los líderes filibusteros sostenían que su misión era “rescatar a los pueblos centroamericanos del estancamiento, el catolicismo reaccionario y la barbarie” (Vargas, 2007, 174).

La intención de Walker de “americanizar a Centroamérica” demuestra que él era portador de las ideas políticas dominantes en Estados Unidos, es decir, las de los apologistas del Destino Manifiesto.

Ante la dificultad de llevar a la práctica el manifiesto de Ostende –pacto firmado en 1854, en la ciudad belga de ese nombre, entre varios hombres de E.E.U.U., entre ellos James Buchanan, con el propósito de apoderarse de Cuba-, el senador Pierre Soulé impulsó el proyecto “Federación Caribe”, “mediante el cual los Estados Unidos podrían tomar posesión de toda la cuenca del Caribe, partiendo de uno de los países de América Central: Nicaragua”. “El plan contemplaba la formación de una alianza regional promovida y liderada por Nicaragua, cuyo gobierno de origen anglosajón actuaría como intermediario para suscribir tratados de comercio y cooperación con los Estados Unidos, conformando finalmente la región como bloque político, anexo a la comunidad sureña”.

Para hacer realidad su plan, Soulé, por recomendación de Byron Cole,contactó al líder liberal Francisco Castellón, a quien logró convencer deaceptar la ayuda de tropasmercenarias compuestas por estadouniden-ses que se habían destacado en la guerra contra México, y también poreuropeos con experiencia militar obtenida en diversos lugares. El proyec-to fue aprobado por lideres sureños, entre ellos Jefferson Davis, y también por el presidente Franklin Pierce. Para la concreción de ese proyecto, Soulé escogió a un personaje que, aunque había fracasado con sus acciones filibusteras en Sonora, encajaba con la filosofía de la Federación Caribe: William Walker” (Arias, 2007, 20,22).

Para comprender la repercusión de lo anterior, se debe recordar que Franklin Pierce fue presidente de Estados Unidos entre 1853 y 1857. Había sido general de brigada de voluntarios en la guerra contra México, y era esclavista promotor del acuerdo de Ostende, por ende, favorable a la anexión de Cuba. Su política exterior tuvo dos instrumentos a su disposición: el filibusterismo y la diplomacia. Desde la campaña electoral se dice que el voto es “sí o no al filibusterismo”. Al asumir su mandato anuncia: “La política de mi administración no será construida por cobardes premoniciones sobre los perjuicios que puedan provenir de la expansión”.

“Es realmente revelador el hecho de que Pierce integrara su gabinete con veteranos de la guerra contra México: el canciller William L. Marcy había sido ministro de guerra en la administración Polk; su ministro de guerra, Jefferson Davis, comandó un regimiento en aquella expansión de conquista territorial; su embajador en Londres, James Buchanan, fue canciller de Polk. Premió además a los ideólogos del Destino Manifiesto y del depredador movimiento Young America; John L. O’ Sullivan es embajador en Portugal, Pierre Soulé en España” (Vargas, 2007,62).

Y aunque pueda parecer como una sobrevaloración de la gesta de los costarricenses contra los filibusteros, lo cierto es que la derrota de las huestes de William Walker en Santa Rosa (20 de marzo de 1856) tuvo un alcance continental.

Según Ricardo Fernández Guardia, el “descalabro de Santa Rosa causó profundo disgusto en todas las clases sociales y enardeció los ánimos (...). En Nueva Orleans se verificaron manifestaciones públicas en favor de los filibusteros; de todos los puestos de Estados Unidos salían armas y reclutas para Nicaragua a vista y paciencia de las autoridades; el representante oficial de los Estados Unidos, Mr. Wheeler, mereció bien el calificativo de ministro filibustero que le daban en la hermana república” (Fernández Guardia, 1980,19).

Más aún, “buscando reelegirse, el presidente Pierce reconoció al gobierno de Nicaragua en mayo de 1856; y en junio de ese año todos los precandidatos presidenciales del partido Demócrata apoyaron públicamente a Walker”. La Convención Nacional Demócrata en Cincinati “adoptó como suyo a Walker el 5 de junio, pasando una resolución de apoyo a su causa” (Bolaños Geyer, 2003,117-119)(2).

Efectivamente, la batalla de Santa Rosa tuvo un extraordinario significado. En ese combate fueron apresados veinte legionarios de diez nacionalidades diferentes; de esos, a diecinueve se les impuso la pena capital. Ante ese hecho, el embajador estadounidense en Nicaragua, y el propio Pierce, calificaron al presidente Mora y a los costarricenses de “bárbaros” y “salvajes”. A partir de ese momento, las comunicaciones diplomáticas de Washington se tornaron antagónicas. Se definía con más nitidez el choque de culturas o civilizaciones que el destino manifiesto inexorablemente provocaba. El mismo Walker, en junio de 1856, marca la pauta al decir:
“Vinimos aquí como columna de vanguardia de la civilización americana. Nuestra misión (...) abarca el destino no solo de Nicaragua sino la redención y civilización apropiada de toda la América española” (Vargas, 2007, 74, 83).

La unión de la familia latina
Existen numerosas evidencias en el sentido de que en la mayoría de los países que integran lo que hoy se conoce como América Latina, durante la época colonial –especialmente después de las reformas borbónicasentre los criollos se desarrolló “un sentido de identidad, una convicción de que los americanos no eran españoles”. Este “presentimiento de nacionalidad sólo podía encontrar satisfacción con la independencia. Esta fue la culminación de un largo proceso de enajenación en la cual Hispanoamérica se dio cuenta de su propia identidad, tomó conciencia de su cultura, se hizo celosa de sus recursos” (Lynch, 1976, 35,374).

Y después de 1810, el nacionalismo, más que la Ilustración, se convirtió en “el agente que activó las revoluciones hispanoamericanas. Las exigencias de libertad e igualdad enmascararon un creciente sentimiento de identidad, una conciencia entre los criollos de que eran americanos, no españoles. La autoconciencia colonial llevó (...) a expresar y alimentar una nueva identidad nacional” (Lynch, 2001, 183, 184).

En la misma perspectiva analítica, Benedict Anderson afirma que los conflictos entre ibéricos y criollos anticiparon la aparición de una conciencia nacional americana a finales del siglo XVIII. Es decir, “en la América española las comunidades criollas tuvieron concepciones muy precoces de su nacionalidad, mucho antes que la mayoría de los europeos” (Anderson, 1993, 314, 326, 331).

Por su parte Miroslav Hroch sostiene que en América Latina, como en Europa, la aparición de la nación moderna fue producto de un largo proceso. Durante la época colonial se desarrolló un sentimiento de pertenencia colectiva que llamamos “prenacional” o “protonacional” en el sentido de que fue previo al advenimiento de la independencia, o sea, al surgimiento del binomio Nación–Estado (Hroch, 1994, 4547).

Postulamos, entonces, que este vínculo afectivo sería el resultado de un conjunto de elementos o factores condicionantes enlazados entre sí: oposición a un grupo visualizado como dominador (españoles, portugueses); apego innato de las personas a su lugar de origen o terruño; vivencia colectiva de ciertas prácticas culturales; el compartir tradiciones alimentarias similares; la convivencia en un mundo de creencias religiosas; el empleo de un idioma español ampliamente mayoritario.

Todos estos elementos culminan en la independencia, con el surgimiento de la nación como comunidad política o asociación de hombres libres, esto es, una identidad colectiva fundamentada en el reconocimiento de derechos y deberes o identidad ciudadana. Desde este enfoque, la guerra de independencia fue un crisol de nacionalidad; por eso cierta corriente de pensamiento ha planteado que las guerras hacen a las naciones, especialmente cuando un país se defiende de una agresión externa. Así lo visualizaba Manuel Belgrano al afirmar: “Bien puede tener nuestra libertad todos los enemigos que quiera, bien puede experimentar todos los contrastes; en verdad nos son necesarios para formar nuestro carácter nacional”.

Justamente François Chevalier sostenía que en el desarrollo del sentimiento nacional en América Latina era esencial la oposición de un grupo a otro; en ese caso, a los peninsulares. Esta oposición “subsistirá en parte como dirigida contra el grupo extranjero más numeroso, pero se orientará también contra otras naciones, y pronto contra la más cercana y la más poderosa de todas: Estados Unidos del Norte”.

Así, la evidencia histórica pareciera indicar que entre las jóvenes naciones latinoamericanas se desarrolló un instinto natural de sobrevivencia, impulsado por la profecía o famosa premonición expresada por el Conde de Aranda en 1783 (José Pablo Abarca de Bolea, 1719-1798): “Esta república federativa (Estados Unidos) ha nacido pigmea porque la han formado y dado el ser dos potencias poderosas, como España y Francia, para conseguir su independencia. Llegará un día en que crezca y se torne gigante, y aun coloso temible en aquellas regiones. Entonces olvidará los benefi-cios que ha recibido de las dos potencias, y sólo pensará en su engrandecimiento (...). El primer paso de esta potencia será apoderarse de las Floridas a fin de dominar el golfo de México. Después de molestarnos así y nuestras relaciones con la Nueva España, aspirará a la conquista de este vasto imperio, que no podremos defender contra una potencia formidable establecida en el mismo continente y vecina suya” (Wikipedia).

Que el Conde de Aranda estaba en lo cierto queda demostrado por el hecho de que grandes personalidades de América Latina lucharon, desde antes de la independencia, por la idea de la Confederación o liga de las repúblicas hispanoamericanas, con el propósito de enfrentar las ambiciones expansionistas y colonialistas europeas y estadounidenses. En ese empeño se distinguieron varios gigantes del pensamiento latinoamericano y gobernantes de gran envergadura.

En efecto, en 1856, el gran pensador e historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna distinguía cuatro frases en la “idea de la Federación Americana”, a saber: el Pacto de los Americanos, firmado en París el 27 diciembre de 1797; el Congreso de Panamá, reunido en junio de 1826; el Congreso de Plenipotenciarios, reunido en Lima en enero de 1848; el Tratado Tripartito, celebrado entre Chile, el Perú y el Ecuador en 1856. Esta última etapa fue, según él, “hija del miedo a William Walker” (Vicuña Mackenna, 1862, 144, 148). Si Walker era un simple aventurero, ¿por qué inspiraría miedo en América del Sur? ¿Por qué se clamaba por la “alianza de pueblos, fraternidad de naciones, liga de repúblicas”?

El temor por la ideas políticas que impulsaban a Walker, y la solidaridad y la fraternidad entre los miembros de la “raza hispanoamericana” -“corrompida, bastarda y degenerada”, decía la prensa de Estados Unidosse habían manifestado desde antes de la invasión filibustera. En Costa Rica, desde una fecha tan temprana como marzo de 1845, el mentor Costarricense afirmaba que Polk en su último mensaje “habla de nuestro continente con un aire que no disimulaba sus miras ulteriores”. Y en junio ese mismo periódico advierte que “no son las discordias intestinas de la nación mejicana las que han dado margen a la usurpación de Tejas: es la ambición de los norteamericanos y el deseo de propagar la esclavitud”.

Y cuando el Destino Manifiesto y el filibusterismo están en su esplendor, el colombiano José María Torres Caicedo (1830 -1889), en junio de 1851, reflexiona sobre “la lid que con nosotros trabará el águila norteamericana (...) ¿Apelarán los norteamericanos a las armas si no logran anexar el Istmo a su Confederación? ¿Nos conquistarán?” Este pensamiento deviene más diáfano en 1856, al alertar que “el espíritu de conquista cada día se desarrolla más y más en la república que fundaron [George] Washington, [Benjamín] Franklin y tantos hombres ilustres (...). Los Estados Unidos, que estaban llamados a ser el sostén de las nacientes repúblicas americanas (...) como sus hermanas menores, olvidan su misión y conculcando sus deberes, y violando la justicia universal y aun las obligaciones de los pactos escritos, sedientos de denominación, van a destruir la independencia de pueblos débiles, y a participar del botín que le presentan algunos de sus espurios hijos” (Vargas, 2007, 223, 224).

Conforme la presencia filibustera se acerca, las denuncias del Destino Manifiesto y de las acciones expansionistas estadounidenses aumentan. En Costa Rica, como ya lo hemos indicado, Adolphe Marie lanza una clarinada acerca de esa siniestra doctrina, en octubre de 1854. Para finales de ese año, según Armando Vargas, “el país está preparado política y militarmente, con un arsenal ideológico preciso, para hacer frente al desafío histórico que le llegará de los Estados Unidos con el filibusterismo bandolero de [Henry L.] Kinney o de Walker”. Y como parte de lo que hemos llamado, siguiendo a Martí, “trincheras de ideas”, el activo y leal periodista español -verdadero internacionalistaEmilio Segura es contundente al afirmar:
“El coloso del Norte avanza. Ese pueblo esponja que desea absorber cuanto existe, esa nación que estrangula a México, magnetiza a Honduras, que tortura a Nicaragua y amenaza devorar nuestras fluctuantes nacionalidades, crece y se dilata con tal rapidez que muy pronto será imposible detenerla en su carrera asoladora (...). El peligro es inminente: el águila rapaz se cierne sobre nosotros: si no queremos sucumbir cobardemente entre sus garras, unámonos y (...) consolidemos nuestra nacionalidad vivificándola oportunamente” (eco del Irazú, noviembre de 1854).

Por su parte los diplomáticos de Costa Rica en Washington, Felipe Molina Bedoya y luego su hermano Luis, alertaban a las autoridades costarricenses acerca del expansionismo estadounidense. Por ejemplo, Felipe Molina, en carta enviada al ministro estadounidense L. Marcy, en relación con los planes “colonizadores” de Kinney en la Mosquitia, era categórico al afirmar que “cualquier tentativa para invadir el territorio de Costa Rica será repelida por todos los medios de que el gobierno de Costa Rica pueda disponer” (Boletín Oficial, 3 de febrero de 1855).

No hay duda de que los gobernantes costarricenses comprendían con precisión el significado del filibusterismo. Por eso ya el 31 de marzo de 1855 el Boletín Oficial (órgano del go-bierno) denunciaba la “hipocresía del gobierno de Estados Unidos”, quien “verbalmente condenaba las actividades de los filibusteros, pero por otro lado los favorecía decididamente”. Asimismo, Luis Molina, representante diplomático de Costa Rica en Washington, después de la muerte de su hermano Felipe ocurrida en febrero de 1855, en documentación oficial, con fecha 10 de noviembre de ese año, sentenciaba: “Es incuestionable que esta nación (Estados Unidos) se halla dominada por una pasión insaciable de engrandecimiento y riqueza, que le imprime un movimiento creciente de expansión, y parece haber debilitado o adulterado en ella las nociones de lo justo y de lo injusto. De aquí nacen el indiferentismo, la convivencia y aun complicidad de los que guían la sociedad con el filibusterismo”.

En otras partes de la misiva enviada a gobernantes europeos, a los que solicitaba ayuda para la causa de América Central, Molina hacía alusión al hecho de que los filibusteros, cuando fracasaban, contaban con “seguro asilo de impunidad (incluso podrían ser desautorizados, recordamos nosotros), pero si sus acciones eran “coronados por la victoria” entonces, “sus trofeos serán aceptados a la nación, en botín legítimo y ensalzadas sus piráticas proezas”.

El año 1856 es fundamental en la lucha entre la América española y la América sajona. La lucha de trincheras se lleva a cabo en Centroamérica, pero la fraternidad entre la “raza latina” se construye en el nuevo y el viejo continentes. Son abundantes las declaraciones como las siguientes: “Toda Centroamérica se levantará para rechazar esas bandas de forajidos norteamericanos, cuyos principios y actos son antisociales, anticatólicos y antihumanos”, atribuida al Papa Pío IX.

Asimismo, el embajador de España ante Costa Rica y Guatemala expresa:
“Por la raza hispanoamericana: (...) porque conserve y defienda siempre su Dios, sus tradiciones y la tierra en que yacen los huesos de sus padres; porque la generación contemporánea, si la Providencia le enviare días de prueba, sepa legar a sus hijos un nombre honroso y ofrecer al orbe un ejemplo digno de valor, de la hidalguía y nobles virtudes de sus mayores”.

Se confirma que la latinidad, conceptualizada en el sentido amplio de matriz civilizatoria, es elaborada como muralla protectora contra la voracidad, el poderío y la arrogancia del anglosajonismo. Por ejemplo, la prensa francesa pone en evidencia la magnitud del peligro: “La raza española está en víspera de ser absorbida en América por los anglosajones (...) jamás se había sentido con más imperio que hoy la necesidad de llevar a cabo el pensamiento de Bolívar: la confederación de las naciones de la América española. “Se clama por la unión”. La raza latina de América meridional tiene por barreras y dique contra la invasión de la dominante raza del norte a la América Central (...) que puede convertirse dentro de poco en eje del equilibro del Nuevo Mundo” (Bilbao, Francisco en Zea, 1993, 53, 58).

Y en América Latina las manifestaciones contra el expansionismo estadounidense se multiplican entre los medios diplomáticos y la prensa. El 12 de marzo de 1856, ocho días después de que el Ejército expedicionario saliera rumbo a Nicaragua, un diplomático colombiano afirmaba que “el gobierno de Nueva Granada había denunciado al mundo civilizado que los Estados Unidos, atropellando el derecho de gentes, quería llevar a cabo una agresión contra una nación amiga” (se refería a Costa Rica). Era enfático al afirmar:
“Aquí no había guerra de dos naciones, es la verdad. Pero era peor, infinitamente peor. Los filibusteros bautizados, apostados, organizados en el norte, y escudados bajo el pabellón de las estrellas en buques norteamericanos, han amenazado o invadido al Brasil en las Amazonas; al Paraguay; a Chile en Juan Fernández; al Perú; a Venezuela; y al Ecuador en la islas del huano (sic); a Nueva Granada en Panamá; a Centro América en Nicaragua y Costa Rica; a España en Cuba; a México en todas partes (...). Ha existido y existe una perfidia y una resolución muy firme de ir adelante desde el seno mexicano hasta los límites de Colombia”.

Del Secretario de Estado Lewis Cass se afirmaba que, menos de un año antes había expresado en el Congreso que era el momento “de apoderarnos del Istmo de Panamá, aunque para ello tengamos que sostener una guerra contra Inglaterra”.

Según una historiadora peruana, especialista en política exterior, la agresión de William Walker produjo una creciente hostilidad contra Estados Unidos en los países sudamericanos. En Chile, por ejemplo, “los diplomáticos estadounidenses podían considerarse bien servidos si se mantenía un simulacro de cortesía con ellos” (Garibaldi, 2003, 275, 281). En esa atmósfera de desconfianza, numerosos gobiernos hispanoamericanos dirigieron notas de protesta al gobierno estadounidense por su reconocimiento al gobierno de Rivas-Walker. En nota del 9 de julio de 1853, el canciller colombiano Lino de Pombo fue particularmente duro: el gobierno de Estados Unidos estaba perfectamente enterado de las circunstancias en que Walker agredió a Nicaragua y se apoderó, virtualmente, del poder. “Reconocer a ese gobierno (...) era equivalente (...) a respaldarlo con todo el poder estadounidense y facilitarle recursos inmediatos y abundantes para que triunfase”.
Por su parte, el 8 de septiembre de 1856, el ministro peruano Juan Ignacio de Osma expresó al secretario de Estado Marcy “la sorpresa de su gobierno por el reconocimiento de la autoridad usurpada por el Sr. Walker con el apoyo de la expedición que organiza en la Unión”. Ese reconocimiento que hacía:
“... que el gobierno peruano considere los acontecimientos de que hoy es teatro la América Central como el principio de una agresión contra la nacionalidad de todas las repúblicas hispanoamericanas, porque ese reconocimiento, aun sin otros actos oficiales y recientes del ministro estadounidense en Nicaragua, es equivalente a una declaración formal a favor de las ideas políticas que en los Estados Unidos dan origen a esas expediciones que atacan, en su base, unos principios sin los cuales no habría paz y armonía y relaciones entre los pueblos cristianos”.

Desafío al imperio
El 22 de junio de 1856, en París, “en presencia de treinta y tantos ciudadanos” de América del Sur, el gran pensador chileno Francisco Bilbao presentó el documento “Iniciativa de la América: Idea de un congreso federal de las repúblicas”. El propósito fundamental era crear una instancia que unificara el alma de la América y perpetuara la raza americana y latina. En ese importantísimo texto él sentenciaba que dos imperios pretendían renovar la vieja idea de la dominación del globo: el imperio ruso y los Estados Unidos. Rusia está muy lejos, decía, pero los Estados Unidos están cerca. “La Rusia retira sus garras para esperar en la acechanza, pero los Estados Unidos las extienden cada día en esa partida de caza que han emprendido contra el sur. Ya vemos caer fragmentos de América en las mandíbulas sajonas del boa magnetizador, que desenvuelve sus anillos tortuosos. Ayer Texas, después el norte de México y el Pacífico saludan a un nuevo amo”.

Bilbao, como otros grandes prohombres latinoamericanos, luchaba por hacer realidad la idea bolivariana de Confederación de las Repúblicas para “desvanecer las pequeñeces coloniales, para elevar la gran nación americana”.

“Y todo, fronteras, razas, repúblicas (...) todo peligra, si dormimos. Ya empezamos a seguir los pasos del coloso que, sin temer a nadie, cada año, con su diplomacia, con esa siembra de aventureros que dispersa: (...) con tratados precursores, con mediaciones y protectorados; aprovechándose de la división de las repúblicas; cada año más impetuoso y más audaz, ese coloso juvenil que cree en su imperio, como Roma también en el suyo (...) avanza como marea que suspende sus aguas para descargarse en catarata cobre el sur”.
Para Bilbao no era posible asumir una actitud pasiva, “no había que esperar a que la vanguardia de aventureros y piratas de territorios llegara a Panamá para pensar en la unión. Si no, después Perú sería el amenazado, como ya lo es por su Amazonas. Entonces ¡veríamos de qué peso serían Bolivia, Chile, las Repúblicas del Plata! Entonces veríamos cuál sería
nuestro destino en vez del de la gran unión del continente. La unión es deber, la asociación es una necesidad, nuestra asociación debe ser el verdadero patriotismo de los americanos del sur”.
Patriotismo: he ahí el gran imperativo, pues como sentenciaba Bilbao, el gran adalid de la “emancipación mental” de nuestra América, “Walker es la invasión, Walker es la conquista, Walker son los Estados Unidos”.
Igualmente, el periódico Neogranadino, el 17 de septiembre del año citado, en el artículo “La cuestión americana” apuntaba que, por medio del tratado Clayton-Bulwer, Estados Unidos pretendía “acrecentar su influencia y ganar territorios en Centro América”, y que los mismos norteamericanos habían procurado hacerse de una vía por Nicaragua, no sólo para asegurar sus comunicaciones en el istmo, sino para hacerse dueños del comercio del Pacífico, la China y el Japón. No obstante, en el logro de esos objetivos había topado con diversos obstáculos: intereses diversos de Nueva Granada, México, Gran Bretaña, España, Francia y la determinación de los pueblos centroamericanos de defender su soberanía. Entonces,
“En presencia de tantas dificultades, el pueblo yankee (sic) encontró en el filibusterismo la solución del problema, toda vez que con este medio, por infame y criminal que fuese, podía preparar su triunfo y sus conquistas en Centroamérica y más tarde en Cuba, Panamá, el Darién, Méjico, etc, etc., sin comprometer en nada su neutralidad oficial, de aquí las expediciones descaradas de Walker y Quiney (sic), preparadas a vista, ciencia y paciencia del pueblo y el gobierno de los Estados Unidos. [...]

Y no solo se efectúa la invasión a vista del mundo entero, sino al instante se establece una corriente de bandoleros dirigiéndose en busca de Walker y Quiney (sic), de buques con armas, municiones y recursos, y de noticias alarmantes que anuncian mil estragos. Todo eso sale de los Estados Unidos, en donde el filibusterismo encuentra no solo protección por medio de los hombres, armamentos, dinero, tolerancia, etc., sino lo que es más vergonzoso: escritores bastante impudentes para prostituir sus diarios en servicio de una causa tan infame y audaz [...]. Entre tanto el valeroso pueblo de Costa Rica, conducido en persona por su digno Presidente, el Sr. Mora, se lanza con generosa abnegación a la pelea, resuelto a salvar a Nicaragua de la raza de salteadores que la deshonraba. La marcha de los costarricenses ha sido triunfal; y solo la invasión del cólera ha podido detenerlos algunos momentos en su obra de redención y heroicidad patriótica.”

En consecuencia, para el Neogranadino, el asunto era muy evidente: “Desde 1855 se está jugando el drama de la independencia nacional en Centro América”.

En la misma perspectiva, el periódico cubano Diario de la Marina, del 30 de octubre de 1856, era contundente al manifestar que la suerte de los hispanoamericanos se estaba jugando en los campos de Nicaragua. Afirmaba que ante tal amenaza era necesaria una actitud defensiva, pues la falta de prevención como “indicio de flaqueza es presagio de ruina”. 

Entonces, “al combatir ahora en terreno centroamericano las repúblicas del Sur, no harían sino anticiparse al enemigo y excusarse los daños infinitamente mayores de una lucha dentro de su mismo territorio”. La conclusión era inequívoca. “Una coalición armada, franca y directa en contra del enemigo común, eso es lo que el lance aconseja, para no decir que lo exige”.

En esa atmósfera caracterizada por la resistencia al anglosajonismo y por la dignidad, una vez más se trata de hacer realidad el ideal de la asociación americana. Bajo el liderazgo de Perú, en particular de su presidente Ramón Castilla -“caudillo de la alianza y la fraternidad de los pueblos de la América española”, a decir de Vicuña Mackenna-, el 15 de septiembre de 1856 se firmó el Tratado Continental (más bien tripartito), suscrito por Chile, Ecuador y Perú. Dato significativo es que los pormenores de la agresión yanqui en Nicaragua eran conocidos en esos países gracias a la información que la cancillería costarricense les hacía llegar a esos países, que luego enviaban a otras cancillerías latinoamericanas.

par en ese Tratado Continental no lo firmaron, una “cohorte de brillantes escritores, afanosos y desinteresados obreros de la idea de asociación de la raza latina” continuó luchando por ese ideal. Resultado de ello, menos de dos meses después de ser firmado el Tratado Continental, los representantes de México, Nueva Granada, Venezuela, Costa Rica, Guatemala y El Salvador se reunieron en Washington. Después de dos días de negociaciones –8 y 9 de noviembre de 1856firmaron un tratado para el establecimiento de una alianza entre los estados de Hispanoamérica que se llamaría “Conferencia de los Estados Hispanoamericanos”: “Celebrar un pacto semejante en Washington, en ese año, constituyó un gesto de abierto desafío al gobierno de la Unión”. Este tratado tuvo su origen en la propuesta de los representantes de Guatemala y Costa Rica de entablar negociaciones para crear una confederación de índole defensiva, dirigida por el Congreso Plenipotenciario. Constituían puntos esenciales de esa propuesta “el no ceder jamás ni enajenar parte alguna de sus territorios, ni tampoco conceder privilegios para hacer carreteras o canales a ciudadanos
o compañías extranjeras”.

En esa iniciativa guatemalteca y costarricense visualizamos un protagonismo significativo de Costa Rica, sobre todo si lo asociamos al hecho de que en diciembre de 1856 el gobierno de Costa Rica envió a Gregorio Escalante y a Nazario Toledo a Perú y Chile, respectivamente, con una misión muy especial: invitar a los gobiernos hispanoamericanos a un congreso americano en San José, proyectado para mayo de 1857, y para obtener un préstamo de trescientos mil a quinientos mil dólares para la lucha contra Walker.

La nota circular de invitación, destaca Rosa Garibaldi, que cursaba directamente al canciller de Costa Rica, contenía fuertes acusaciones contra el gobierno de Estados Unidos. Resulta de interés el constatar que el gobierno de Chile envió una nota a su homólogo boliviano comunicando su aceptación a la invitación del gobierno de Costa Rica al proyectado congreso. Además expresaba la “determinación de utilizar todos los medios a su alcance para expulsar a los norteamericanos de Nicaragua, y alentaba a Bolivia a “hacer idéntico esfuerzo”.

Con respecto a las gestiones de orden financiero realizadas por los diplomáticos costarricenses, cabe destacar que estas se concretaron en un empréstito de 100.000 pesos que el gobierno peruano concedió al costarricense en condiciones muy favorables. Por ello, Cleto González Víquez, quien además de ser presidente de Costa Rica fue destacado historiador, afirmó que no fue propiamente un negocio, sino “más bien un servicio de amistad y una demostración de simpatía a Costa Rica, por su actitud de defensa contra el filibusterismo” (González Víquez, 1914; en Quesada, 2001, 350).

Como era de esperar, ese sueño de hermandad de la “raza latina” contó con la oposición del gobierno de Estados Unidos. Poco después de la firma del Tratado Continental, el ministro estadounidense John Randolph Clay externó al canciller peruano José Fabio Melgar una actitud negativa a que dicho Tratado incluyera el primer punto de la declaración de París, en el cual las naciones firmantes renunciaban a su derecho de comisionar corsarios para navegar contra el comercio de un enemigo en tiempo de guerra (¿No es cierto que Walker era un corsario?). Para él, eso equivalía a ceder el control permanente del mar –y con ello el comercio del mundoa una de las más grandes potencias navales: la Gran Bretaña. El funcionario estadounidense, profundamente contrariado por la oposición de Perú a retirar el Tratado para enmendarlo en el sentido deseado por Estados Unidos, trató de provocar divisiones entre la clase política peruana, y acusó al Brasil de fomentar la conspiración de Chile y Perú para armar una alianza sólida “contra las ambiciones e intervenciones de los Estados Unidos”.

En cuanto al Tratado de Washington, el Secretario de Estado Lewis Cass manifestó que, con sus disposiciones para la defensa conjunta contra agresiones de potencias extranjeras y expediciones de filibusteros, constituía un desafío a Estados Unidos. En junio de 1857, Clay manifestó al nuevo canciller peruano que la ratificación de ese tratado, por parte de la Convención Nacional, podría complicar las relaciones entre Perú y Estados Unidos; que “las naciones firmantes de los tratados (el Continental y el de Washington) se habían constituido en una liga para controlar el poder de los Estados Unidos”.

Con el propósito de lograr la adhesión de Centroamérica al Tratado Continental, el 22 de enero de 1857 llegó a Costa Rica una legación peruana encabezada por el jurisconsulto Pedro Gálvez. Según Lorenzo Montúfar, el fin era obtener, “no la confederación imaginada por el libertador, pero siquiera una liga que contribuyese a salvar los pueblos iberos de invasiones extranjeras”. Esto parece ser así, pues en el discurso de presentación, el diplomático peruano expresó: “A mí me ha cabido la honra de ser acreditado cerca de este hermoso país, y el encontrarlo presidido por un gobierno tan activo, como patriota e ilustrado, me inspira la confianza de que la misión que trae por enseña la “Unidad Americana” hallará aquí un eco digno del porvenir que encierra esa idea magnífica”.

A finales de enero, Gálvez recibió la noticia de que, en virtud de acontecimientos políticos ocurridos en su país, ningún buque peruano podría acudir a los puertos de Centroamérica para apoyar las acciones de la legación y prestar un servicio activo a la causa centroamericana. Entre tanto, Costa Rica, que a decir de Montúfar no tenía bastante confianza en la cooperación de las otras repúblicas centroamericanas, emprendía esfuerzos para reconstruir su ejército y continuar las acciones contra Walker. Con ese motivo, Juan Rafael Mora autorizó a Gálvez para que en representación de Costa Rica y con los más amplios poderes coordinara con el gobierno de Guatemala la acción unida de todos los estados centroamericanos...

Lo anterior era particularmente urgente para Juan Rafael Mora, en vista de que James Buchanan –el llamado “ministro filibustero” en 1843– ocuparía la Casa Blanca el 4 de marzo. Dado que Buchanan era uno de los jefes más acreditados del partido demócrata, Mora pensó, con toda lógica, que favorecería de una manera decidida a Walker. Esta aprehensión explica la misión de Gálvez en Guatemala y el que enviara en misión extraordinaria a Lorenzo Montúfar a El Salvador (este había sido nombrado Ministro de Relaciones Exteriores en setiembre de 1856).

La continuidad entre Pierce y Buchanan es incuestionable, pues según Armando Vargas, en un manifiesto electoral de 1856 el último afirmaba que “el día llegará cuando la lengua inglesa -expresión de la libertad cristiana civil y políticasea el idioma de la mayor parte del mundo habitado”. Las metas de Buchanan en Centroamérica eran muy claras: barrer la influencia europea y establecer el control de los Estados Unidos, “por compra, anexión o intervención”.

Un epílogo necesario
Hace casi 156 años, los esfuerzos de solidaridad continental generados por el “miedo” a William Walker y al expansionismo de los Estado Unidos no dieron los frutos esperados por los adalides de la “unión americana”. Esto se puede explicar por varias razones: las naciones hispanoamericanas estaban demasiado involucradas en sus problemas domésticos para centrarse en las relaciones exteriores. “Ninguna de las jóvenes repúblicas tenía una sólida base financiera”. Podría decirse, de acuerdo a la percepción que en su época tuvo Vicuña Mackenna, que la “patria individual” fundada en 1810 –como herencia de la división político-administrativa de la colonia-, tuvo más asidero que la “Patria común”, cosa que por lo demás hoy todavía sigue siendo una hermosa utopía.

Pero más importante fue la acción de las grandes potencias que dirigían su política exterior impulsadas por el principio de “divide y vencerás”. En cuanto a Estados Unidos, se ha documentado cómo ese país combatió enérgicamente el Tratado Continental y el de Washington, y aunque se necesita investigar más, es muy probable que incidiera en la no realización del Congreso Hispanoamericano convocado por Juan Rafael Mora, por realizarse en mayo de 1857. Claro está, el hecho de que Walker se rindiera el primero de ese mes podría haber incidido para que los centroamericanos bajaran la guardia o mermaran el entusiasmo por esa convocatoria.

Es un hecho que en 1857, cuando Costa Rica y Nicaragua seguían enfrascados en lo que pareciera ser la eterna “cuestión de límites”, Estados Unidos manifestó que “Costa Rica y no las fuerzas filibusteras apoyadas por el gobierno de Washington había sido el agresor”. Así, de acuerdo con Luis Molina, Estados Unidos apoyaba a Nicaragua en el asunto limítrofe para “castigar a Costa Rica por su conducta decidida contra el filibusterismo, por medio de los mismos que fueron sus cómplices”.

Es necesario recordar, además, que Félix Belly, en artículos publicados en Francia desde 1856, había hecho una enérgica defensa de las repúblicas centroamericanas que enfrentaban a los agentes del destino manifiesto. Desde entonces realizó un corajudo alegato en favor de la neutralidad de las vías interamericanas amenazadas por Estados Unidos, que a inicios de 1858 trataba de imponer a Nicaragua el Tratado de Cass-Irisari, “el cual venía a echar por tierra la garantía de independencia de América Central”.
Como era de esperar, las gestiones de Belly provocaron una violenta reacción en el “vástago anglosajón”, cuya prensa lo cubrió de improperios y sarcasmos. Igualmente, la diplomacia estadounidense amenazó a Nicaragua con imponerle por las armas una indemnización de seis millones de dólares “si no rompe con ese señor”. ¿No es cierto que eso era un anticipo o muestra de la diplomacia de la cañonera?

Visto desde la perspectiva de la larga duración, a pesar de las “pequeñeces individuales” que tanto cuentan, en anticipo de la política del “gran garrote” en la lucha contra los filibusteros se forjó una importante conciencia nacional. Probablemente las generaciones posteriores, especialmente grupos gobernantes, no hemos sabido cómo honrar a nuestros antepasados de 1856-1857. Por ello, hoy, al menos como desagravio, debemos esforzarnos por recuperar de esa gesta un legado imborrable: el nombre de latinoamericanos. En efecto, como un bello ejemplo de lucha en las “trincheras de ideas”, José María Torres Caicedo, bautiza –más bien reafirmaa los pueblos meridionales del mundo de Colón con el nombre perdurable de América Latina (Vargas, 2007, 221).

Efectivamente, fechado en Venecia, el 26 de setiembre de 1856, Torres Caicedo, escribió el extenso poema titulado “Las dos Américas”. Ahí se dice: La tierra mexicana estaba entonces
en contrarias facciones dividida:
-¡Ay del pueblo que en guerra fratricida oye el grito de guerra nacional!
En vano fue que sus mejores hijos valientes se lanzaban al combate, que el enemigo en su carrera abate las huestes mexicanas, su pendón; el yankee odiando la española raza, altivo trata al pueblo sojuzgado,
y el campo, encontrándose adueñado, se adjudica riquísima porción...
A su ancho pabellón estrellas faltan, requieren su comercio otras regiones; mas flotan en el Sur libres pendones, -¡Que caigan! dice la potente Unión. La América Central es invadida,
el Istmo sin cesar amenazado,
y Walker, el pirata, es apoyado por la del Norte, ¡pérfida nación!
El seno de la América valiente desgarran ya sus nuevos opresores; hoy sufre Nicaragua los horrores
de una ruda y sangrienta esclavitud: Tala los campos el audaz pirata, pone fuego a las villas y ciudades; ¡y aprueba sus delitos y maldades su patria, tierra un tiempo de virtud!
¡No! que esa raza noble, generosa, exenta está de sórdido egoísmo,
y al escuchar la voz del patriotismo, se distingue con hechos sin igual. La tierra América española
no ha brotado ni bajos, ni traidores; y se verán sus tercios vencedores, si le provocan guerra nacional.
Los que ayer arrollaron denotados
las huestes castellanas por do quiera, sostendrán el honor de su bandera
y el nombre de la América del Sur;
sus hijos, de esas glorias herederos,
el brillo aumentará de nuestra historia, que lucha por la patria y por su gloria, sabe la americana juventud.
IX
Mas aislados se encuentran, desunidos, esos pueblos nacidos para aliarse:
la Unión es su deber, su ley amarse, igual origen tienen y misión;
la raza de la América latina,
al frente tiene la sajona raza, enemiga mortal que ya amenaza
su libertad destruir y su pendón.
Un mismo idioma, religión la misma, leyes iguales, mismas tradiciones: todo llama a esas jóvenes naciones unidas y estrechadas a vivir.
¡América del Sur! ¡ALIANZA, ALIANZA en medio de la paz como en la guerra; así de promisión tu tierra
la ALIANZA formará tu provenir!
X
Mas ¿qué voces se escuchan por do quiera? ¿Qué expresan esos gritos de agonía?
¿Qué quiere aquella turba audaz, impía, que recorre la América Central?
¡Qué ¡mancillado el suelo americano
por un puñado de invasores viles!
¿Dónde, dónde están los pechos varoniles de la española raza tan marcial?
¡A las armas! ¡Corramos al combate! ¡A defender volemos nuestra gloria,
a salvar de la infamia nuestra historia, a sostener la Patria y Honor!
El Norte manda sin cesar auxilios a Walker, el feroz aventurero,
y se amenaza el continente entero, ¡y se pretende darnos un señor!
¡A la lid! Mientras alienten nuestros pechos, mientras circule sangre en nuestras venas, repitamos, si es fuerza, las escenas
de Ayacucho, de Bárbula y Junín.
El pueblo que pretende encadenarnos nos encuentre cerrados en batalla, descargándole pólvora y medalla,
¡al claro son de bélico clarín!
La paz santa; más si mueve guerra
un pueblo audaz a un pueblo inofensivo,
la guerra es un deber –es correctivo-,
y tras ella la paz se afirmará.
¡UNIÓN! ¡UNIÓN! Que ya la lucha empieza, ¡Pueblos del Sur, valientes, decididos,
el mundo vuestra ALIANZA cantará!...
(Caicedo, 1857).

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