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Falacias de la vida cotidiana

Contacte al Autor: Yors Guillermo Solís Vargas, Licenciado en Filosofía

INTRODUCCIÓN
El título de este escrito hace referencia al libro Metaphors We Live By de Lakoff & Johnson, publicado en 1980, traducido como Metáforas de la vida cotidiana en 2001 por la editorial Cátedra. La diferencia entre este texto y el artículo actual es que el primero se centra en las metáforas, mientras que este en las falacias.
En el presente escrito se procura demostrar que las falacias, así como las metá-foras, se han interiorizado en el lenguaje cotidiano de la mayoría de las perso-nas sin formación en lógica, principalmente, al punto de no poder detectarlas o distinguirlas y, en muchos casos, evitarlas. Son tan comunes y mecánicas como decir “buenos días”, “Dios lo acompañe”, “hasta luego”, etc. Desde generali-zaciones apresuradas como “los sindicatos no sirven para nada, por eso hay que eliminarlos” o “todos los de la municipalidad son unos vagos, nunca trabajan bien”, hasta llamados al pueblo como “hay que ir al estadio, la Sele es el equipo de todos”.

En cuanto a la historia de las falacias, se podría decir, brevemente, que na-cieron con Aristóteles cuando este fundó la disciplina de la lógica (con su teoría del silogismo) hace alrededor de 2 300 años atrás, visible hoy en su obra recopilatoria Órganon (όργανον “instrumento”) (1982). Desde entonces las falacias han representado lo contrario a la expresión de un lenguaje lógica-mente correcto. En Aristóteles se les conocía como refutaciones sofísticas y las concebía como paralogismos (παραλογισμός “razonamientos inválidos o desviados”), definiéndolos de la siguiente manera: “Que unos razonamientos, pues, lo son realmente, y otros, aunque no lo son, lo parecen, es manifiesto” (Aristóteles, 1982, p. 309). En otras palabras, las falacias, desde la Antigua Grecia, se conocen como razonamientos que son persuasivos, pero lógica-mente incorrectos.
La idea de un lenguaje ideal o perfecto basado en la lógica, como lo han de-seado filósofos a través de la historia del pensamiento (Ars Magna de Ramón Llull, La logique ou l’art de penser de Antoine Arnauld y Pierre Nicole de Port Royal, Characteristica universalis de Gottfried Leibniz, etc.), ha sido solo un propósito ambicioso que no se ha podido completar en la realidad, mucho menos si lo que se ha pretendido es simbolizar el lenguaje cotidiano al que, como es evidente e inherente a su propia naturaleza, no es posible imaginarlo sin ambigüedades. Incluso, si se reuniera a los filósofos y estudiosos más des-tacados de la lógica para que crearan un lenguaje lógico formal perfecto, sería un proyecto sin mucho futuro desde el inicio —esto ya se pudo comprobar con lo que se conoció como el proyecto clásico de la filosofía analítica; Muguerza (1986) y Mosterín (1999), entre otros, han evidenciado esto—.
Algunos investigadores de la lógica, Fischer (1970), Hamblin (2016), etc., han logrado clasificar decenas de falacias que durante el desarrollo de esta disci-plina han sido detectadas, organizadas y teorizadas; sin embargo, en el ám-bito del lenguaje habitual es casi imposible dar cuenta de todas las posibles falacias que se cometen de manera consciente o inconsciente. La mayoría de los usos que se le dan al lenguaje cotidiano, generalmente, quedan al margen de la puesta en práctica de la lógica, por lo que el uso fluido y descuidado de la lengua se ha desarrollado de manera casi espontánea, caótica y sin ningún miramiento al aspecto lógico.
Las diferencias semánticas, pragmáticas o fonológicas de una variante dialectal a veces se distancian tanto de su lengua madre que se provoca un lenguaje nuevo (como es el caso del español frente al latín). Esto es factible y hasta cierto punto es aceptable debido a la vitalidad y flexibilidad que requiere una lengua, pero de la misma manera, si se acostumbra a hablar descuidando la formulación correcta de razonamientos simples y cotidianos, como por ejemplo el de afirmar una gene-ralización, aunque no se cuente con toda la evidencia para hacerla, puede provo-car un lenguaje cotidiano cada vez menos lógico. ¿Cuáles implicaciones conlleva este hecho?, es una cuestión que científicamente sería muy difícil de determinar, pero intuitivamente se podría decir que, si cada vez se habla más ilógicamente, el pensamiento y, por ende, el lenguaje, está siguiendo un “razonar” contradictorio, un “orden” caótico y descuidado en el cual lo racional no es lo que está guiando el pensamiento, sino más bien lo irracional, inverosímil o metafórico.

Según Irving Copi, en su famoso libro Introducción a la lógica (publicado por primera vez en 1953), las falacias son razonamientos incorrectos que pueden persuadir psicológicamente, es decir, se trata de razonamientos que parecen correctos, pero que al analizarse con más cuidado son lógicamente incorrectos.
Un uso perfectamente correcto de la palabra es el que se le da para designar cualquier idea equivocada o creencia falsa, como la ‘falacia’ de creer que todos los hombres son honestos. Pero los lógicos usan el término en el sentido más estrecho y más técnico de error en el razonamiento o la argumentación […]. En el estudio de la lógica, se acostumbra reservar el nombre de ‘falacia’ a aquellos razonamientos que, aunque incorrectos, son psicológicamente persuasivos. Por tanto, definimos falacia como una forma de razonamiento que parece correcto, pero resulta no serlo cuando se lo analiza cuidadosamente (Copi, 2005, p. 81).
Siguiendo a Copi (2005), existen dos grandes tipos de falacias: las formales (un error en la forma del argumento), que remiten a la invalidez de razonamientos formalizados de manera más especializada en el ámbito específico de la lógica; un ejemplo tomado del lenguaje cotidiano es el siguiente: “Si una persona es buena con los niños entonces es buena madre, la nueva compañera de trabajo es buena madre; por lo tanto, debe ser buena con los niños”, esta falacia formal se conoce como afirmación del consecuente, y se comete al razonar de la siguiente forma:

Y el otro tipo de falacias son las no formales, que remiten al lenguaje informal, al lenguaje de uso cotidiano. Dentro de este tipo de falacias no formales exis-ten dos subdivisiones: las de atinencia, que son las que se ejemplificarán en el siguiente apartado y que refieren a la no relación o atinencia lógica entre las premisas o razones dadas para la conclusión de un razonamiento o argumento; y las falacias de ambigüedad, que significan razonamientos incorrectos debido a palabras o frases ambiguas dentro de su formulación, como por ejemplo decir “conozca Costa Rica, aquí somos pura vida”. ¿Qué quiere decir “pura vida”? 
En vista de que aquí se va a tratar sobre las falacias de la vida cotidiana, en el siguiente apartado solo se pondrá en evidencia falacias de tipo no formal, espe-cialmente de atinencia.

EJEMPLOS DE FALACIAS DE LA VIDA COTIDIANA 
A continuación, se mostrarán algunas de las falacias no formales más comunes producto de la experiencia cotidiana del escritor de este artículo. Al tratarse de ejemplos coti-dianos en el contexto costarricense en el que vive el autor, se pueden citar las falacias como tales y su explicación, pero los ejemplos no, ya que los libros de lógica presentan ejemplos generales o propios de otros contextos o experiencias de otro autor.
El tipo de falacia y su explicación son tomados, mayormente, del libro de Copi (2005), antes citado. Además, junto a cada falacia se muestra el nombre que en ocasiones han recibido del latín en discursos filosóficos, principalmente.

• Falacia de generalización apresurada o accidente inverso (secundum quid): Según Copi (2005), esta falacia consiste en examinar solamente unos casos de una cierta especie y, a partir de estos, generalizar una regla que solo se adecue a estos pocos casos. Esta es una falacia muy común; parece ser que el pensamiento por naturaleza
o por influencia social tiene la tendencia a generalizar afirmaciones, aunque no se hayan verificado todos los casos posibles para asegurar lo dicho. Se debería prestar atención especial a este tipo de falacia, ya que su uso (consciente o no) podría refle-jar no solo problemas lógicos, sino éticos, morales, políticos, legales, culturales, etc., como se pondrá en evidencia a continuación. Por ejemplo, si se dice “todos los polí-ticos de Costa Rica son corruptos y roban”, no solo se está incurriendo (consciente o no) en un error lógico, ya que se está generalizando un hecho del que no se cuenta con todas las pruebas para hacerlo, sino también es una afirmación que puede, even-tualmente, tener malas consecuencias sociales o, incluso, legales, por tratarse de una posible injuria si se dirigiera públicamente hacia algún político en específico. Otros ejemplos relacionados con esta falacia y que podrían tener consecuencias discrimi-natorias si se afirman públicamente son “todos los nicaragüenses son machistas” o “los colombianos son narcotraficantes”. Para validar lógicamente una generalización, se deberían conocer todos los casos, sin ninguna excepción; algo así como tener evidencia de que a TODOS los políticos actuales de Costa Rica, hasta el momento de la afirmación, se les ha demostrado conductas ilegales.


• Falacia de ataque a la persona (ad hominem): Siguiendo a Copi (2005), esta falacia consiste en atacar a la persona y no al argumento que esa persona da ante una dis-cusión. Ejemplo: “No le haga caso a ese nutricionista, dice que hay que comer sano y siempre se le ve comiendo frituras”. Que un nutricionista afirme que hay que comer sano es distinto a que él no lo haga, ya que los argumentos que puede dar para que una persona coma sano pueden ser válidos, aunque este no los acate para sí mismo. Otros ejemplos de ataque a la persona, pero más conocido como ataque a las cir-cunstancias o creencias de una persona, son los siguientes: “Usted no debería opinar sobre política en Costa Rica, ya que se está ante una democracia y usted es un co-munista”; “Usted que es católico, debería ir en contra de la legalización del aborto”. De la misma manera que en el primer ejemplo de este tipo de falacia ad hominem, el hecho de ser comunista no impide el poder plantear argumentos válidos sobre la democracia, así como tampoco ser católico impide tener razonamientos correctos a favor de la legalización del aborto. Las circunstancias o las creencias de una persona no lo imposibilitan para formular argumentos válidos sobre temas que estén fuera de sus circunstancias o creencias personales.

• Falacia de causa falsa (non causa pro causa): Esta falacia “indica el error de tomar como causa de un efecto algo que no es su causa real” (Copi, 2005, p. 93). Ejemplos: “Ese vecino tiene muy malas finanzas, de seguro es porque no está con Dios”; “Ha estado haciendo tanto calor que de fijo es porque va a temblar”. El hecho de tener malas finanzas no está relacionado con la poca o nada creencia en un dios; más bien sí con el orden, la planificación o la formación financiera que tenga una persona. Así tampoco el hecho de que alguien perciba mucho calor está relacionado con el hecho infalible de que vaya a temblar. Esto último puede generar reacciones infundadas de alarmismo o nerviosismo.


• Falacia de llamado al pueblo (ad populum): Copi (2005) explica que este razona-miento incorrecto consiste en hacer un llamado a la mayoría para que se apruebe un razonamiento incorrecto. Ejemplo: “Usted no debería ir con el Barcelona, ya que Keylor Navas juega en el Real Madrid y todos los costarricenses deberíamos de apo-yarlo”. Aunque la mayoría esté de acuerdo con algo, eso no se debe tomar como premisa verdadera para afirmar que ese algo es lo lógicamente correcto. Esto podría conllevar a la acriticidad de este y otros temas; algunos que pueden ser de mayor importancia, como la elección de candidatos políticos por apoyo de las mayorías, o las elecciones de costumbres dañinas, como la de utilizar transporte ilegal solo por ser popular.
• Falacia de apelación a la misericordia (ad misericordiam): Esta falacia consiste en apelar a la misericordia para defender un razonamiento incorrecto (Copi, 2005). Ejemplo: “A los adolescentes que roban no deberían culparlos, ya que sus padres seguro no los quisieron cuando eran niños”. Aunque podría haber una relación entre una mala crianza y los actos indebidos que un adolescente cometa, no se puede justificar lógicamente el robo o cualquier otro mal comportamiento solo por este hecho. Esto puede estar generando la cultura del “pobrecito”, la cual otorga más importancia a la misericordia que a los hechos objetivos.


• Falacia de petición de principio (petitio principii): Este razonamiento incorrecto consiste en presentar la conclusión de un razonamiento como premisa o prueba de validez de este mismo (Copi, 2005). Ejemplo:
—¿Por qué no quiere hacer eso?
—Porque no quiero.
Esta falacia es una excepción a la atinencia entre premisas y conclusión de un argu-mento, ya que la conclusión se está utilizando como premisa. Su uso puede significar un ejemplo de soberbia o pereza mental por parte de quien incurra en este razona-miento incorrecto. Es común en niños, pero su utilización en adultos puede significar no querer dar razones o eludir una cuestión que puede ser importante.


• Falacia de apelación a la autoridad (ad verecundiam): Esta falacia consiste en ape-lar a una autoridad que no es especialista en un campo para usarla como premisa o prueba de validez en afirmaciones de ese campo (Copi, 2005). Ejemplo: “Lionel Messi usa Rexona, por lo que debe ser el mejor desodorante del mundo”. Este caso en específico puede conllevar a la influencia irracional de utilizar productos que no tengan registros sanitarios o que signifiquen una promoción de mercadería extranje-ra frente a la mercadería nacional.

• Falacia de apelación a la fuerza (ad baculum): Este razonamiento incorrecto con-siste en la apelación a la amenaza para que se acepte un argumento (Copi, 2005). Ejemplo:
—¡Todos los profesores deben apoyar el bingo de la institución!
—Pero el bingo está fuera de nuestro horario.
—Sí, pero si no apoyan, tampoco esperen apoyo de la institución.
Este tipo de falacia se puede evidenciar también en discursos políticos en donde se apela a que se vote por X candidato si se quieren ciertos beneficios. Es evidente, junto con el problema lógico, el problema moral o incluso legal que conlleva el uso mal intencionado de esta falacia: se podría coaccionar a alguien para que realice, piense o exprese algo en contra de su voluntad o en contra de lo legal.


• Falacia de pregunta compleja (plurium interrogationum): Este razonamiento inco-rrecto consiste en suponer una respuesta a una pregunta previa no realizada, para luego esperar una respuesta que confirme la respuesta de esa pregunta previa no realizada (Copi, 2005). Ejemplo:
—Todo el mundo debería tener hijos, ¿cuántos hijos quiere tener usted?
—Disculpe, pero ni siquiera me preguntó si quiero tenerlos primero.
En ámbitos judiciales esta falacia podría confundir a alguien que está siendo inte-rrogado. Así también, algunos periodistas podrían utilizar esta falacia en entrevistas para intentar poner en evidencia información que le serviría de popularidad al me-dio, pero que no es veraz, como por ejemplo preguntar a una persona que es sospe-chosa de un crimen por qué cometió el delito, sin antes preguntar si realmente fue él quien lo cometió.

Otras falacias que se pueden identificar en la vida cotidiana, y su fundamento se pue-de encontrar en el libro Uso de razón: diccionario de falacias de García (2000), son la falacia de apelación a la tradición (ad antiquitatem), la cual consiste en apelar a la tradición de algo para sostener una afirmación; por ejemplo: “Las mujeres deben hacerse cargo de los quehaceres del hogar, son las mejores en eso debido a que siempre lo han hecho”; o “se debería seguir enseñando religión centrada en las enseñanzas católicas y no otras; la religión católica es nuestra religión oficial desde hace más de setenta años”. Una falacia opuesta a esta última es la de apelación a la novedad (ad novitatem), la cual consiste en apelar a la novedad de algo para sostener una afirmación; ejemplos de esta falacia: “Las mujeres de hoy deben ser más abiertas al sexo”; “Mi celular es mejor que el suyo, ya que es un modelo más nuevo”. Otra falacia que es poco común, pero que se puede escuchar en ocasiones, es la de la apelación a la ignorancia (ad ignorantiam), la cual consiste en apoyar una afirmación con el hecho de no poder probar lo contrario; por ejemplo: “Si no puedes probar la no existencia de Dios, quiere decir que Dios sí existe”; “Nunca se ha probado científicamente la existencia de extraterrestres, pero tampoco la no existencia: deben ser tan escurridizos que no se dejan ver con claridad”. 
Así como las anteriores, estos últimos ejemplos de falacias no solo representan errores lógicos, también se puede intuir que presentan malas intenciones, que pueden signifi-car consecuencias dañinas en algún aspecto humano debido a su uso.

Ni estos ejemplos ni las falacias aquí citadas son las únicas que se pueden encontrar en la cotidianidad de una persona, por lo que un lector atento podría identificarse con lo aquí expuesto y, a la vez, podría enriquecer este escrito con sus propios ejemplos y su futura experiencia a raíz del artículo. 

Un discurso muy común, por ejemplo, que puede generar malas consecuen-cias sociales si no se le analiza de manera lógica, es el político. Imaginar un pueblo que no detecta falacias por parte de sus gobernantes, o futuros go-bernantes, es un pueblo acrítico, que podría decidirse por razones afectivas o emotivas y no por razones lógicas, por lo que, a la larga, este pueblo no tendrá herramientas para comprender y expresar sus desacuerdos a quienes gobiernan la vida en sociedad. La nación sería gobernada, entonces, por un cúmulo de malintencionados engañadores sociales o por un grupo de gobernantes deshonestos que dirigen a un pueblo incapaz de distinguir-los y confrontarlos con argumentos válidos. El cuidado, la educación y el constante análisis en el tema de la lógica no deberían tomarse a menos, ya que, como se pudo comprobar, puede ir más allá de lo meramente lógico o ilógico y afectar otros aspectos humanos más sensibles.

CONCLUSIÓN
Para terminar, se podría decir que evidentemente no se puede imaginar un mundo en el que todos hablen conforme a la lógica sin cometer falacias de algún tipo, pero un mundo en el que la mayoría de la población cuida sus palabras y razona lo que dice es factible.
El uso descuidado y cambiante del lenguaje es común y demuestra la vi-talidad de la lengua, así como la posibilidad de crear y cambiar la manera de comunicarse. Pero este hecho en el ámbito lógico puede ser peligroso, pues no comunicar de forma clara y racional algún pensamiento, o no poder identificar de manera inmediata un discurso falaz, puede generar conflictos, desacuerdos o decisiones que provoquen perjuicios en aspectos humanos más allá del intelectual. 
Una mejor formación en lógica, no solo desde campos profesionales, sino desde tempranas edades, es necesaria para evitar disgustos, expresiones discriminatorias u ofensivas, malas decisiones políticas, confusiones en la comunicación, etc., a partir de un uso no lógico del lenguaje.
Aunque en la última década el Ministerio de Educación Pública de Costa Rica ha mostrado interés por la enseñanza de la lógica, todavía no es tan atinente este interés, debido a que se ha dejado esta disciplina en manos de los profesores de Español de secundaria, para quienes, aunque sean competentes en la docencia, el tema de la lógica no está dentro de sus ha-bilidades adquiridas como parte de su formación; asimismo, esta enseñanza se ha relegado a una parte del programa de filosofía que se imparte hasta undécimo año: el último de la educación que brinda el Gobierno, la cual en esas instancias (la diversificada) no es obligatoria y no se brinda en todos los colegios del país. Por lo tanto, ante esta situación se espera abrir un debate, con este artículo, para analizar la necesidad de una enseñanza de la lógica con más atino, más sistematicidad y más cobertura.

  • Aristóteles (1982). Tratados de lógica I (Órganon). Trad. Miguel Candel Sanmartín. Madrid: Gredos.
  • Copi, I. (2005). Introducción a la lógica. Trad. Néstor Alberto Míguez. Buenos Aires: Eudeba.
  • Fischer, D. H. (1970). Historians’ fallacies: Toward a logic of his-torical thought. New York: Har-per & Row.
  • García, R. (2000). Uso de razón: diccionario de falacias. Ma-drid: Biblioteca Nueva.
  • Hamblin, C. (2016). Falacias. Trad. Hubert Marraud. Lima: Pales-tra Editores.
  • Lakoff, G. & Johnson, M. (1980). Metaphors We Live By. Chi-cago: University of Chicago Press. Versión en español: Me-táforas de la vida cotidiana. Trad. Carmen González Marín. Madrid: Cátedra.
  • Mosterín, J. (1999). Grandeza y miseria de la filosofía analítica. Revista Cuaderno Gris. Época III, 4: 33-42.
  • Muguerza, J. (1986). Esplendor y miseria del análisis filosófi-co. En Muguerza, J. (Comp.) (1986). La concepción analítica de la filosofía. Madrid: Alianza.
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