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Elementos básicos de género y perspectiva de categoría analítica

Contacte al Autor: Virginia Monge Acuña

Surgimiento y desarrollo

La sociedad local, nacional y global reproduce las normas que históricamente se han ido conformando, a consecuencia de la interacción entre factores socio-culturales correspondientes a un momento y espacio particulares. De esta manera, la diferenciación de los géneros femenino y masculino, en sus aceptados o cuestionados papeles específicos, se revela y transmite también en el campo educativo. Es gracias a los estudios de género iniciados en el decenio de los años 1950 por la sociología, que se hace evidente la necesidad insoslayable de investigar formalmente las relaciones entre la diferenciación de los sexos y el grado de igualdad con el cual funcionan en la sociedad.

Esta nueva perspectiva investigativa inicialmente enfocada hacia la desigualdad en contra de las mujeres, y formalizada en los departamentos universitarios de Estudios de la Mujer, ha evolucionado hasta cubrir estudios de masculinidad y diversidad de orientación sexual, enriqueciendo significativamente la conceptualización de la identidad con respecto al género. Más precisamente, es en las décadas a partir de 1970 cuando surge con mayor fuerza la categoría de género y ofrece elementos aplicables a la investigación educativa. Expertos en las humanidades principalmente, y en las ciencias naturales, continúan a partir de 1970 haciendo estudios de género desde las perspectivas de los diferentes campos del conocimiento. Se pueden ver, por ejemplo, los estudios de Elizabeth Kocher Adkins y Ann Oakley en biología, los de Margaret Benston y Rae Lesser Bloomberg en economía, los de Jane Collier y Karen Sacks en sociopolítica, y los de Joan Bamberger y Carol MacCormack en ideología, entre muchos otros (Still, 1984).

Las contribuciones de la antropología centradas inicialmente en estudios de cultura han evolucionado al punto de evidenciar la diferenciación sexual desde los puntos de vista de los comportamientos aprendidos e inherentes y del estatus sexual. Estos, al traducirse en identidad psicológica, ayudan en la acepción de diferenciación sexual. La cuestión final desemboca en la politización. Si se dan diferencias biológicas y socioculturales entre los géneros, nunca debieran éstas apoyar un sistema donde las mujeres no cuentan con la equidad de acceso a los recursos y las oportunidades disponibles para los hombres (Lamas, 1996). Se busca entonces que la realización de que existe desigualdad de acceso a los recursos dependiendo del género produzca una voluntad política que cristalice en acciones afirmativas.

Esta expectativa de acción afirmativa y los estudios de género en su origen, desarrollo y posibilidades presentes y futuras no habrían sido posibles sin la participación de Simone de Beauvoir. Su libro “El segundo sexo” causó el impacto necesario para producir cuestionamientos revolucionarios sobre los roles de los hombres y las mujeres de acuerdo con su identidad física y/o simbólica sexual. De Beauvoir declara la indemostrabilidad de hostilidades fisiológicas entre hombre y mujer, a pesar de que apoya una rivalidad de parte de la mujer por la trascendencia del hombre en su falo biológico. Manifiesta también la metamorfosis de la relación dominador-dominada a dominadoras y dominadores mutuos, en donde la igualdad tiene un valor diferente para el hombre y la mujer. Para el primero tiene valor de placer, conveniencia y compañía; para la segunda, el valor es fundamentalmente esencial y existencial. Y estas realizaciones conllevan discrepancias en el tanto que en el acceso a las oportunidades sociales, políticas y económicas el controlador es el hombre (De Beauvoir, 1949).

Distinción entre naturaleza y cultura y su incidencia en la construcción del género

Gayle Rubin explica que la construcción del género ha pasado por el proceso de conversión de la mujer en objeto de opresión. Tanto Claude Lévi-Strauss como Sigmund Freud presentan el sistema de domesticación de las mujeres por parte de los hombres. Esta realidad encuentra un común denominador en las variadas culturas de las distintas latitudes del mundo que, para Karl Marx, es ciertamente evidenciado por la dominación y opresión de las clases dominantes sobre las dominadas. Engels propone visualizar las relaciones entre los géneros como entidades separadas del sistema de producción. Basa su tesis en las necesidades humanas de reproducción de la especie que, a pesar de querer satisfacer lo mismo (el hambre, por ejemplo), lo hacen de maneras culturalmente diferentes (Rubin, 1996).

Como organismos naturales, los seres humanos presentan características biológicas diferenciales marcadas tanto a nivel anatómico como neurológico, pero no son correlativas a los patrones y normas que conllevan a la desigualdad entre los géneros. Se tiene claro que la naturaleza es inherente a la persona. Y se estudia la cultura como lo que se aprende y como las tradiciones que se van pasando a lo largo de las generaciones. Pero en la mayoría de los casos y casi siempre implícitamente, se justifica la falta de equidad entre los géneros por razones naturales que en realidad son culturales. Es entonces deber de la educación, utilizando el género como categoría analítica, explicitar este equívoco y redirigir
las propuestas sobre currículum e investigación desde la educación pre-escolar hasta la post-doctoral, y tomando en cuenta la educación continua que ofrecen los cursos libres.

En las investigaciones sobre género es importante tomar en cuenta tanto el contexto del mito como el de la realidad de las relaciones sociales. Si bien se ha encontrado oposición a esta tesis, lo cierto es que los productos culturales míticos ofrecen la realidad aunque sea distorsionada; y se da una retroalimentación entre el mito y la realidad que permite entender mejor el género en una cultura particular. Ya sea que analice los contextos de género en el matrimonio y el parentesco o las interacciones de prestigio, se va a encontrar un elemento correspondiente al pensamiento cultural evidente tanto en el mito como en la realidad (Ortner y Whitehead, 1996).

Alcances del género como categoría analítica

El alcance del género como categoría analítica es amplio, tanto por las variables que puede considerar como por las áreas del conocimiento en las cuales se puede utilizar. Dentro de las variables analizables mediante la categoría de género se encuentran todos aquellos comportamientos que a través de los años los grupos sociales han ido asimilando y definiendo como naturales y pertenecientes a las mujeres o a los hombres, como si estos comportamientos tuvieran efectivamente un sustento biológico que los autorizara, legitimara y perpetuara ante la sociedad.

La aplicación del género como categoría analítica manifiesta que el verdadero sustento de estos comportamientos de desigualdad es cultural y, por ende, aprendido y cambiable. Un posible enfoque del género como categoría analítica puede incluir entrevistas desde el lugar de las investigadoras compartiendo sus experiencias con las entrevistadas y los entrevistados. Desde la metodología positivista, tal modalidad disminuiría la objetividad de la información recopilada en la entrevista. Sin embargo, cuando la investigación considera el género como categoría de análisis investigativo, sería un error utilizar un acercamiento positivista pues resultaría en una negación de la realidad cambiante de las relaciones sociales (Seidler, 2000).

Las áreas del saber humano en las cuales se puede aplicar el enfoque investigativo de género incluyen tanto la antropología y la sociología como la psicología, la historia y la educación, y cualquier otro campo del conocimiento en el cual el objeto de estudio sea el ser humano en su condición de individuo gregario. El éxito del cambio de las desigualdades públicas y políticas por el género está supeditado al alcance del desarrollo del género como categoría de investigación y análisis (Scott, 1996).

Si bien el género como categoría analítica ofrece un enfoque adicional que permite investigar las relaciones entre las personas, no constituye en sí mismo un modelo formal de investigación. De hecho, utiliza los métodos formales investigativos aceptados de acuerdo al diseño de investigación planteado, agregando una visión desde el lugar del género que revela con certidumbre que precisamente el género es un tema fundamental de análisis para la humanidad. Aun cuando el análisis se dé en un ámbito eminentemente crítico de los métodos científicos validados por la filosofía, el enfoque analítico desde el género otorga una valiosa perspectiva no presentada anteriormente. Se ofrece así a la sociedad una visión nueva de concebir y administrar la realidad. Desde una perspectiva filosófica, propone también cuestionamientos y proposiciones sobre la verdadera identidad de las personas. Sin embargo, tiene un efecto más significativo cuando también delinea prácticas concordes con la equidad de todos los seres humanos. De esta manera, la investigación por medio del acercamiento que provee la categoría del género puede lograr concretizar acciones afirmativas validadas por la legislación pertinente.

La diferenciación sexual corresponde a la constitución biológica de las personas. Es por lo tanto innata o lograda por procedimientos quirúrgicos y tratamientos hormonales. Sin embargo, el género, lo femenino y lo masculino, son productos culturales desarrollados por las diferentes sociedades. Se ha hecho evidente que estos productos culturales generan falta de equidad por parte del grupo dominador (el de los hombres). No se pretende que se eliminen las categorías de género masculino y femenino en las sociedades ni tampoco se puede declarar que la diferencia sexual es inexistente. Debe quedar claro, sin embargo, que: El quid del asunto no está en plantear un modelo andrógino, sino en que la diferencia no se traduzca en desigualdad (Lamas, 1996, p. 364).

En realidad, las conceptualizaciones de género femenino y género masculino son construcciones complejas en las cuales convergen diferentes variables como la edad, la etnia, la clase socioeconómica, la preferencia sexual, el empleo u ocupación, la socialización, lo biológico y hormonal, la cultura dominante de origen, la afiliación religiosa y política, la membrecía en organizaciones y la escolaridad. Esta matriz de variables puede incluir las condiciones socioculturales de los miembros de cada pareja.
“...el prestigio masculino depende totalmente de la sabiduría ritual, o de la valentía en la guerra, o de la destreza en la caza. No obstante, una investigación más profunda revelaría la importancia que para la posición social de los hombres podría tener el trabajo productivo de la esposa, o los lazos de parentesco de las mujeres con los socios comerciales de sus esposos, o los derechos de propiedad sobre mujeres e hijos; por lo demás podría demostrarse que todos esos factores propician determinadas imágenes de las mujeres, de la procreación y de la actividad sexual” (Ortner y Whitehead, 1996, pp. 156-157).

A pesar del rico entramado de variables que culminan en el género, en un sistema social patriarcal sobresale que el poder es dominado por los hombres y la mayoría de las sociedades generan una diferenciación basada en el género, en los valores y estructuras construidas por los hombres. Se han practicado por tanto tiempo que muchas y muchos las han asumido y todavía las asumen como naturales.

Al tener en cuenta lo anterior, la categoría de género como instrumento investigativo plantea que el enfoque patriarcal es tan solo uno de los tantos enfoques existentes. Más allá de éste, se encuentra el enfoque que reconoce la gran diversidad en la identidad de las personas; enfoque que persigue como meta el disfrute de los derechos humanos para todas y todos. Para lograrlo, es necesaria la cooperación deliberada, ordenada y sistemática de la educación y las instancias de acción afirmativa para todas las personas. Es posible, así, tener la esperanza de cambiar la organización de las relaciones sociales al ir cuestionando y enmendado los elementos necesarios, empezando desde la misma concepción de la identidad de género.

El planteamiento sobre el género como elección y no como exclusiva construcción cultural devela la ambigüedad de la identidad femenina y una manifestación esencialista de los conceptos de sexo y género. Ambos esencialismos son rechazados por Beauvoir y Wittig. Para Wittig, el articular por medio del lenguaje la discriminación en forma binaria de “hombres” y “mujeres” es lo que genera la discriminación. Para Beauvoir, el sexo es un proyecto y un deber. La ambigüedad pareciera negar que el sistema sexo-género sea el resultante de variables culturales para constituirse más bien en el lugar y situación de escritura significativa de los supuestos culturales. Foucault agrega un elemento esencial: el modo de significar la materialización en el cuerpo de las construcciones culturales. El objetivo final de las diferentes tendencias sobre género y sexo es construir un significado de identidad femenina tal que lleve a lo político, dejando los esencialismos de lado. La esencia de los hombres y las mujeres es fundamentalmente su humanidad. Ésta es definida por un conjunto coherente de significados que se construyen y deconstruyen (Butler, 1996).

Las relaciones de poder y su expresión en las relaciones entre mujeres y hombres y entre personas heterosexuales y personas homosexuales
Dentro del contexto de los estudios de género, el poder o dominación está conceptualizado como el control que alguna(s) persona(s) ejercen sobre otra(s) por medio del ejercicio de la influencia y la autoridad, percibidas como naturales por la frecuencia de la práctica de éstas a lo largo de siglos. En el caso de las relaciones sociales, este poder ha sido posesión de lo que una sociedad particular haya construido como perfil de persona dominante; los hombres en la mayoría de los casos. Si las mujeres logran adquirir las mismas cuotas de poder que los hombres, es a un costo alto. Y se da una relación de costo-beneficio similar en la situación opuesta en la que las mujeres que optan por la vida familiar y comunitaria se quedan sin acceso a lo que se entiende por poder dominante en la sociedad. Se dan características en común en los sistemas de género en culturas diversas. Dentro del grupo de estas características se destacan las estructuras de prestigio como productos del pensamiento particular sobre el género y las relaciones de las personas. Éste, a su vez, es apoyado por las instituciones nacionales, estatales, religiosas y educativas, incluyendo los núcleos familiares. Todos estos son responsables de mantener el dominio masculino (Ortner y Whitehead, 1996).

La realidad de las relaciones estructurales de dominación sexual se deja vislumbrar a partir del momento en que se observa, por ejemplo, que las mujeres que han alcanzado puestos muy elevados (ejecutivas, directoras generales de ministerio, etc.) tienen que “pagar” de algún modo ese “éxito” profesional con un “éxito” menor en el orden doméstico (divorcio, matrimonio tardío, soltería, dificultades o fracasos con los hijos, etc.) y en la economía de los bienes simbóli-cos; o, al contrario, que el éxito de la empresa doméstica tiene a menudo como contrapartida una renuncia parcial o total al gran éxito profesional... (Bourdieu, 2000, p. 131).

Entre las personas heterosexuales existen muchísimos lineamientos y ritos que se han constituido en el comportamiento aceptado para los roles femeninos y masculinos. Esto se ve reforzado por la legislación civil, penal y religiosa, y magnificado por los medios de comunicación social que sirven a los intereses particulares que buscan beneficio político y financiero. Se han institucionalizado, con menor o mayor grado de conservadurismo, las prácticas de socialización infantil, el proceso de cortejo y matrimonio o unión de pareja, manejo de las actividades de tiempo libre y otras más. Las culturas homosexuales, lésbicas y transexuales han establecido relaciones mucho más abiertas pero no exentas de conflictos de poder. En la mayoría de las relaciones hay un miembro de la pareja que es dominante, con más poder. En otras instancias, las relaciones incluyen compromisos no exclusivos con varias personas en las que el poder se diluye aparentemente, pero que vuelve a primer plano en los momentos compartidos con mayor intimidad. Y en los casos de homosexuales, lesbianas, o transexuales en relaciones de pareja exclusiva que optan por sublimar la expresión física de su sexualidad para conservarse castos por razones religioso-espirituales, el poder se coloca en un ser superior y trascendental. Independientemente de las motivaciones por la lucha por el poder, todos los comportamientos que reten el statu quo en el cual el poder es administrado por los hombres crean situaciones de controversia y resistencia de parte de los grupos en el poder. En muchas relaciones de miembros del mismo sexo, la dominancia por el poder no está basada en el género.

Cuando se incluye el enfoque de género en la agenda gubernamental a nivel local, nacional e internacional, éste se empieza a despolitizar, como sucedió con las investigadoras en los EEUU, y se inicia un trabajo de género como categoría neutral. Lo que esta categoría neutral enfoca son las relaciones de trabajo con las mujeres y no entre hombre y mujer. Se pone particular atención a las mujeres en condición de pobreza.

En el caso de Costa Rica, desde el Estado se empieza a trabajar además sobre el tema de la violencia contra las mujeres en los sectores más populares. Medidas de este tipo son atractivas para los gobiernos porque les permiten probar sus esfuerzos de ayudar a las mujeres con indicadores tangibles, a pesar de que no haya una posición política sobre género claramente asumida por el gobierno. Los esfuerzos del gobierno se concentran en las denominadas “mujeres jefas de hogar”, quienes han estado recibiendo capacitación y subsidios de aproximadamente $24 mensuales hace una década a $281 en el presente.

No se ha definido el gobierno sobre acciones específicamente afirmativas para la necesidad de suavizar y eliminar las asimetrías entre los géneros y las diversas orientaciones sexuales en donde más se revelan las relaciones de poder. Tampoco ha habido alguna determinación específica sobre cómo mejorar el acceso a los recursos y a la toma de decisiones de parte de todas las personas de manera equitativa. Se afirma en el discurso público el interés estatal por los derechos humanos para todos, pero todavía queda un largo camino que recorrer para aplicarlos verdaderamente. Falta identificar e implementar las condiciones materiales que tienen las personas para ejercer esa igualdad. Sin embargo, debe quedar muy claro que el poder no es algo a lo cual se renuncia con facilidad o que se concede simple y sencillamente por buena voluntad. Hay muchas personas e instituciones que no están interesadas en cambiar las situaciones existentes y que encuentran que las divisiones de género son sumamente efectivas para mantener el control y el poder. No es suficiente traer a la conciencia de todas y todos que el género es un constructo cultural. Hay que evidenciar la desigualdad que esto conlleva y lograr los cambios necesarios a pesar de la resistencia.

Se debe tener presente también que los derechos humanos se contextualizan en una sociedad que está dividida en clases sociales, entre hombres y mujeres, en cuanto a etnias, en zonas rurales y urbanas, y en términos de alfabetización.2

Se concluye entonces que concuerdan las diferentes fuentes en que los géneros son construcciones culturales y simbólicas apoyadas por el grupo dominante. En el caso de la desigualdad entre los géneros femenino y masculino, el grupo en el poder es el de los hombres. Conocer y evidenciar los elementos básicos de la categoría analítica de género ciertamente iniciará el proceso de acciones afirmativas a favor de los grupos dominados, principalmente las mujeres.

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