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El nacionalismo en el balompié

Contacte al Autor: Jorge Emilio Salazar Monge

El nacionalismo en el balompié

Jorge Emilio Salazar Monge

Profesor emérito de Educación Física

mar04salazar@gmail.com

PREÁMBULO

El nacionalismo, a lo largo de los siglos, gradualmente ha ido surgiendo con características muy particulares. Su primera gran manifestación fue la Revolución Francesa, le siguió el nacionalsocialismo alemán y, hoy en día, uno de sus máximos exponentes lo constituye el fútbol. El nacionalismo utiliza algunas de las emociones más arcaicas del ser humano: el amor al país natal y el recelo hacia el extranjero.

El fortalecimiento del prestigio nacional en la época actual es, para Jean Meynaud, “uno de los móviles de la intervención del Estado en la esfera deportiva. Las relaciones balompédicas entre países llevan impreso el sello del nacionalismo, al igual que los restantes sectores de las relaciones internacionales. Las victorias cosechadas en las confrontaciones futbolísticas tienden a ser consideradas como signos de excelencia y de poder” (Meynaud, 1972, p. 40).

El despliegue de banderas y la entonación de himnos en la práctica deportiva mundial son ceremonias que acentúan, todavía más, el sentimiento nacionalista. Además, los jugadores, junto a los aficionados con sus emotivas conductas, logran que los países se conviertan en furias creyentes, para las cuales –por lo menos durante cortos períodos– correr, pasar, cabecear, rematar o atrapar una pelota de fútbol son pruebas de virtudes patrias.

1. TRAJE NACIONALISTA

Hans Kohn afirma que “el traje del nacionalismo viste por una parte las aspiraciones humanas de igualdad y dignidad, y por otro lado la pasión de dominio sobre otros” (Kohn, 1949, p. 24). El balompié muestra en sus seguidores ambas situaciones. Se comprueba que la unión que establece el fútbol con el nacionalismo se facilita por la circunstancia de que en ella no aparece de forma manifiesta la “ley fundamental de clases”, que no acepta la creencia en la colectividad nacional. Jugadores y aficionados se reúnen entre todos los estratos sociales y se entregan a un mismo entusiasmo y pasión. El fútbol no sólo divierte, no solamente brinda un descanso de las preocupaciones mundanas, no sólo cautiva al planeta que se le rinde gustoso, sino que, también, une a la gente.

Hombres y mujeres, separados por diferencias de edad, colores de equipo local, linaje, educación, ideología y condición social, se amalgaman por un mismo interés y una misma aspiración, requisitos primordiales para forjar y mantener una verdadera nacionalidad. La victoria es igual para todos, es la misma que comparte el presidente, el médico, el docente, el rentista, el campesino, el estudiante, el obrero y el marginado. Por medio del fútbol sí es posible que los habitantes de una nación se consideren unos a otros iguales. Ya no importa ser oriundo de una u otra región, ser amo o sirviente, ser blanco, negro o indígena, ser joven o adulto, ser independiente u oprimido, ser proletario o desocupado, ser político o realista, ser sembrador o consumidor. Ya no concierne, porque unidos y alimentados por el balompié –principalmente a nivel de seleccionado nacional– todos llegan a ser un solo cuerpo.

La nación es, asevera Hans Kohn, “un grupo de individuos que tienen conciencia de su unidad, que está dispuesto, dentro de ciertos límites, a sacrificar al individuo en beneficio del grupo, que se desarrolla como un todo, que tiene conjuntos de emociones que experimentan como una alianza y donde cada uno de sus integrantes se regocija con el progreso del equipo o sufre las pérdidas del mismo” (loc.cit). En el fútbol como espectáculo es donde se ve más claro el fenómeno de la unidad ciudadana. Cada aficionado se identifica con los colores futbolísticos de su país, llegando a formar entre todos un solo ente en donde todos viven las mismas sensaciones que les ocasiona el balompié. Experimentan el mismo amor por su patria y la misma antipatía por el rival. Sienten la misma satisfacción por el triunfo y el mismo sufrimiento por la derrota.

2. EL FÚTBOL COMO CONCIENTIZADOR PATRIO

El fútbol es un concientizador que permite a los gobernantes robustecer y consolidar la conciencia patria. Cada mundial de balompié es un eficaz motivo para la injerencia del prestigio político en la población gobernada. Como ejemplo de ello, surge el caso del nacionalismo italiano de la década de 1930.

Para Benito Mussolini Maltoni (el Duce) era necesario inculcar en el pueblo itálico un estilo de vida acorde con los procedimientos más perfeccionados de la publicidad. No solo la opinión política, la producción científica, artística o literaria debían robustecer la ideología oficial. También era preciso que el régimen provocara la emoción, la admiración, la confianza de los pobladores, el enaltecimiento de sus líderes y la certeza de una superioridad sobre las demás potencias, mediante manifestaciones espectaculares.

El fútbol fue utilizado como un demonio por Mussolini para suscitar el entusiasmo y la unidad italiana. El Gobierno de Italia empleaba a la selección nacional de balompié como instrumento de propaganda de sus ideas fascistas. Para los italianos, el fin último del segundo Campeonato Mundial de Fútbol Italia 1934 era demostrar que el deporte del fascismo tenía la calidad del ideal.

Italia pretendía hacer de sus ciudadanos personas fuertes, audaces, dispuestas a todos los sacrificios, que estuvieran en condiciones de recuperar en el Tirreno y en el Mediterráneo el poderío que en el pasado poseía la Roma Imperial. Con los cetros de campeones mundiales de fútbol de 1934 y 1938, los itálicos recobraban en alguna medida ese antiguo poder romano. Además, esa campeonización consecutiva consolidaba en la población el modelo fascista y fortificaba la unidad nacional en la lucha por hacer prevalecer dicha doctrina.

3. SITUACIONES DE NACIONALISMO FUTBOLÍSTICO

Existen muchas situaciones y ocasiones en el fútbol que pueden ser propicias para despertar en sus seguidores el nacionalismo futbolístico. Algunos casos específicos son los siguientes:

3.1 NACIONALISMO MONÁRQUICO

El obtener el título en un evento trascendental representa muchas veces, para los ciudadanos de un país, el logro mayor de su historia, y eso los lleva a palpitar un gran poderío sobre las demás naciones, creando una exaltación y un orgullo sin límites de linajes, sin fronteras sociales y sin lindes religiosas. Brasil es una muestra de esta condición.

Millares de millares de bullangueros brasileiros recibieron como héroes a sus monarcas del VI Mundial Suecia 1958. El apasionamiento desbordante llegó desde el palacio presidencial hasta las barriadas más humildes. Todo Brasil estalló en la más jubilosa celebración. El 2 de julio de 1958 fue declarado “feriado nacional”, para que los empleados y estudiantes se pudieran sumar a los millones que dieron la bienvenida al seleccionado patrio. Se suspendieron todas las actividades gubernamentales para festejar en forma delirante la obtención, por primera vez, de la copa Jules Rimet. Al pasar la caravana de automóviles con los jugadores se elevaban los gritos de la muchedumbre y estallaban cohetes gigantescos acompañados de nubes de confeti que colmaban el aire. Los cariocas, al paso de samba, marchaban extasiados y expansivos, agitando banderas verdeamarillas y coreando la adquisición del cetro.

Muchachos y mayores participaron de ese inolvidable festejo popular que realizó el milagro de unir a decenas de millones de brasileños sin distinción de género, creencias, criterios morales y posición económica. El presidente, Juscelino Kubitschek de Oliveira, expresó en esa ocasión: “La victoria de Brasil en el Mundial es la afirmación de una raza. Se trata de una conquista que no se limita al deporte, sino que se extenderá a todos aquellos sectores que acreditan al Brasil” (La Prensa Libre, Costa Rica, julio 4, 1958, p. 32).

3.2 NACIONALISMO PIONERO

El lograr una clasificación nunca antes alcanzada o llegar por ocasión primera a cierta etapa en la historia balompédica patria es propicio para activar el nacionalismo futbolístico. Costa Rica es prototipo de esta condición.

El triunfo 1 a 0 de Costa Rica ante El Salvador, conseguido el 17 de mayo de 1989 en el antiguo Estadio Nacional de La Sabana, le otorgaba el derecho de participar, por vez primera, en las finales de un torneo mundial mayor. Tan pronto finalizó el partido un enorme grito por la emoción de la victoria surgió de entre la multitud congregada en el recinto deportivo. Ese clamor tuvo eco en todo el país. En cada rincón se festejó la conquista alcanzada por la Selección Nacional. Fue la más enorme turbación colectiva, la total complacencia de un añejo sueño y el desahogo de tanta frustración almacenada desde 1957 –año en que Costa Rica comienza a intervenir en eliminatorias para concurrir a un Mundial– y que, en ocho fallidos intentos a lo largo de tres décadas, venía anhelando el balompié tico.

La desbordante felicidad por el éxito más sobresaliente en la historia balompédica costarricense provocó que el tráfico quedara interrumpido en las principales ciudades de la nación, mientras miles de personas desfilaban gritando por las calles vivas a Costa Rica. La zona más concurrida se localizó en el Parque Central de la ciudad San José y sus alrededores. Centenares de automovilistas inmovilizados por las muchedumbres hacían sonar las bocinas de sus vehículos, uniéndose a la ruidosa celebración. Ondeando banderas tricolores, ticos y ticas recorrían las vías bailando y cantando la canción “Agárrense de las manos”, adaptada por el cantante, compositor y productor desamparadeño William Fallas Madrigal que, convertido en tema oficial de la Selección, proclama la unión de todos los costarricenses en apoyo del equipo patrio. Igual en los suburbios como en los sectores más populosos donde se levantan lujosas residencias, el gentío festejó –tarde y noche– la clasificación de Costa Rica al XIV Campeonato Mundial de Fútbol Italia 1990.

3.3 NACIONALISMO QUIJOTESCO

Un resultado favorable, obtenido en un partido frente a un seleccionado futbolísticamente superior, es una quijotada que sirve para alentar la popularidad nacional. Perú ilustra este tipo de nacionalismo balompédico.

La selección de Perú conseguía frente a la de Argentina un significativo empate de 2 a 2, el 31 de agosto de 1969. Ese valioso resultado, adquirido en Buenos Aires, en el estadio del Club Atlético Boca Juniors, durante el desarrollo del descarte para asistir a la Copa del Mundo 1970, produjo una inmensa explosión de frenesí en todo el territorio incaico. Perú había logrado eliminar a uno de los poderosos del universo futbolístico y, con ello, alcanzaba el boleto a las finales del IX Mundial México 1970.

Bulliciosas caravanas de automotores con aficionados agitando el blasón peruano recorrieron las calles céntricas de las cabeceras departamentales. En Lima, tanto la Plaza San Martín como la de Armas estaban repletas de público. Perú esperó, como adalides, a sus seleccionados. La delegación recibió las aclamaciones de cientos de miles de personas. El entonces presidente de la República, Juan Velasco Alvarado, manifestó: “Ellos sabían que tenían un deber sagrado que cumplir y lo cumplieron en los campos de Buenos Aires como verdaderos peruanos. En estos momentos la agitación que todos sentimos no es otra cosa que el renacer de un nuevo Perú; este triunfo es motivo de orgullo nacional. Nuestros jugadores tuvieron coraje y fe en su capacidad deportiva. Supieron sentir la emoción de ser peruanos. Nuestra selección venció porque los alienta la confianza de su pueblo, que siente la altivez de haber conquistado la dignidad nacional” (La Nación, Costa Rica, setiembre 4, 1969, p. 90).

3.4 NACIONALISMO RECONQUISTADOR

Inglaterra es un caso muy particular de esta situación de nacionalismo futbolístico, que nace cuando un país que ha exhibido en el pasado un enorme dominio encuentra en el fútbol el renacer o la reconquista de esa dominación.

En la postrimería del siglo XIX Inglaterra tenía dos imperios que llevaban camino de imponerse en el mundo entero. El primero era el imperio colonialista y el segundo el del fútbol. La supremacía británica empieza a surgir desde los tiempos de Guillermo El Conquistador. Hacia el año 1922 poseía más de 60 territorios en los 6 continentes, de polo a polo y de océano a océano, conformando toda una comunidad inglesa de naciones y un territorio donde no se ocultaba el sol.

Previo a eso, a partir de 1863, Inglaterra da vida al flamante imperio del fútbol, al fijar en ese año las primeras reglas de este deporte. El balompié era introducido en países como Uruguay, Argentina, Italia y Alemania por los tripulantes de los barcos ingleses y se implantaba en todas partes con admirable rapidez. Bastaron pocos años para que el resto del planeta Tierra llegara a practicar un excelente balompié; tanto así que Inglaterra fue eliminada en la primera fase del IV Mundial Brasil 1950. Después de esa derrota los aficionados ingleses se consolaban pensando que, al menos, tenían el imperio colonialista.

Pero, luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, ese imperialismo comienza a derrumbarse a marcha acelerada. Después de 1957 se ven obligados a iniciar gestiones y conferencias con el propósito de llevar la independencia a sus últimas posiciones de ultramar. Inglaterra, la oligarquía más grande de la historia terrícola, se hallaba de pronto despojada de toda su grandeza. Con los imperios colonialista y futbolístico fuera de su alcance, los anglosajones necesitaban un suceso de calibre mundial que les devolviera su antigua potestad. El fútbol fue el libertador, pues, el 31 de julio de 1966 al ganar Inglaterra el VIII Campeonato Mundial, los británicos se resignaban de la caída de la dominación colonialista, al comprobar que tenían balompié inglés reinando sobre el globo terráqueo. Ante el triunfo final de 4 a 2 frente a Alemania Occidental, la pérdida de sus colonias se tornaba intrascendente, porque esa pasión llamada fútbol, que estimula y vigoriza el ánimo de los pobladores de todos los países de Oriente y Occidente, democráticos y totalitarios, se convertía de nuevo, al menos por los próximos cuatro años, en imperio inglés.

3.5 NACIONALISMO PATRIARCAL

El nacionalismo futbolístico no se vincula solamente a los partidos ganados o perdidos, sino que, en muchas ocasiones, se manifiesta por el hecho de ser designada una nación para la organización de un torneo. Tal es el caso, en particular, de los campeonatos mundiales de fútbol; de ahí que se entreguen los países a una ardua lucha para que se les conceda la celebración y el patriarcado de un certamen de esta naturaleza. Como ilustración a este tipo de nacionalismo balompédico se presenta Argentina.

Desde hacía muchos años, Argentina venía batallando por ser la sede del principal torneo futbolístico de la esfera terrestre. Ellos habían solicitado la organización de los campeonatos de 1938, 1950, 1962, y 1970. Después de los problemas suscitados entre argentinos e ingleses en el mundial de 1966, no solo se pretendía suspender a Argentina de participar en próximos mundiales, sino, desde luego, se le negaría la posibilidad de estructurar alguno de ellos. Finalmente, lo lograron con la decisión adoptada por la FIFA en 1970 de otorgarles esa facultad.

El gobierno de Jorge Rafael Videla Redondo, examinando los diversos factores en juego, entre ellos el de respuesta eficaz frente a la campaña de desprestigio que se realizaba de Argentina en el extranjero, la pasión popular por el fútbol y el orgullo nacional por una empresa de esta índole, apoyó con firmeza la realización del torneo. El 1 de junio de 1978 era un día histórico para ellos, pues se inauguraba el XI Campeonato de Fútbol Argentina 1978. Por fin, después de muchos años de espera, a pesar de todo y contra todo, los argentinos realizarían un mundial.

La euforia extraordinaria del pueblo argentino salió a relucir, ya que los enorgullecía poder demostrar al mundo su capacidad para organizar, con espectacular notoriedad, un acontecimiento de estas dimensiones. El escritor Ernesto Sábato Ferrari fue uno de los intelectuales que explicó el comportamiento del ciudadano argentino tras la celebración de este acontecimiento: “Argentina ha sufrido tantas y tan profundas frustraciones en los últimos años, se ha fracasado en tantas empresas nacionales, el pueblo ha sido tantas veces defraudado, tiene tanta ansiedad de hacer algo positivo y comunitario, que se ha volcado hacia esta competición futbolística, como queriendo mostrar a los foráneos y queriendo demostrarse a sí mismo que es capaz de llevar a cabo algo, y algo nada desdeñable. Algo que implica vastas realizaciones materiales y, al mismo tiempo, una actitud de fervor, de emoción unitaria. El mundial de fútbol de 1978 fue un sueño argentino que se hizo realidad” (Bañeres, 1979, p. 107).

EPÍLOGO

Evidentemente, es justificable la atribución de un cierto grado de prestigio nacional a los encuentros de fútbol, sobre todo los de clase mundial. Pero así como es beneficioso y placentero que en muchas oportunidades los terrícolas se unan para ponerse la camiseta con los colores del equipo patrio y luchar juntos por su triunfo y reputación, también es importantísimo y necesario que se reúnan, con la misma alegría y la misma pasión, para vestirse con la camisa del esfuerzo, la superación, el respaldo y la victoria, en los campos concretos y reales de la vida nacional (producción, educación, empleo, alimentación, economía, vivienda, salud, medio ambiente, trabajo solidario, infraestructura), más primordiales y preponderantes que el fútbol como espectáculo.

Bañeres de Vicente, Enric (1979). Mundial de fútbol 78. Madrid: Bruguera.

Kohn, Hans (1949). Historia del nacionalismo. México: Fondo de Cultura Económica.

La Nación (1969). Recibimiento de héroes a los peruanos. 4 de setiembre. San José, Costa Rica.

La Prensa Libre (1958). Brasil campeón. 4 de julio. San José, Costa Rica.

Meynaud, Jean (1972). El deporte y la política. Barcelona: Hispano Europea.

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