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Letras, Filosofía, Ciencias y Artes Costa Rica

El burrito Sapoá (Inspirado en el relato de Luko Hilje: “¡Burrito compañero!”)

Contacte al Autor: Daniel Hernández Jiménez, Doctor en Ciencias de la Educación

Hace más de 150 años, en los inicios de nuestro país como nación libre y soberana, en medio de los rigores de la guerra contra los mercenarios del norte, del flagelo del cólera morbus, y de los berrinches de país bisoño, donde los héroes de un día eran los villanos del otro, aconteció una historia que, por su sencillez, ha pasado inadvertida.
Es la historia de un modesto pollino que, por esos avatares de la vida, fue testigo privile-giado de las hazañas y desventuras de los compatriotas que defendieron nuestra libertad y forma de vida, de quienes nos las querían arrebatar, a punta de fuego, plomo y mentira. 


ESTA PUDO SER SU HISTORIA
Nuestro querido amigo vio la luz del sol, por primera vez, en las hermosas tierras nica-ragüenses, aledañas a la ciudad de Rivas y, como todo animal de carga, su vida estuvo signada por el trabajo tesonero y fatigoso. Era una de las posesiones más valiosas de una humilde familia de campesinos, quienes, a brazo partido y sudor en la frente, arrancaban su sustento de la tierra generosa. 
¡Cuánto ayudaba la fortaleza inconmensurable del humilde burrito! Cuando no cargaba una cosa, jalaba otra y, por supuesto, en los ratos de ocio, era el corcel majestuoso sobre el que cabalgaban los sueños de los más pequeños. Así transcurría su vida, sencilla pero feliz. ¿Qué más se podía desear y pedir?

Aconteció en una noche de plenilunio que, entre gritos y amenazas en un idioma descono-cido, el pequeño burro fue arrebatado de sus amados amos, de los que no supo su destino. Ahí inició su aventura.
De pronto, se vio cargado de armas y municiones y, a empellones y culatazos, fue obligado a seguir a una banda de forajidos que se llamaban a sí mismos la “falange invencible”, y que con engreída osadía declaraban en su enseña: “five or nothing”. La advertencia de sus perversas intenciones.
Se dirigían hacia el sur. Nunca el pequeño burro se había alejado tanto de su comarca. Tampoco le habían prodigado tantos castigos inmerecidos.
Con terror, oyó la idea de ser considerado como reserva alimenticia en caso de carestía, si-tuación casi segura. No le quedó duda de sus siniestras intenciones cuando fue testigo obli-gado de la masacre de ocho desafortunados, cuyo pecado fue interponerse en el avance de la tropa invasora. Siete hombres y una humilde cocinera fueron pasados por las armas, a pesar de su rendición, ante la abrumadora mayoría de las huestes filibusteras.
Lejos estaba nuestro amigable borrico de imaginar que estos eran los primeros mártires de muchos otros que verterían su sangre en defensa de la patria centroamericana.
Fue ahí, cerca de la región del Sapoá, en la que tomó la firme resolución de huir, en cuanto vislumbrara la menor oportunidad. Esta llegó en medio de una de las acostumbradas borra-cheras con las que la impía tropa culminaba el día. 
Sigilosamente, con admirable destreza, se deshizo de las amarras con que acostumbraban en las noches asegurar su fidelidad. Amarras que, por el afán de juerga, aquella noche no habían dejado bien atadas. Se escapó y buscó refugio entre los arbustos y los matorrales de su entorno.
Al amanecer, era tal la modorra producto de la borrachera que ni siquiera notaron su ausen-cia. Así, nuestro amigo se libró de padecer, junto con sus esbirros captores, la más humillan-te derrota en los llanos guanacastecos de la hacienda Santa Rosa. 
Días después, mientras pastaba, vio correr a lo lejos en desbandada, de retorno a la seguri-dad de la ciudad de Rivas, a la otrora altiva “falange invencible”, con su coronel Schlessin-ger a la cabeza y, detrás de ellos, a un nutrido grupo de patriotas costarricenses dispuestos a alcanzarlos y acabar, de una vez por todas, con su incursión en tierras centroamericanas.
No sabemos si nuestro burrito consideró la oportunidad de cobrarse alguno de los múlti-ples golpes que había recibido o, cuando menos, presintió la ocasión de apreciar la ver-güenza en el rostro de sus captores. Lo cierto es que quedó enrolado en la fuerza expedi-cionaria costarricense. Los soldados encontraron en él una ayuda invaluable, sobre todo, por la carestía de medios para llevar los pertrechos y las vituallas. Con el reclutamiento llegó también su mote: “burrito Sapoá”, por aquello de que fue encontrado en los alrededores de aquel lugar.
En Rivas de Nicaragua, su terruño, observó la masacre de varios centenares de personas, que ofrendaron sus vidas por detener y expulsar al inicuo invasor. Entre ellas, sufrió la pérdida de un amigo del camino, un sencillo tamborcillo, con el que congenió casi de inmediato, al ser atraído por el rítmico tamborileo con que marcaba el paso de la tropa. 

¡Cómo había disfrutado de su compañía! ¡Cómo habían compartido, cómplices travesuras, con las que se habían tomado revancha de las bromas que les gastaban los más veteranos de la milicia costarricense! ¡Y ahora lo tenía a sus pies exánime, con una antorcha aún en-cendida en sus manos!
No contó con tiempo para lamentarse porque el fuego, empezado por su amigo, se exten-día por el caserón, lo que, ante lo desesperado de su situación, hacía de acicate a sus ruines moradores para intensificar los disparos.
Llegó la noche. Terminó la batalla, pero la angustia y el sufrimiento apenas empezaban. Un nuevo enemigo, aún más fiero y desalmado, comenzó a cobrar su cuota de sacrificio en vidas humanas. El temible cólera morbus había hecho su aparición. Las condiciones insalu-bres del lugar y la perversa maniobra de Walker y sus secuaces, de arrojar los cadáveres de los caídos a los pozos de agua, incrementaron la propagación del terrible mal y, con él, la mortandad entre la tropa expedicionaria.
La orden fue dada con mucho pesar. Había que volver. ¡Cuán cerca se estuvo de capturar al cabecilla de la tropa enemiga! Pero, ahora, había un adversario mayor, que no distinguía de valentías y cuyo rostro no se dejaba ver. Quedaba poco por hacer por su desafortunada víctima.
La aventura de nuestro amigo sufrió otro particular incidente. Había que volver, pero ahora la carga ya no eran víveres y pertrechos, eran heridos y enfermos. Y, si de venida el camino había sido trabajoso, ahora de regreso se ponía más difícil.
No fueron pocos los que confiaron su destino a las fuerzas del jumento, como tampoco los que, vencidos por el temible mal, ya no necesitaron los servicios de tan leal compañero.
Tuvo en suerte el pequeño borrico ofrecer un servicio más a la patria: el de acarrear sobre sus lomos las pertenencias del mismísimo presidente de la República, don Juanito Mora, quien, como comandante en jefe del ejército costarricense, se había mantenido en todo momento al frente de sus compatriotas, incluso en los episodios más cruentos de la batalla, y ahora no iba a ser este el momento en que los dejara abandonados. 
Por el camino de regreso, el burrito Sapoá fue testigo de los momentos difíciles que vivieron los sobrevivientes al convertirse en emisarios del infortunio por la pérdida de compañeros y amigos. Unos pocos fueron de alegría y gozo al contemplar el tierno y efusivo recibimiento del padre amado, del hermano querido y del amigo esperado, que volvían ilesos o, tal vez, con alguna gloriosa cicatriz, testimonio de su entrega y coraje.
Llegaron, al fin, a San José y, aunque hubo motivos de sobra para la celebración por las batallas ganadas, el fantasma del cólera ahogó cualquier manifestación de fiesta.
El pequeño burrito ya no fue requerido para algún servicio y, al no tener dueño conocido, quedó libre para vagar por las calles, terrenos baldíos y cafetales de la capital. Esta fue una época feliz, porque ahora nuestro amigo era la “mascota” de cuanto chiquillo lo encontrara. ¡Cómo se divertía correteando a los niños! ¡Cómo disfrutaba las golosinas con que era ob-sequiado! No faltó el bravucón que le gastó alguna broma de mal gusto. Pero, en general, era querido y respetado. ¡Todos sabían de su servicio a la patria!
Dicen que terminó sus días por el furor de un vecino, que lo encontró haciendo de las suyas en su propiedad. ¿Quién sabe? Preferimos imaginar que siguió hasta el final de sus días con lo que mejor sabía: servir, ya no a los valientes soldados de la patria, sino a aquellos por quienes estos habían peleado: sus hijos.

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