Colegio de Licenciados y Profesores en

Letras, Filosofía, Ciencias y Artes Costa Rica

Contribuyentes del 56

Contacte al Autor: Juan Rafael Quesada CamachoCarmen Retana Ureña

Introducción

Tradicionalmente la Campaña Nacional 1856-1857, o guerra contra los filibusteros, ha sido enfocada, esencialmente, como un hecho bélico-militar. No obstante, las guerras, además de ser experiencias traumáticas que impactan a sociedades enteras, tienen implicaciones en ámbitos diversos. En este artículo nos interesa destacar algunos de los aportes efectuados por aquellos costarricenses que no fueron a los campos de batalla a luchar contra los filibusteros, pero que también contribuyeron a derrotar al expansionismo del “predestinado de los ojos grises.”

 

Un peligro continental

Como hemos afirmado en otras publicaciones, William Walker no era un simple aventurero o escalador político y social. Por el contrario, él fue un fiel representante de las ideas políticas dominantes en su época en Estados Unidos de América, o sea, el Destino Manifiesto. Esto es, teorías de carácter religioso (mesiánico) y del derecho natural. Así, desde el siglo XVII, según el dogma calvinista de los puritanos venidos de Inglaterra, ellos, los peregrinos “hambrientos de tierras”, eran los “elegidos de Dios” para llevar a cabo una “misión especial”. De ahí la idea del “Israel americano”, de que el “pueblo americano” era la “raza elegida”, dotada de fuerza y sabiduría superiores. Un ejemplo de ese determinismo puritano-protestante lo expresaba el presidente Andrew Jackson (1829-1837) al decir: “La Providencia ha escogido al pueblo americano [estadounidense] como guardián de la libertad para que la preserve en beneficio del género humano” (Fuentes Mares, 1985, 79).

Por otra parte, el expansionismo territorial estadounidense se justificaba por medio de una interpretación arbitraria de la teoría del derecho natural, al sostener que las causas o los intereses de los Estados Unidos de América lo eran también para el resto de la humanidad. De acuerdo con esta creencia, las guerras de los angloamericanos serían justas; por tanto, sus conquistas territoriales serían válidas. Así, John Adams (1797-1801) manifestaba: “No ceso de considerar la fundación de América como un designio de la Providencia concebido con vistas a iluminar y emancipar la porción de la humanidad que se halla todavía sometida a la esclavitud” (Julien, 1968, 16).

Todas estas ideas o principios serían resumidos con la frase y teoría conocida como Destino Manifiesto, atribuida al publicista John L. O’Sullivan. Para él, ese lema y doctrina expresaban “la convicción de que es nuestro destino manifiesto de Estados Unidos esparcirnos por todo el continente de que nos deparó la Providencia para que en libertad crezcan y se reproduzcan y se multipliquen anualmente millones y millones de norteamericanos” […] De igual manera este país conquistará o se anexará todas las tierras. Es su destino manifiesto. Dadle tiempo para realizarlo” (Weinberg, 1968, 36).

Si bien el término Destino Manifiesto (usado por primera vez en 1845) se consolidó hacia 1855, desde mucho antes el expansionismo estadounidense se concretaba como la convicción profunda de que los Estados Unidos “bajo la protección del cielo” estaban llamados a ser el instrumento destinado a la regeneración moral y política del mundo. Los gobernantes, los llamados “padres fundadores de la nación”, y la casi totalidad de la prensa compartían ese espíritu agresivo que se manifestaba en la extensión de sus fronteras y que tenía espontáneo arraigo “entre la gente, como la lengua y la religión”. No es por casualidad que los angloamericanos o estadounidenses utilizaran el nombre del continente como gentilicio, es decir, se dijeran “americanos” y llamaran a su país –hasta hoy– América (Fuentes Mares, 1985, 33, 55, 84). “América para los americanos”, diría en 1823 el presidente James Monroe.

Los exponentes del Destino Manifiesto, además de su credo expansionista, compartían fuertes prejuicios racistas y anticatólicos. Así, William Walker, considerado por él mismo como un “agente especial para trabajar en la ejecución de un destino que le había sido revelado”, afirmaba en 1854: “Solo los idiotas pueden hablar de mantener relaciones estables entre la raza americana, pura y blanca, y la raza mezclada indo-española tal y como existe en México y Centroamérica. La historia del mundo no ofrece ejemplos de ninguna utopía en la que una raza inferior ceda pacífica y mansamente a la influencia directora de un pueblo superior” (Brown, 1999, 18, 174; Fuentes Mares, 1985, 60).

 

Conocimiento del peligro

Antes de que empezara la guerra contra los filibusteros, se tenía clara conciencia en toda América Latina de que el filibusterismo era el corolario de esas ideas mesiánicas, hegemónicas y racistas. Se conocía cómo Estados Unidos, valiéndose de diversas estrategias, se había apoderado de enormes territorios pertenecientes antes a España, Francia y México (Quesada Camacho, 2006, 24). Se reproducían artículos de la prensa de Europa, de Cuba, de América del Sur, en donde se señalaba que los “filibusteros bautizados, apostados, organizados en el norte, y escudados bajo el pabellón de las estrellas en buques norteamericanos han amenazado o invadido: al Brasil en el Amazonas, al Paraguay, a Chile en Juan Fernández, al Perú, a Venezuela y al Ecuador en las islas del huano (sic), a Nueva Granada en Panamá, a Centroamérica en Nicaragua y Costa Rica, a España en Cuba, a México en todas partes” (Quesada Camacho, 2006, b, 155).

En el caso de Costa Rica, ya desde 1854 el francés Adolphe Marie, llegado al país en 1848, y cercano colaborador de Juan Rafael Mora (llegó a ser subsecretario de Relaciones Exteriores), alertaba acerca del significado verdadero del filibusterismo, en tanto que expresión genuina del Destino Manifiesto. Sentenciaba que Walker era un peligro para la “nacionalidad” y la integridad territorial del país, enemigo de la raza y la religión. Concluía entonces: “¿Quién no se estremecerá al pensar que la civilización norteamericana no ha penetrado en los desiertos sino en las llamas y el exterminio, y que conviene quizá a la doctrina del destino manifiesto que, como las desventuradas tribus de indios del norte, desaparezcan los hispanoamericanos de la faz de la tierra?” (Bernard Villar, 1976, 286).

Al respecto cabe destacar que viajeros extranjeros que estuvieron en el país a mediados del siglo XIX creían que Marie fue una de las personas que más advirtieron al Presidente Mora del “creciente dominio que va adquiriendo Estados Unidos en la América Central” (Zeledón Cambronero, 1971, 50). Igualmente, Juan Rafael Mora se nutría de las informaciones que recibía de los representantes diplomáticos de Costa Rica en Washington. En diversas comunicaciones ellos ponían en evidencia la hipocresía del gobierno de Estados Unidos “que verbalmente condenaba las actividades de los filibusteros, pero por otro lado los favorecía decididamente” (Quesada Camacho, 2006, 6, 23).

Por su parte, en abril de 1856, el general José Joaquín Mora Porras lanzaba una diáfana clarinada. Decía el jefe de los ejércitos centroamericanos: “Esta lucha no es solo nacional […] limitada hoy al territorio nicaragüense ella tiene relación con todo el continente hispanoamericano, pues en el demente orgullo de los filibusteros sueñan con conquistar a Cuba, a Méjico y a Panamá, después de posesionarse de Centroamérica […] ¿Ignoramos que el espíritu de anexión y conquista ha cundido en una inmensa mayoría no ya solo del pueblo anglo-americano, sino de millares de inmigrantes hambrientos y pervertidos que se refugian en los Estados Unidos?” (Boletín Oficial, 1856, 30 de abril). ¡Qué visión la del comandante José Joaquín Mora Porras!

 

Crisis de identidad territorial   

No hay duda, entonces, de que William Walker era portador de la idea predominante en Estados Unidos de que los “filibusteros encarnaban la gloria nacional”, la “grandeza de su país” (Brown, 1999, 174). De ahí la obsesión por la “americanización” de Centroamérica, para lo cual se creía “predestinado”. Con toda libertad, Walker expresó en cierto momento en Nueva Orleans: “Centroamérica existe en una condición más pésima que la que tuvo siempre bajo las reglas de España. ¿En quién está el derecho de regenerar las amalgamadas razas? En ningún otro que en el pueblo de Estados Unidos, y especialmente a los Estados del Sur. Está reservado a nosotros el americanizar a Centroamérica” (Quesada Camacho, 2006, b, 160).

Es incuestionable que la “misión civilizadora” de Walker constituía un peligro terrible para la soberanía y la independencia de las llamadas, en esa época, repúblicas hispanoamericanas. Se estaba en presencia de una grave crisis de identidad territorial. Esto quiere decir que “todos los grupos humanos, incluyendo la nación, se afirman cuando creen que su integridad está en peligro. Desde los tiempos más remotos, las agrupaciones humanas –de las más simples a las más complejas– han protagonizado ‘guerras de identidad territorial’. Siempre la causa de las guerras ha sido el cercenamiento de una parte del territorio, o bien otro factor que se considera lesionador de la identidad” (Mucchielli, 1986, 113).

 

Respuesta a un llamado

El conocimiento del significado real del peligro filibustero –hemos sostenido en otras publicaciones– llevó a las más altas autoridades costarricenses a llamar a la población del país a prepararse para una guerra inevitable y prolongada, que sería denominada, precisamente, “campaña”. Los esfuerzos militares se habían incrementado, incluso antes de que Walker llegara a Nicaragua (junio de 1855). El 20 de noviembre de ese año, el presidente Juan Rafael Mora Porras (“don Juanito”) lanzó su famosa primera proclama, la cual era una verdadera “clarinada” para la población costarricense, que ya solía denominarse “hermaniticos”, y que constituía, efectivamente, una agrupación humana con estatus de nación, desde el nacimiento mismo de la república en 1821. Decía:

“¡Alerta pues costarricenses! No interrumpáis vuestras nobles faenas, pero preparad vuestras armas. Yo velo por vosotros, bien convencido que en el instante del peligro, apenas retumbe en primer cañonazo de alarma, todos os reuniréis en torno mío, bajo nuestro libre Pabellón nacional” (Boletín Oficial, 1855, 21 de noviembre).

Por su parte, el obispo Anselmo Llorente y Lafuente, dos días después, publicó un edicto sumamente emotivo y movilizador, donde apelaba a las fibras más profundas de la población; a los valores más arraigados del costarricense. En efecto, la religiosidad había sido un elemento clave en la cultura popular colonial, particularmente en una sociedad donde las pautas de comportamiento estaban definidas por la transmisión oral y la iconografía, pues se trataba de sociedades mayoritariamente analfabetas. Es decir, la religión fue un medio sumamente eficaz de integración social, primero entre los “costarricas” y posteriormente entre los costarricenses (término utilizado por la Constitución de 1825). Después de la independencia, la religión siguió cumpliendo una importantísima función de socialización y de control social, al punto de que la Constitución del año señalado le confirió al Estado costarricense un carácter confesional (Quesada Camacho, 2006, b, 65, 66).

En ese destacado texto afirmaba el obispo:

“Es la hora, hermanos e hijos carísimos en Jesucristo, de que abramos nuestro pecho y con aquel amor y caridad que nos unen a vosotros, os hablemos del inminente riesgo en que la Religión, la patria, nuestras instituciones y nuestra vida se hallan […]. Enemigos encarnizados de la religión Santa que profesamos. ¿Qué será de nuestros templos, de nuestros altares y de nuestra ley? ¿Cuál la suerte de los ungidos del Señor? Desenfrenados en sus pasiones, ¿qué podéis esperar para vuestras castas esposas e inocentes hijas? Sedientos de riquezas, ¿cómo conservareis vuestra propiedad? Avezados en el crimen y en el asesinato, ¿cómo guardareis vuestras vidas?”

“El todo por el todo”

Según el obispo e historiador Víctor Manuel Sanabria, “la guerra del 56 ha sido la única comprendida por la masa popular”. Así, en virtud del pronunciamiento de Llorente y Lafuente, “todos los púlpitos se convirtieron en tribunas de patriotismo” (Sanabria, 1972, 188, 189).

El llamamiento efectuado por el presidente Mora Porras y el obispo Llorente y Lafuente encontró una respuesta inmediata entre la población. Según testimonio de Pilar Fonseca, gobernador y Presidente Municipal de Heredia, el 25 de noviembre: “Habiendo sido convocados por la autoridad política de esta provincia, todos los funcionarios y vecinos principales de la ciudad y sus barrios con el objeto de imponerles sobre los graves acontecimientos que podrían tener lugar en un breve término, y reuniéndose en su mayoría en el lugar acostumbrado […] meditados que fueron los vecinos de una y otra potestad (el presidente Mora y el obispo Llorente y Lafuente) de un modo simultáneo, se ha resuelto irrevocablemente lo que sigue:

Dar las más expresivas gracias a nuestras Supremas Autoridades por el paternal desvelo con que cuidan de nuestros intereses, cada cual de su esfera respectiva

Asegurar a S.E. el señor Presidente de la República que de los vecinos de Heredia no habrá uno solo que eche pie atrás ni que se desaliente en presencia del peligro [énfasis agregado], ni menos que oculte una sola moneda, convencidos de que se pone el todo por el todo” (A.N.G.M., 1855, 3702). Y firmaban decenas de personas.

Un eco similar tuvo lugar en la comunidad de San Ramón de los Palmares. De acuerdo con lo certificado por Ramón Rodríguez, alcalde 1° constitucional, el 30 de noviembre del año indicado, la autoridad y vecinos, con asistencia del párroco se reunieron en cabildo abierto.

“[…] y con presencia de la invasión filibustera que amenaza el país […] han resuelto de un modo expontáneo (sic) y unánime:

Ofrecer al Supremo Gobierno, su propiedad y su vida en defensa de la religión, de la independencia, y de la paz amenazadas, prestando solemnemente su adhesión a todas aquellas providencias y medidas que se tomen contra el vandalismo arrojado sobre la tierra centroamericana: para esclavizarla y hacerla presa de la voracidad y caprichos de unos hombres sin religión, sin patria y sin ley.

Llevar copias firmadas de este acuerdo al Excelentísimo Señor Presidente de la República, dándoles gracias por la firmeza, patriotismo y abnegación que en la presente crisis han mostrado” [Énfasis agregado] (A.N.G.M, 1855, 3706).

¡El documento lo suscribían cuarenta y tres personas, de las cuales dos eran mujeres!

Defensa del territorio, independencia, religión, propiedad, paz, patriotismo, adhesión voluntaria. Son todas ellas palabras claves que remiten a lo que se conoce como elementos objetivos y subjetivos de la nacionalidad. Es imperativo tener presente que el espacio o territorio es el ámbito de acción inmediato, viviente, pasional, de todo ser humano, a la vez que es la esfera de acción privilegiada del Estado-Nación (Braudel, 1990, 18, 21). Además, se debe retener como un hecho de gran relevancia el que la voluntad de esas comunidades se expresara en el cabildo o ayuntamiento, considerados como el origen de la democracia representativa.

 

La Patria canta

El apóstol de la independencia de Cuba, José Martí, enseñó que la patria se defiende en las trincheras de piedra y en las “trincheras de las ideas”. Luchando por la independencia de su patria, él murió en las primeras. No obstante, en 1891, en el ensayo “Nuestra América" afirmaba que las “últimas valen más que las primeras” (Quesada Camacho, 1998, 24). Por trincheras de ideas entendemos todo aquello que emana del pensamiento –ya sean libros, artículos, proclamas, alocuciones, símbolos, poesías, canciones, música– tendiente a apoyar o contribuir con una causa determinada.

En ese sentido deben entenderse, por ejemplo, las manifestaciones de las autoridades civiles, militares y religiosas, a las que nos hemos referido. Un caso especial lo reportó la prensa al informar que “en la noche del 6 de diciembre [1855] se formó una cabalgata de más de doscientas personas con la música militar a su frente y se fueron a la hacienda del Sr. Presidente Mora a hacerle una manifestación patriótica con motivo de su proclama de alerta [la del 20 de noviembre]. Se estrenó un himno patriótico y se recorrió (sic) las calles de San José dando vivas a la libertad” (Blen, 1983, 95). Con toda seguridad ese himno formaba parte del Clarín Patriótico o colección de canciones y otras poesías, compuestas en Costa Rica en la guerra contra los invasores de Centromérica, compilado y publicado en la segunda mitad del año 1857, por Tadeo Nadeo Gómez. Él era un guatemalteco que llegó a Costa Rica en 1847; aquí contrajo matrimonio con una costarricense, y en 1855, en vísperas de la Campaña Nacional se desempeñaba como segundo escribiente del Juzgado de Hacienda, donde también ocupó el cargo de oficial archivero. El Clarín: “…era una colección de canciones y poesías compuestas durante la guerra contra los filibusteros y después de que esa guerra terminó. Algunas de esas composiciones ya habían sido publicadas en los periódicos de San José y “otras en hojas sueltas” (Quesada Camacho, 2006, 6, 6, 7).

 

¿Por qué esa obra lleva el nombre de Clarín?

El clarín era, en el siglo XIX, un instrumento de metal utilizado como elemento complementario de la táctica militar para dar órdenes a las tropas durante los períodos de instrucción, maniobras y combates. Se caracterizaba por la diafanidad y limpieza de sus agudas notas, que lo tornan audible a considerable distancia. Así, cuando se organizaron las bandas de música militar, estas debieron marchar a los campos de operaciones donde fuera destinado el ejército y compartir con él los azares de la guerra (Enciclopedia Microsoft ®. Encarta ® 2003©. 1993-2002 Microsoft Corporation; Segura, 2001, 41).

En el caso costarricense, desde la época colonial las agrupaciones musicales estaban relacionadas con las milicias, las que estaban siempre presentes en las procesiones reales. Justamente, uno de los instrumentos era el clarín. En la década de 1840 esas agrupaciones se convierten en verdaderas bandas. Estas eran un conjunto de trombones, clarines y cornetas destinadas a disciplinar las milicias; por ende, los instrumentos eran considerados elementos bélicos. Es revelador el hecho de que Juan Santamaría, entre 1843 y 1846, aprendió a ejecutar bien el clarín y el tambor. “En la Banda de San José [él] asimiló bien la disciplina militar, por lo que asistió a la guerra de 1856-1857 como soldado y no como “tamborcillo”» (Segura, 2001, 42, 43).

En relación con la palabra “clarín”, es útil recordar que de ella deriva “clarinada”, término empleado coloquialmente para designar una enérgica llamada de atención. Es válido suponer que el nombre de clarín empleado por Tadeo Gómez expresaba su voluntad neta de prevenir, poéticamente, a los habitantes del país acerca del peligro filibustero. Su finalidad era, sin duda, exaltar los sentimientos de identificación colectiva de los costarricenses.

Esas poesías y canciones se refieren a la partida y retorno del ejército nacional, a autoridades civiles (Juan Rafael Mora), a jefes militares (José Joaquín Mora), a la batalla de Santa Rosa, o a conceptos como patriotismo, paz, libertad. El Clarín contiene también versos que, como decía su autor, “sirvieron en varios adornos el día de la entrada [del ejército]”. De particular interés es el himno “Antes de salir el ejército para la campaña”, el cual como otras composiciones del Clarín incluía coros. Si bien el lector puede remitirse al texto completo (Quesada Camacho, 2006, b, 241, 242), se ha considerado relevante reproducir al menos la parte que constituye propiamente el coro, el cual se cantaba al inicio de cada estrofa, repitiéndose los últimos dos versos. Dice así:

 

Preparemos las armas invictas

En defensa de patria y honor;

Bis   Les dará nuevo lustre la gloria,

        Nuevo brillo los rayos del sol.

 

Ese himno patriótico, que con toda certeza fue el que “se estrenó” el 6 de diciembre de 1855, fue musicalizado por otro distinguido “hijo adoptivo” de Costa Rica: Alejandro Cardona y Llorens. Él fue un español, nacido en 1827, en la isla de Menorca. Debido a difíciles circunstancias económicas por las que atravesó la isla, y que sumieron en la pobreza a su familia, decidió emigrar a Argelia. Ahí vivió lleno de privaciones, por lo que en 1851 decidió embarcarse rumbo a América, la “Tierra del Oro”, arribando a Panamá después de seis meses de travesía. En ese país (parte de Colombia en ese momento), reunió no pocos dineros que le permitieron llegar a Costa Rica (A. X. 1940, 66).

Ese músico notable, que dio origen a una verdadera estirpe de músicos y literatos que se prolonga hasta hoy, llegó a Costa Rica, según él mismo lo relata, el 16 de octubre de 1853, atraído por la “índole del país y la de sus habitantes”. Por esa razón decidió adoptar a esta patria con el mismo cariño e interés con que quisiera a su patria natal. “Del año 1853 al 1856 me dediqué a enseñar música. La juventud a que dediqué mis esfuerzos hizo que adquiriera más cariño, si cabe, por este país” (A.X. 1940, 66; A.N.C, 1897, 2322).

En San José el artista español pronto pudo demostrar sus capacidades de gran músico y lograr que se le nombrara director de coros en las primeras compañías de ópera que llegaron a Costa Rica. Al mismo tiempo, en una barbería de su propiedad ofrecía al público “clases de guitarra, flauta y canto”. Como completo trovador, componía la letra y música de sus canciones, con las cuales, casi a diario, daba serenatas en las calles de San José (A.X. 1940, 68).

¡La pluma y la espada!

Pues bien, ese singular personaje escribió la música del himno del Clarín Patriótico... “Antes de salir el ejército para la campaña”, concretamente “una versión a dos voces con acompañamiento de guitarra”. Como él mismo lo decía, se trataba de “un himno guerrero”. Efectivamente, él como José Martí, con la pluma, al escribir la partitura de ese himno contribuía a defender la patria adoptiva. Según uno de sus hijos, Ismael Cardona Valverde, se trataba de un “himno patriótico” que se cantó antes de salir las tropas a la campaña de 1856. Pero Alejandro Cardona y Llorens también defendió a Costa Rica en las trincheras. Puso su espada al servicio de la tierra que lo supo acoger. En 1856, al iniciarse la guerra contra los filibusteros, él contrae matrimonio con Gregoria Valverde; no obstante, según sus propias palabras: “identificado con mi nueva patria y decidido como cualquier ciudadano a hacer propias las penas y las alegrías de Costa Rica, me afilié con verdadero entusiasmo a los valientes que salieron a luchar por la honra e integridad de Centroamérica”. Participó con el grado de capitán de las milicias de la República, y al morir recibió los honores de Teniente Coronel (Archivo Histórico Musical, Escuela de Artes Musicales, Serie Partituras, N° 862, 2005; A.N.C, 1897, 23, 22; González, 2006, Cardona Ducas, 2006).

Se constata, entonces, que en el Clarín Patriótico hay una convergencia de poesía y música. Se vive el patriotismo y a él se le canta. El patriotismo se tiñe de resonancias carnales y sentimentales. Evoca el terruño, los muertos, el lugar de los antepasados, las tradiciones y creencias más profundas. En consecuencia, el patriotismo conduce a los habitantes a defender su fuente nutricia, la madre que protege, pero que necesita ser protegida. El ciudadano –el labrantín, el artesano, el pequeño comerciante, el extranjero convertido en honorable hijo adoptivo– se transmuta en soldado y se pone al servicio de la patria. El poeta canta al patriotismo, porque una poesía, una tonalidad musical son también formas de vivir y defender la patria.

“No solo con bayonetas se combate”

En circular enviada a todos los gobernadores del país, con fecha 5 de marzo de 1856, el ministro de Gobernación Joaquín Bernardo Calvo Rosales afirmaba que jamás se había “emprendido una guerra más justa”, pero que la guerra por más justa que fuera “es siempre una funesta calamidad para las sociedades”, que “solo el patriotismo de los gobernantes y de los pueblos puede disminuir sus deplorables consecuencias”. De manera hermosísima sostenía: “Cuando el Presidente de la República y millares de ciudadanos se separan de sus familias, de sus bienes y comodidades, marchando a combatir a los enemigos de la América Central; cuando corren a derramar su sangre, a exponer su cara existencia por la patria, nosotros los que aquí quedamos tenemos deberes muy sagrados que cumplir”.

Y en la línea de pensamiento de José Martí, agregaba: “No se limita el amor patrio a empuñar las armas corriendo al campo de batalla a pelear por el honor y la libertad nacional, ni menos es tan solo con las bayonetas con lo que se combate al enemigo” [...] “Cuando en aras de la patria hacen el sacrificio [los soldados] de separarse de cuanto aman y poseen; cuando por preservar a todos de la cruenta ignominia de ser subyugados por una horda de forajidos, van a prodigar su sangre y sus vidas, ¿podría disculparse a los que permaneciendo sin riesgo en sus moradas no contribuyesen con sus recursos y esfuerzos a aminorar los desastres de la guerra y no trabajasen con ardor por el bien general de los pueblos?” (Boletín Oficial, 8 de marzo de 1856).

 

En efecto, la guerra contra los filibusteros requirió de un gran esfuerzo económico –como toda guerra hasta el presente–, y produjo una seria crisis económica que se vio acentuada por el vacío demográfico causado por la peste del cólera. La falta de brazos influía, a la vez, en la carestía del trigo, el maíz y las papas (A.N.C. 1856, 5082; Quesada 2006, b, 133). Por eso el ministro Calvo Rosales era enfático al decir que “es de absoluta necesidad prever todas emergencias que de los sucesos actuales pueden surgir. La escasez de productos alimenticios sería una de las consecuencias más deplorables de la disminución de brazos empleados en la agricultura. Forzoso es que los gobernadores, en unión de las Municipalidades, trabajen con los buenos patricios y ordenen por todas partes las siembras de granos […]  Siémbrese, trabájese por donde quiera en aumentar los medios de subsistencia, en reparar los males que pueden sobrecogernos, en bien de esa patria que nuestros hermanos van a defender con su valor y constancia”.

“Entre los capitalistas hijos del país…”

Al momento de emitirse ese llamado del Ministro Calvo Rosales, ya se había producido la declaración de guerra (27 de febrero) y el ejército que constaba de siete mil plazas fue aumentado a nueve mil.  El 28 de ese mes, con la autorización del Congreso de la República, el Gobierno decretó un empréstito obligatorio de cien mil pesos “para proveer a los gastos de la guerra”. El artículo 1° decía: “Se levanta un empréstito nacional de cien mil pesos distribuido entre los capitalistas hijos del país, en esta forma: cuarenta mil pesos en la provincia de San José, veinte mil en la de Cartago, igual cantidad en la de Heredia, y quince mil en la de Alajuela” (A.N.C., 1856, 5082; Boletín Oficial, 1° de marzo de 1856).

La asignación de ese empréstito se hizo, en parte, de acuerdo con la distribución de la población en el país. Así, de un total de 104.292 habitantes con que contaba el país en 1856, el 31% se encontraba en San José, el 20.5% en Cartago, el 20% en Alajuela, el 17% en Heredia, el 8.4% en Guanacaste y el 3% en la comarca de Puntarenas.

Para hacer efectivo el cumplimiento de esa contribución, el decreto establecía el nombramiento en cada provincia “de una comisión compuesta de cinco individuos respetables, la cual será presidida por su respectivo Gobernador”. Esto último aseguraba la relación directa con el poder ejecutivo.

El artículo 3 de ese decreto eximía “a los individuos cuyo capital, además del valor de la casa, no exceda de la suma de mil pesos”. Además, con el propósito de recompensar a los que por poseer cierta cantidad de bienes eran considerados “capitalistas”, el artículo 4° determinaba el pago del “uno por ciento mensual sobre las cantidades que como tal entren en el Tesoro Público”. Otro decreto de la misma fecha especificaba el funcionamiento de las comisiones y determinaba que los prestamistas debían entregar la mitad de sus aportes el 15 de marzo y la otra mitad el último día de ese mes.

La respuesta de Heredia a lo dispuesto en ese decreto de febrero se manifiesta en el cuadro siguiente: (VER GRAFICO EN PDF, DESCARGAR)

La tarea de las “comisiones tasadoras” no era fácil, pues “los prestamistas no podían ser gravados” en una cantidad mayor del tres por ciento del capital que poseían. ¡Tarea compleja, evidentemente! La situación se complicó aún más, porque, como es sabido, poco después de iniciada la guerra, en abril de 1856, se desató la peste del cólera, lo que provocó una verdadera hecatombe demográfica. Esto llevó, por un lado, a suavizar las exigencias del empréstito, pues se eximió del mismo a las personas que hubieran perdido a un padre o a un hijo, ya fuera en los combates (Santa Rosa, Rivas, Sardinal) o causa del cólera (Circular del 14-4-1856; Boletín Oficial, 14-5, 1856).

 

Pero por otro lado, las necesidades crecientes del esfuerzo bélico llevaron al gobierno a establecer un nuevo empréstito de 50.000 pesos, pues la guerra ya había agotado todos los recursos del erario público. Esta contribución fue distribuida en la misma proporción (del empréstito de febrero) establecida entre las cuatro provincias de San José, Cartago, Heredia y Alajuela. Se establecía que ese préstamo sería entregado por mitades, el 15 y 30 de mayo. No obstante, por circunstancias especiales luego se decidió prorrogar el pago señalado a los prestamistas hasta el 10 de junio (Boletín Oficial, 7 de junio de 1856).

A manera de ejemplo presentamos a continuación algunos casos de la contribución forzosa de abril. Cabe aclarar que los aportes se contabilizaban en pesos y reales; la moneda era el peso y este equivalía a ocho reales.

Cuadro N° 3. Provincia de San José: Distribución de contribuciones según división administrativa (VER GRAFICO EN PDF, DESCARGAR)

Cuadro N° 4. Provincia de San José: Distribución nominal y porcentual de contribuyentes en pesos y reales (VER GRAFICO EN PDF, DESCARGAR)

En el momento en que se produjo la Campaña Nacional, el café se había constituido en un producto motor, era el “grano de oro” que había permitido la consolidación de una poderosa élite económica de la cual formaba parte el propio Juan Rafael Mora y sus socios comerciales. A estos “barones del café”, y a los “principales”, como se designaba desde la colonia a los grupos dirigentes, les tocó contribuir, con gusto o sin él, con la Campaña Nacional. Veamos quiénes fueron los 20 principales contribuyentes de San José.

Cuadro N° 5: Ciudad de San José: 20 principales contribuyentes del empréstito de abril de 1856  (VER GRAFICO EN PDF, DESCARGAR)

Fuente; A.N.G. M, 1856, 1847

En esa lista figuran sin ninguna duda, si no todos, al menos buena parte de los hombres más poderosos del país. José María Castro Madriz, presidente del país en dos ocasiones y a quien se le involucró en una conspiración contra Juan Rafael Mora Porras. Antonio Pinto, un destacado militar. Rafael Barroeta, “uno de los más fuertes capitalistas del país y dueño de valiosas haciendas en el Guanacaste”. Francisco Montealegre fue, junto con sus hermanos, notable cultivador y exportador de café; al estallar la guerra contra los filibusteros, Mora Porras lo nombró como uno de sus edecanes, pero luego “se convirtió en su acérrimo opositor”. De Vicente Aguilar se ha dicho que fue uno de los hombres más poderosos de Costa Rica. “Durante un tiempo estuvo asociado con don Juan Rafael Mora en actividades comerciales y en asuntos relacionados con la exportación del café, pero luego se enemistaron y se convirtió en su más poderoso enemigo”. Este, junto con Francisco Montealegre y Francisco María Iglesias –quien estuvo involucrado en una conspiración fallida contra Mora Porras en 1856– fueron los mayores responsables del final trágico del presidente que encabezó la lucha contra los filibusteros (Obregón Loría, 1991, 283, 287,308,309,314,315).

Capitalistas, ¿todos hijos del país?

Por su propia voluntad

“Una contribución voluntaria se ha organizado en dos días: el rico, el pobre, el joven, el anciano, el nacional y aún el extranjero, ofrecen generosamente todo su apoyo al Gobierno para esta patriótica cruzada. Este es un pueblo digno de llamarse pueblo, republicano y libre, porque tiene en su corazón el sentimiento de dignidad, porque nada habrá que lo haga retroceder en la noble resolución que ha tomado y quiere vivir o morir aspirando el aura de libertad”. 

Así daba cuenta el Boletín Oficial del 19 de noviembre de 1856, del gesto espontáneo de numerosas comunidades del país, consistente en suscribir contribuciones voluntarias para ayudar a enfrentar los gastos de la guerra pues a mediados de octubre el Congreso había autorizado “omnímodamente al supremo Poder Ejecutivo para continuar la guerra contra los invasores” (a esta etapa de la guerra contra los filibusteros se le ha llamado “Segunda Campaña” por parte de Costa Rica).

 Según esa fuente, en cartas enviadas al “Exmo. Sr. Presidente de la República de Costa Rica”, los vecinos de diferentes localidades externaban las motivaciones que los llevaban a colaborar. Una de las misivas más elocuentes es la que dirigen los heredianos con fecha del 14 de noviembre. Decía así:

“Los suscritos conocen el sagrado deber que la naturaleza, la religión y la sociedad les imponen imperiosamente para el sostén de su patria, familia y principios consiguientes”.

La suerte que se inauguró con principios tan plausibles nos alejó por último del campo de la lid, por la horrorosa peste del cólera que envolvió al ejército y después al pueblo. Conocemos la decisión de V.E. por dar cima a la empresa vital de nuestra emancipación, convencidos del eminente peligro que corremos si prolongamos por más tiempo la criminal indiferencia que nos anonada y asimila a fríos autómatas: creemos que la exhaustez del erario y la consideración de V.S. por las ocurrencias pasadas lo atan para emprender de nuevo el deseado aniquilamiento de la falange devastadora; y es por esto que internamente penetrados de nuestro deber, y palpando la inmediata ruina que necesariamente debe seguirse, si tan vergonzosa aquiescencia dura por más tiempo, queremos cada cual conforme sus posibilidades, ofrecer como empréstito voluntario lo siguiente:

“A continuación venía la lista de los contribuyentes y sus aportes en especies (víveres, café, vacas, bueyes gordos) y dinero” (A.N.G.M. 1856, 5470). Manifestaciones similares se dieron en localidades como Barba, San José, Alajuela, Santo Domingo, San Juan, San Vicente, La Unión, Escazú y Pacaca, según lo reportó el Boletín Oficial, del 19 y 29 de noviembre. 

El aporte ofrecido por las comunidades fue interpretado por el Gobierno como “una manifestación elocuente de la opinión nacional”. De esa manera, en una orden del Ministerio de Hacienda del 20 de noviembre del 1856, se determinó la manera de recaudar esa contribución voluntaria. En consecuencia se estableció que dos contadores recibirían las “suscripciones” (sic) en el Palacio Nacional a partir del 21 de noviembre, incluso los sábados. Además, en vista de que muchas personas hacían su aporte en café, ganado y víveres, se precisó que su valor sería expresado en su equivalente de dinero en efectivo. Por ejemplo, el café sería valuado “en razón de cuatro pesos por quintal”. No obstante, algunas contribuciones no eran objeto de cuantificación. En el caso de San José, la mayor parte de las donaciones se dieron en efectivo (pesos), seguido del café y otros servicios.

A manera de ilustración, presentamos lo siguiente: Cuadro N° 6: Contribuyentes de San José: préstamo voluntario   (VER GRAFICO EN PDF, DESCARGAR)

Cabe resaltar la contribución tan considerable de Rafael Barroeta, significativamente mayor que lo aportado por él mismo, de manera obligatoria, según el decreto del 30 de abril. ¡Capitalista hijo del país! Un caso especial es el del periodista español Emilio Segura, radicado en el país desde 1850, quien cumplió un destacado papel como editor en el frente de batalla del Boletín del Ejército, luego en San José en el Boletín Oficial y en Crónica de Costa Rica, nombre que recibió el Boletín a partir de abril del 1857 (Blen, 1993, 86; Núñez, 1980, 37; A.N.G.M. 1856, 22059). ¡La pluma, otro ejemplo de trincheras de ideas!

Para comprender mejor la dimensión monetaria de esas contribuciones es fundamental tener como punto de referencia algunos sueldos de la época. De 1852 a 1864 oscilaron entre 1.500 y 2.000 pesos para un general de división, entre 800 y 900 pesos para un teniente coronel, entre 600 y 720 pesos para un capitán, y entre 200 y 354 pesos para un cabo segundo. Por su parte, el maestro de música marcial recibió entre 480 y 700 pesos, el director de banda entre 700 y 1.500 pesos, el tambor mayor entre 180 y 204 pesos, el corneta entre 156 y 204 pesos y el soldado (raso) entre dos pesos y dos reales y 84 pesos (Solís y González, 1991, 40, 47; Muñoz Guillén, 1990, 26; Colección de Leyes y Decretos CX, 1850).

Para el año 1856 propiamente, el presupuesto de la República determinaba para la milicia los siguientes sueldos: “General de división, 2000 pesos, Id. de brigada, 1800 pesos. Coronel, 1500 pesos. Sargento mayor, 650 pesos. Capitán 600 pesos. Ayudante 492 pesos. Teniente 400 pesos. Subteniente, 350 pesos. Sargento primero, 180 pesos, Director de la banda de música 720 pesos. Tambor mayor, 180 pesos, tambores y cornetas, de 156 a 144 pesos. Tambor mayor, 180 pesos, tambores y cornetas, de 156 a 144 pesos. Músicos, 140 pesos. Soldados, 113,15 pesos” (Solano Astuburuaga, en Fernández Guardia, 2002, 256-257).

Los alajuelenses, por su parte, convencidos de que para proteger las propiedades, vida religión y leyes, así como el “honor de esposas e hijas”, era imperativo continuar la guerra contra los filibusteros, comparecían ofreciendo “personas y bienes en general”. Estas contribuciones se hacían en especie (ganado, mulas, un mulato o su equivalente en dinero o fanegas de maíz). En el caso de los aportes en dinero, estos fluctuaban entre 4.2 pesos y 50 pesos. Un caso excepcional fue el de Ramona Paniagua, quien colaboró con 740 pesos. Veamos algunos casos:

Cuadro N° 7: Contribuyentes de Alajuela: préstamo voluntario  (VER GRAFICO EN PDF, DESCARGAR)

Como ya se había indicado, los heredianos (de la ciudad, cantones y distritos), habían sido de los primeros en expresar su disposición de colaborar espontáneamente para continuar la guerra contra los filibusteros. En este caso, también la donación se efectuó en víveres, especies (principalmente café y ganado) y dinero. El peso del aporte del café es particularmente notable en Heredia (ciudad) y Barba. Se calcula, que ya antes de mediados del siglo XIX, en Heredia se producía la cuarta parte del café cultivado en el país; poco después florecían importantes empresas como “Ulloa y Moya” o la “Casa comercial Brealey y Morales”. Asimismo, numerosos cafetaleros (inclusive mujeres) eran socios de la Sociedad Económica Itineraria (Arguedas y Ramírez, 1990, 47, 49).

Cuadro N° 8: Contribuyentes de Heredia (ciudad): préstamo voluntario  (VER GRAFICO EN PDF, DESCARGAR)

Resulta interesante que algunos de los habitantes de Heredia (ciudad) que habían sido “prestamistas forzados” también se destacaran por ser contribuyentes voluntarios. Se trata de destacados cafetaleros como los Zamora, los Solera y los Ulloa. Algunos de ellos luego serían considerados benefactores o ciudadanos ilustres de Heredia. Tal es el caso de Rafael Moya y Braulio Morales, nombres que llevan dos centros educativos de la ciudad. También, llama la atención la ausencia, como contribuyente, del español radicado en Costa Rica Buenaventura Espinach Gual, a pesar de ser miembro prominente de la élite minera y cafetalera. ¿Eso se explica porque su residencia principal estaba en Cartago?

Con respecto a Barba, en ese entonces distrito de Heredia, cabe decir que las donaciones se hicieron en víveres, café, ganado y dinero. El monto de los aportes monetarios fue bastante modesto con respecto a Heredia. El promedio estuvo por debajo de los treinta pesos siendo el más alto de 100; ese aporte fue hecho por Pío Murillo, probablemente el mismo personaje que hacia 1843 era miembro de la Sociedad Económica Itineraria. Cabe recordar que para ser miembro de esa sociedad era requisito, entre otras cosas, disponer de un capital “en giro de mil pesos” (Arguedas y Ramírez, 1990, 50).

Cuadro N° 9: Contribuyentes de Barba: Préstamo voluntario   (VER GRAFICO EN PDF, DESCARGAR)

El Boletín Oficial del 29 de noviembre de 1856 resaltaba que la “contribución tan espontáneamente ofrecida por los pueblos sigue aumentando y haciéndose efectiva”. No obstante, ya no se trataba de “fuertes sumas”, sino que se presentaban “muchas pequeñas”. “Aldeas reducidísimas, pueblos insignificantes, se empeñan también en facilitar generosamente sus recursos al gobierno”. Ciertamente, en esa época, aparte de las ciudades cabecera de provincia la mayor parte de las localidades tenían poco más de 1.000 habitantes.

Entre esas pequeñas poblaciones que generosamente facilitaban sus recursos al Gobierno, se tiene información de Santo Domingo (Heredia), del cantón de Escazú y los distritos de San Juan, San Vicente (San José) y de la Unión (Cartago). En todos esos casos las contribuciones eran realmente pequeñas, oscilando entre un peso y treinta pesos de La Unión. Destaca el caso de Escazú donde la mayor parte de los aportes eran de uno y dos pesos.

Como en las situaciones presentadas anteriormente (empréstito forzado y voluntario), las contribuciones se materializaron en especie (víveres, café, maíz, dinero y “servicios”). En lo que a Santo Domingo (Heredia) se refiere, resulta curioso destacar que el aporte en especie se dio en café y maíz, aunque en pequeñas cantidades. En San Juan, San Vicente, La Unión y Escazú, las colaboraciones lo fueron de café y dinero. Casos particulares lo constituyeron el aporte de presbíteros, lo mismo que ocurrió en Heredia. ¿Sacerdotes hacendados? En San Juan, por ejemplo, el Presbítero D.J. Antonio Morales donó 10 quintales de café y “el estar a la primera orden” y en Escazú, el presbítero J.M. Hidalgo colaboró con 50 pesos y “en lo que pueda”.

¿Por qué en Santo Domingo de Heredia el aporte en especie lo fue en buena parte en maíz? En realidad, eso no ocurrió solamente en esa localidad. Así vemos que en carta enviada por el Jefe Político de San Ramón, el 14 de mayo de 1856, comunicaba que si bien los habitantes de ese lugar no habían estado en capacidad de cumplir con el empréstito de febrero de ese año, en ese momento sí estaban en capacidad de aportar decenas de fanegas de totoposte (A.N.G.M. 1856, 4665).

Pero, ¿qué era el totoposte? Según Carlos Gagini, “el totoposte de nuestra tierra es una rosquilla de maíz, grande, gruesa y durísima, que constituye el principal alimento de los arrieros. Es el Nahualt Totopochtli, tostado, cocido” (Gagini, 1975, 206) [La primera edición es del siglo XIX] Se debe retener que entre los componentes de la alimentación del ejército costarricense estaba el arroz, frijoles, huevos, café, maíz, papas, dulce, manteca de chancho, plátanos, quesos y aguardiente. Uno de los productos de mayor consumo era el maíz, del cual se elaboraba el totoposte y las tortillas (Gutiérrez Mata, 1997, 130). El maíz no solo era de uso común en Costa Rica, sino en toda el área mesoamericana (“civilización del maíz” diría el gran historiador francés Fernand Braudel). El totoposte llegó, incluso, a ser consumido por los filibusteros (Rosengarten, 1997, 251).

“¡Sin necesidad de excitación alguna!”

Una contribución muy particular fue la de Pacaca (hoy Ciudad Colón). Se trataba de una comunidad esencialmente indígena, que en concordancia con la motivación que alentaba a los participantes en la contribución voluntaria, en carta enviada al Presidente de la República, manifestaba su disposición de ayudar al “Supremo Gobierno a arrojar del suelo Centroamericano a los salvajes filibusteros que lo han invadido”. Sostenían que hacían ese ofrecimiento “sin necesidad de excitación alguna de autoridad o persona de la capital o del cantón, a más de ofrecer a V.E. nuestras personas, cooperamos con nuestra pequeñez a la grande obra de nuestra independencia…” (Boletín Oficial, 29 de noviembre de 1856).

Y a continuación, varias decenas de personas indicaban que los aportes eran en especie (sin especificar), “vacas gordas” y en dinero. Pequeñas donaciones que oscilaban entre un peso y veinte pesos. Uno de los vecinos ponía a disposición “sus servicios”. Lo realmente importante era no permitir que el filibusterismo impusiera su “ignominioso yugo”.

Más allá de la cocina

De acuerdo con las investigaciones realizadas hasta el momento y a la existencia de fuentes, la participación de la mujer en la guerra contra los filibusteros se ha concentrado en la figura de Francisca (Pancha) Carrasco. Ese fue un caso especial, pues en esa época la mujer no formaba parte de los ejércitos. Esto explica que la presencia de unas pocas mujeres en el escenario de la guerra se diera dentro de un marco de tradicionalismo.

En relación con lo anterior, se debe tener presente que en aquella época, en toda sociedad, la mujer gozaba de una ciudadanía incompleta pues no disfrutaba de derechos políticos. Se le educaba para ser “reina del hogar”, lo que en la práctica significaba servir mejor al hombre. Los censos consignaban como oficio de las mujeres el “propio de su sexo”, o sea, las labores domésticas. Se comprende entonces, que al estallar la guerra contra los filibusteros unas pocas mujeres se ofrecieran para desempeñarse como cantineras, esto es para preparar y servir las comidas y bebidas de los soldados. De ellas, sus nombres han quedado en el anonimato, salvo el de Francisca Carrasco (Obregón Loría, 1991, 89).

En ese contexto debe comprenderse que para atender a los heridos en los combates de Santa Rosa y Rivas, quienes regresaban al Valle Central a partir del 5 de mayo de 1856, el Gobierno apelara “a la generosa beneficencia, a la humanidad de todos los habitantes de la República”. Se trataba de dar “caldo, pan, alimentos y socorros a los pobres heridos postrados en las carretas que los conducían”. Agregaba el reporte oficial: “esto antes de ser trasladados al hospital”, pero…”bien sabido es cuan desprovisto está ese aún no bien terminado edificio” (Hospital San Juan de Dios).

En esas circunstancias, el Gobierno convocó a un grupo de mujeres para que “recolecten y reciban toda la ropa, útiles de cama y cuantos ausilios (sic) se dignen dar los vecinos de esta capital con el fin de preparar cien lechos en el hospital para los heridos que están llegando”. Entre esas mujeres estaban la esposa de Juan Rafael Mora “Inés Aguilar de Mora, Doña Ignacia Sáenz de Gallegos, Doña Gerónima Fernández de Montealegre y Doña Dolores Gutiérrez de Mora” (Boletín Oficial, 7 de mayo de 1856).

Hemos podido documentar que la participación de las mujeres durante la Campaña Nacional fue más allá de cocinar, lavar, remendar y atender enfermos, con todo lo importante que eso es. En momentos en que ante la falta de brazos se temía un faltante de 30.000 fanegas de maíz y el precio de ese producto subía significativamente, el Boletín Oficial del 17 de abril publicó una información muy particular bajo el nombre de “Aviso importante” donde se afirmaba “que las esposas de los soldados que marcharon a combatir, cultivan con sus preciosas manos los restrojos de sus maridos”. Mientras tanto, decía, algunos hombres pasaban el tiempo en “calles y billares”.

Pero también las mujeres figuraron como contribuyentes. Un caso muy notable fue el de la alajuelense Ramona Paniagua, quien al aportar 740 y ½ pesos contribuyó más en esa localidad. Pero como toda contribución era importante la señora Carmen Jiménez, también de esa ciudad, colaboró con un caballo.

Un caso muy representativo de colaboración de mujeres se presentó en el distrito de San Mateo –hoy cantón- de Alajuela. Ahí los aportes fueron en ganado, víveres y otros servicios. Veamos algunos ejemplos:

Cuadro N° 10: Contribución de mujeres de San Mateo: contribución voluntaria    (VER GRAFICO EN PDF, DESCARGAR)

Con respecto a esas mujeres contribuyentes del 56 cabe preguntarse: ¿se trataría de jefas de hogar exitosas que escapaban al molde que la sociedad patriarcal confería a las “reinas del hogar? ¿Se trataba de mujeres hijas de sacerdotes hacendados, cuestión bastante común en esa época? O ¿era el caso de mujeres que quedaban al frente de vidas y haciendas, en tanto que los varones se encontraban en las “trincheras de piedra”?

 

Consideraciones finales

En 1831, un poeta, profesor de la Universidad de Polonia, al pronunciar un discurso sobre la nacionalidad polaca, afirmaba que “una nación es una familia que tiene sus acontecimientos propios…” (Weil, 1961, 45). Un intelectual chileno que en 1856 fue nombrado encargado de negocios en Costa Rica y en las otras repúblicas centroamericanas, expresaba que ese país había empeñado todos sus recursos con el propósito de “alejar la tempestad que amenazaba sepultar con la dominación filibustera su nacionalidad e independencia” Agregaba: “La guerra de los filibusteros apuró, es verdad, sus recursos y la puso en una difícil situación financiera; pero el éxito feliz de esa lucha le ha sido provechoso por otro aspecto. Ella ha afianzado su nacionalidad y dándole conciencia de sus elementos y de su fuerza; ha elevado su espíritu público al entusiasmo del patriotismo y le ha atraído las demás repúblicas que la observaban dignamente empeñada en tan legítima causa” (Solano Astaburuaga, en Fernández Guardia, 2002, 257).

Justamente, como lo afirmaban con insistencia los máximos dirigentes de la lucha antifilibustera, la lucha contra William Walker fue una lucha por la defensa de la independencia y la soberanía nacionales. Una lucha que despertó la fraternidad de los que, como decía un articulista de la época, debían “enorgullecerse con el dictado de “hermaniticos” (Boletín Oficial, 1856, 24 de mayo). Fue también, como se afirmaba con insistencia “una lucha por la supervivencia y dignidad de la familia hispanoamericana”, la de Bolívar, la de Martí. 

_____________________ (2006) “La guerra contra los filibusteros y la nacionalidad costarricense”. Umbral, n° XIX.

____________________ (2006, b) Clarín Patriótico: la guerra contra los filibusteros y la nacionalidad costarricense. Alajuela, Museo Histórico Cultural Juan Santamaría.

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